La Patria Valparaiso page 9

 

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, AGOSTO 28 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

 

El señor Benjamín Vicuña Mackenna no quiere rotos en el parque Cousiño, y los destierra de él.
El señor presbítero Eizaguirre se ha cansado de tener esperanza en la enmienda de los rotos del presidio, y cambia el puesto que allí desempeñaba por el que va a desempeñar en la Penintenciaría.
Para fulminar contra los rotos de la calle su decreto de proscripción, el Intendente de Santiago no ha teaáw otra razón; si esa es razón, que la simetría aristocrática que quieren para la república democrática los que se empeñan en pensar, en proceder y en; vivir a la europea.
Para fulminar contra los rotos de presidio las tremendas palabras en que asegura que esa pobre gente “es indiferente a todo lo que significa instrucción, verdad, bien del alma”; para afirmar que los rotos de presidio no consienten pues se les haga el bien “si no se les hace por la fuerza;” para decalarar que “el agradecimiento es para ellos una palabra desconocida,” “el presbítero no ha tenido otro motivo, si lo es, que la ineficacia de sus esfuerzos en el breve tiempo en que los ha hecho.
Uno y otro no ha vacilado en ser injustos, al condenar, en su decreto el uno, en su renuncia el otro, al desprecio de las clases satisfechas de sí mismas a una clase social digna de aprecio cuando es laboriosa, honrada, sencilla, activa auxiliar de las demás en la obra común del progreso; digna de piedad y de enseñanza cuando tiene la inmensa desgracia de ser injgorante y criminal.
En los que, aun confesándose impotentes para reducir al bien, por medio de sus doctrinas a los malos, nos duele, aunque no nos asombra que desesperen de sus medios de acción; pero los que, como el señor Intendente de Santiago, dan pruebas continuas de conocer los medios positivos de elevar la parte del pueblo inculta que llaman clase proletaria, masa, rotos al intelectual y moral en que deben vivir todos los miembros de una sociedad democrática, no horroriza esa injusticia.
Los que se empeñan en hacer de una fe cualquiera la panacea social, son lógicos cuando prefieren desahuciar los enfermos rebeldes a su específico, antes que confesar la ineficacia de su contra-veneno milagroso. Los que no tienen otra panacea, otro específico, otro contra-veneno para la ponzoña social que la generalización del derecho, la igualdad de la libertad, la responsabilidad individual, la universalidad de la educación, son inconsecuentes, y con una insecuencia que horroriza, cuando peculiarizan el derecho, privilegian la libertad, niegan la responsabilidad, y, en vez de educar en la escuela del mundo y de la ciencia a los menesterosos de toda educación, los arrojan de los lugares en donde podrían aprender las dos cosas que las aulas y los maestros no enseñarán jamás; lo ridículo que es la vanidad; lo respetable que es la sociedad.
Entre las afirmaciones del señor Eizaguirre [cuya nota de renuncia recomendamos al análisis de todos los impíos y a la atenta investigación de todo los píos] y el decreto del señor Vicuña Mackenna (que se recomienda por sí mismo al asombro todos los americanos y al escándalo de los mismos europeos) hay una secreta conexión, de la cual deduciría verdades profundas, tan profundas como son las lacerías sociales, el observador que no tuviera otra ocupación que el observar los contrastes que sufre en América latina la idea democrática con la práctica autocrática, teocrática o aristocrática.
Por eso las hemos unido con una común reprobación.

 

 

La Arjentina Y Cuba

(En: La Patria , agosto 28 de 1872)

 

 

En duro trance nos pone el Vice-presidente de la asociación argentina “Independencia de Cuba”, al dirigirnos el llamamiento con que aquella generosa sociedad de americanos perspicaces intenta atraerse el apoyo, el concurso y la cooperación de la prensa chilena.

Los lectores de la Patria, que ya en el núdro de ayer leyeron el manifiesto y las bases constitutivas de la asociación argentina, y los lectores de los demás diarios de Chile (a quienes rogamos expresamente se sirvan reproducir esos documentos), serán probablemente los únicos chilenos que en este momento de olvido oficial y nacional, se acuerden de la isla americana que, dum fata deusque volevant, o cuando lo querían los peligros de la guerra con España, era tópico de todas las conversaciones, objetivo de todas las miradas, punto de vista de todos los grandilocuentes manifiestos, supina expresión del americanismo que resucitó y murió al tercero día.
Eso no obstante, hay aquí quien se atreve a creer que la independencia de Cuba es un asunto de interés chileno, porque es un asunto de interés americano, y si la Patria es el diario que con más tenacidad sostiene esa tesis, no es el único diario que en Chile está dispuesto a secundar la nobilísima acción de los dignos americanos que en las orillas del Plata se han asociado para trabajar por la independencia de Cuba.
Si individualmente se consulta a los chilenos y se les expone la actual situación de las Antillas, recarcordándoles el pasado de su patria y presentándoles las coincidencias lógicas de aquel pasado con el presente de los únicos miembros de la familia americana que aun no han podido romper la coyunda que les sujeta a España, no habrá un chileno, no hay un solo chileno, que no quiera para las Antillas la independencia que los hijos de 0’Higgins y Carrera, que los descendientes de Henriquez y Rodríguez bendicen en todos los actos de su vida y en cada uno de sus progresos asombrosos.
Por qué todos esos chilenos que así responden individualmente al sostenimiento de la patria americana y a la lógica de su historia, no forman colectivamente una opinión pública, resuelta, entusiasta, incontrastable, en favor de los sentimientos que los animan, en favor de las ideas que constituyen la mejor parte de la atmósfera moral en que viven, “cosa es no difícil de explicar, pero extraordinariamente difícil de decir. Lo explicaremos, pero no lo diremos.
Chile es una sociedad trabajadora. Todo lo debe a su trabajo: libertad, orden, prosperidad, progreso. Empeñada en la obra, solo de ella se ocupa, porque piensa que solo de ella puede ocuparse. Hay en esto un error de modestia, si se cree más débil de lo que es; un error de su instinto de conservación, si cree necesario el egoísmo para conservar intactos los frutos de su trabajo y de su esfuerzo; pero, modestia o egoísmo, el error no se cura en un día ni con impulsos del sentimiento por remedio. Sería necesario decir todos los días y por todos los medios del derecho, la verdad, y hacerla llegar a todos los rincones y hacerla acalorar todos los cerebros: no se hace, y eso explica por qué, siendo todo los chilenos los mismos americanos que en la revolución de independencia pugnaron y propagaron por la emancipación de todo el continente, Chile es una sociedad que solo se ocupa de sí misma, porque cree que solo de sí misma tiene el derecho de ocuparse.
El derecho de ocuparse, hemos escrito reflexivamente, tratando de expresar así toda nuestra idea, y envolviendo en esa frase el deber que hay para todos los que directa o indirectamente podemos inñuir en la opinión y en la razón de un pueblo.
‘ Ese deber es claro y obvio. Consiste en decir una vez y otra vez que no hay incompatibilidad ninguna entre el trabajo del país para sí mismo y el culto de las ideas que hacer de América latina un todo perfecto con necesidades colectivas; en decir y repetir que la fuerza de las naciones lationamericanas está en razón inversa de los exclusivismos de nación; en probar y probar y más probar que la civilización intelectual, moral y política de cada una de estas naciones será tanto más completa cuanto más una sea la vida de todo el continente.
Motivo y ocasión de esa patriótica propaganda la situación actual de Cuba, ¿quién puede encontrar en su miopía política argumentos suficientemente poderosos para demostrar que la Independencia de Cuba y Puerto Rico no importa a Chile, no es interés de Chile?
Aunque no lo fuera; aunque la geografía no hubiera hecho solidarios a todos los miembros geográficos de la familia americana, aun podría y debería sostenerse la Independencia de las Antillas como interés inmediato de todas y cada una de las naciones latino- americanas. Las sociedades no viven tan solo de sí mismas: viven de la vida general de la humanidad, y es un deber categórico de ellas el ponerse siempre de parte de la justicia, ideal supremo de la vida humana. En las sociedades como en los individuos, el estómago y la razón están en pugna. Una sociedad que digiere con íntimo regocijo sus satisfacciones materiales está, como el opulento que se abandona a los placeres groseros e incompletos de la gula, fuera de sus fines naturales. El fin natural en la vida individual o colectiva de los hombres, es el perfeccionamiento moral e intelectual, que es subsidiariamente perfeccionamiento material. El primero de estos perfeccionamientos es el esencial, y hacia él hay obligación de encaminarse, y de él se descamina quien, individuo o pueblo, antepone las satisfacciones de su estómago a las satisfacciones de su razón.
Desde todos los puntos de vista, se ve, pues, la necesidad de hacer en Chile lo que ha empezado a hacer en la Argentina la Asociación “Independencia de Cuba.” ¿Lo haremos?
No somos nosotros los que esperamos la respuesta: la espera el pueblo argentino. Se ha dirigido a los chilenos, y los chilenos deben contestarle. Un diario no puede ser la voz de todo un pueblo, y nosotros no podemos, al expresar nuestra absoluta adhesión al magnánimo deseo de la Asociación argentina, hacer otra que exprese nuestro propio deseo, ardiente, fervoroso, febril, pero impotente.

 

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, AGOSTO 23 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

 

El Ferrocarril celebraba antes de ayer que los estudiantes de medicina a quienes tan eminentes servicios han debido y están debiendo todavía los dolientes de los lazaretos de Santiago, hayan encontrado en los socios del Club de Setiembre, los ánimos dispuestos a entusiasmarse por los grandes actos que buscan, no siempre con éxito, los que tienen la fortuna de realizarlos.

La juventud de Santiago, que en estos últimos tiempos ha dado pruebas patentes de su idoneidad para los fines sociales que competen a toda juventud, merece bien de la patria, y es patriótico roceder el de los que, por medio de actos públicos, rindan homenaje a la nobilísima conducta de esos bisónos del deber. Estimularlos a que continúen siempre por esa senda, no la más florida ni más llana, pero sí la más honrosa para el hombre que conoce la dignidad de su existencia, es mostrarse con capacidad de comprenderlos. Aun cuando exista (que nosotros empezamos a dudarlo) un deleite latente, anterior y superior a todas las alabanzas y a todas las recompensas que puedan los hombres tributar al bien obrar, es deber categórico el aplaudirlo y el premiarlo. Fuera de los heroísmos militares, cuesta mucho trabajo el comprender el heroísmo; y es necesario ser perpetuamente heroico para resistir el intenso dolor de hacer esfuerzos violentos en favor del bien, no teniendo otro tribunal que su conciencia. Es demasidado austero tribunal el interior, fuerza demasiado absoluta la que da, para no hacer del hombre que solo a él acude y solo de él recibe la tácita aprobación de sus acciones, un hombre indiferente al juicio de los otros. Un hombre que no cuenta para nada con los otros, podrá ser y será el más desinteresado cooperador de los demás en las luchas de ideas, en la conquista del ideal social; pero no podrá ser un agente decidido del bien práctico. Lo concebirá tan puro como se siente él mismo, y cuando sería necesario que transigiera, no transige. Una fuerza de menos, y probablemente la mejor. ¿Por qué? porque está fuera de la órbita que recorren las fuerzas sociales.
Es un arte fecundo el de utilizar las fuerzas, ya sean colectivas o individuales, y no conoce ese arte la sociedad que aisla a los que una vez la han servido o han demostrado aptitud para servirla.
Practican ese arte benéfico cuantos, con su palabra o con sus actos, atraen a sí a los que se ponen al servicio de la humanidad, y anianriimos la resolución de, los snnins del Cinb de Setiembre El día en que los estudiantes de medicina, heroicos soldados del deber, se reúnan en el Club y reciban de él las muestras de respeto y gratitutd que merecen, será un día de regocijo para la patria chilena, porque habrá adquirido la seguridad de que seguirán siendo hombres los que empezaron a formarse a la cabecera de los pestíferos.
Quisiéramos, no obstante el deseo que tenemos de ver cuanto antes celebrada esa fiesta de la gratitud, que tuviera la mayor solemnidad posible. Próximos como están los días de la patria y no concluida todavía la obra benéfica de los jóvenes, porque aun no se ha extinguido la viruela, nos parecería mejor y más humano el aplazar por unos cuantos días el festejo. Entonces podrían confudirse con las alegrías patrióticas del pasado las alegrías patrióticas del porvenir, y a la vez que se acatara en los jóvenes el porvenir de la patria, se bendeciría en el pasado de la patria la existencia de esa juventud digna de ella.
Hágase como se hiciere, la fiesta es digna de alabanzas calorosas y la celebramos con las más calorosas efusiones.

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Si es cierto, como ayer nos decía un despacho telegráfico de Santiago, que el Consejo universitario quiere castigar a los alumnos que, al parecer, se han hecho delincuentes de falta de respeto a un tribunal de exámenes, ninguna pena más inicua podía haber escojitado que la de suspender hasta por un año los exámenes válidos.
Por muy grave que sea la falta en que han incurrido los dos jóvenes a quienes de ese modo se castiga, y por necesaria que sea la disciplina escolar, la pena es excesiva, el rigor es cruel y es dudoso el derecho con que se aplica esa pena rigurosa.
Suspender durante un año el derecho que tiene todo alumno a validar por medio de exámenes sus estudios anuales, equivale a hacer perder un año al alumno castigado. Un año perdido para un joven es un año perdido para una familia y para ella y para él hay en esa pérdida un fracaso de esperanzas que pueden llegar a constituir la ruina de una inteligencia y la desgracia de un hogar. ¿Con qué derecho puede nadie, llámese Consejo universitario, llámese ministro de instrucción, castigar en la familia, en la patria y acaso en la Humanidad el descomedimiento de un joven? ¿Quién ha dicho al Consejo de la Universidad que la disciplina escolar depende de la violencia de la diciplina? ¿Por qué se busca en castigos ineficaces (que es catigo ineficaz el que traspone la esfera de la falta), el remedio de males que probablemente radican en la misma disciplina que se quiere a toda costa sostener?
Gran falta es en un hombre, cualquiera sea su edad, su estado o su posición, la falta de respeto hacia los otros; pero ¿pueden asegurarnos que la falta cruelmente castigada en el discípulo, no debería ser antes castigada en el maestro? ¿pueden asegurarnos que la falta de respeto de los jóvenes no es correspondencia de la falta de respeto con que acaso los han tratado sus profesores?

Indague, indague el Consejo universitario, y verá que jamás una educación racional, la que prepara al hombre para ser hombre en todos los estados de su vida, es defectuosa en ese punto. Y si lo es, con serlo prueba que no es educación racional. No siéndolo, en vano se apelará a todos los medios coercitivos que pueda la severidad imaginar: la falta de respeto será siempre vicio connatural de esa viciosa educación.
Si el respeto no fuera otra cosa que la hipócrita genuflexión del inferior ante el superior, el mundo sería perfecto, porque el número de aduladores de cualquier fuerza es infinito; pero el respeto que empieza inmediatamente en el ser mismo, que tiene por base incontrastable la dignidad personal y el sentimiento de la dignidad humana, que consiste en no arrodillarse jamás, abunda poco, precisamente porque abunda demasiado el otro.
Elija entre los dos el buen Consejo, y, en vez de imponer miedo, imponiendo penas que nadie tiene el derecho de imponer, por que nadie tiene el derecho de hacer responsable de la falta de un hombre a toda una familia, “imponga respeto. Para conseguirlo, haga que todos, educadores y educandos, tengan de la dignidad humana una idea más alta y más perfecta que la aceptada e imbuida por tradiciones que en ninguna parte obstan tanto a la armonía como en los establecimientos de instrucción y educación.

 
 

LA PATRIA

VALPARAÍSO, AGOSTO 14 DE 1872.

La República de la verdad.

 

 

Esa breve fórmula es el programa del gobierno civil, elevado en la persona del señor Pardo a la Presidencia de la República del Perú. No ha podido la radical evolución consumada con gloria por la sociedad peruana, tener una expresión más radical. La República no es verdad sino cuando los poderes delegados por el pueblo realizan en leyes, en actos, en justicia, la opinión del pueblo; y no hay opinión realizada, sino cuando, ejerciendo directamente su poder por medio del sufragio, el pueblo personifica su opinión, su deseo, su necesidad, y la coloca en el sitial de la Presidencia, en los escaños del Parlamento y en la silla de la municipalidad, bajo el dosel de los tribunales de justicia, en el corazón de los defensores de la patria, en la conciencia de los administradores de su tesoro, al amparo de principios eternos como la verdad, saludable como ella.
Un pueblo que ha vivido cincuenta años bajo la tutela opresora del caudillaje; que, como dice gráficamente el Nacional de Lima, ha tenido que dar un salto de cincuenta años para desprenderse de la fuerza violenta que lo estacionaba; un pueblo, que, como ha dicho el señor Tejeda, presidente de la Cámara de Diputados (al ceñir la insignia presidencial al elegido del Perú), ha tenido hasta ahora que sufrir presidentes elevados por las bayonetas; un pueblo así cohibido en su vida, en su fuerza, en sus aspiraciones, necesita reconquistar por la tranquila eficacia del derecho el sentimiento tradicionalmente combatido de su soberanía. En vano lo habrían hecho patente las trágicas reivindicaciones de la fuerza: los pueblos son necesariamente buenos, y los buenos son olvidadizos, y, burlando su mangnanimidad, podrían mañana los enemigos de su soberanía volver a sofocarla.
Para que no lo hagan, para que no puedan hacerlo, es preciso que el pueblo adquiera la práctica y la costumbre de su soberanía: esa costumbre se da en la ley: esa práctica es la práctica del derecho. Pensando así y correspondiendo con su primera palabra a lo que de él se espera en el Perú y en toda la América ansiosa de progreso y libertad, el nuevo Presidente constitucional de la República peruana ha leído en el acto de recibir el poder, un programa que, realizado, habrá devuelto a la república hermana dos de las bases del sistema republicano-democrático: el poder electoral; la autonomía municipal.
Hacer efectivo el poder del pueblo por medio de un sincero sistema electoral; darle en la dirección de sus intereses comerciales toda la iniciativa que le compete, no es solo empezar a hacer verdadera la forma republicana de gobierno, es también asegurarla.
Responsabilidad legal de los funcionarios públicos; reforma de la ley penal; reorganización del ejército, para formar “el reducido que conviene a la nación;” nivelación de los presupuestos por la reducción de gastos innecesarios; aplicación de los mayores recursos posibles al fomento de la educación común: tales son los puntos secundarios que componen el programa de la nueva presidencia.
Harto sabe el señor Pardo las dificultades que obstarán a su deseo; pero hay dos esperanzas que pueden alentar á cuantos ansian orden en la libertad para el Perú y para América latina la armonía de todas las naciones del continente en el progreso del derecho: primera esperanza, la popularidad del nuevo presidente, encarnación del gobierno nuevo; segunda esperanza, la inteligencia política y la sinceridad cordial del primer representante del gobierno civil en la primera magistratura del Perú.
Un gobierno popular, inaugurado y dirigido por un hombreinteligente, que sabe a dónde y por dónde va, hasta dónde irá con él el pueblo, de donde no podría pasar sin enajenarse el auxilio del pueblo, no puede ser un gobierno infructuoso, por más que sea un gobierno difícil.
Que las dificultades desaparezcan y que los frutos empiecen pronto a regenerar la vida peruana tal es nuestro ferviente deseo.


 

Aniversario del Ecuador

(En: La Patria, agosto 9 de 1872)

 

 

Fue ayer, y lo sabíamos y no hubo exceso de noticias que nos impidiera recordarlo; pero había en nuestro pecho el exceso de indignación que lo llena cada vez que contemplamos la situación de aquel país desventurado, y preferimos guardar silencio antes que abandonarnos a la cólera.
Este es el único sentimiento que tenemos el derecho de experimentar, al pensar en el Ecuador, los que vemos en el ridículo tiranuelo de aquel país, uno de los obstáculos más insuperables que tiene en la América latina el progreso de la razón universal.
Unidos en nefando maridaje la hipocresía y el despotismo, operando una y otro sobre la ignorancia, deprimiendo entrambos el espíritu público del país, sofocando con una política pneumática las aspiraciones individuales y colectivas, santificando la una los crímenes que el otro comete, complacientemente borradas por la hipocresía las huellas de sangre que deja el despotismo, –el Ecuador ha dejado de ser una personalidad colectiva, una sociedad, un espíritu nacional, para ser una cosa, una masa, una materia poseída, manejada, modelada a capricho del cínico demente que ultraja en el pueblo ecuatoriano a toda la América latina.
Recordar en estos momentos los grandes días de la patria ecuatoriana es un sarcasmo. El sarcasmo es casi siempre una cobardía, y sería una cobardía recordar al pueblo esclavo el día en que, combatiendo heroicamente por su independencia, demostró que podía ser libre.
Si nosotros fuéramos ecuatorianos o habláramos a ecuatorianos, en vez de conmemorar los días lejanos de la independencia ecuatoriana, conmemoríamos el día reciente de la libertad peruana. Allí tendríamos un ejemplo que seguir: allí presentaríamos un ejemplo que imitar.
Imítelo pronto el Ecuador.
Para calmar la susceptibilidad de los que no se espantan de las maldades poderosas y se estremecen de los excesos de los pueblos, nos apresuramos a decir que no queremos sangre ni actos de fe. Queremos el triunfo solemne del derecho de los pueblos, y es justicia mejor la más tranquila.


 

La Arjentina y Cuba.

(En: Periódico La Patria. 8 de agosto de 1872.)

 

 

El redactor de este diario sería tal vez un excelente antillano, pero sería un americano egoísta, si al clamar un día y otro día en favor de Cuba, solo pensara en la independencia de las Antillas. Piensa que Cuba y Puerto Rico independientes serían factores activos, como son factores necesarios, del porvenir político, social e intelectual de todo el continente; anhela ser útil a todo el continente, –y cuando pide a las repúblicas colombianas que auxilien a’ la grande Antilla, abandonada por todo el mundo, en su heroica lucha, habla tanto el ciudadano de la patria americana, como el ciudadano de la patria antillana. Querer la independencia de la patria pequeña es querer el establecimiento de la patria grande.
Eso quería el generoso Prado durante su gobierno y después de su gobierno.
Eso quiso el gobierno de Chile cuando conmovió a las Antillas, a España y al mundo con el manifiesto que más esperanzas despertó y que más esperanzas ha sofocado.
Eso quiso el Congreso federal de los Estados Unidos de Colombia cuando empezó a discutir el plan-Holguin.
Eso ha querido el gobierno venezolano al prestar los auxilios que ha prestado a Cuba.
Eso han querido los mejicanos, los dominicanos, los venezolanos y neo granadinos que han ido a vencer o a morir a Cuba.
Eso quiere la Asociación argentina que trabaja en Buenos Aires por la independencia de la Antilla que tiene la fortuna gloriosa de haber empezado ya a ser independiente.
El telégrafo trasandino que, como todos los progresos americanos, es un coeficiente del porvenir y será, por lo tanto, uno de los obreros de la unidad americana, debía servir y sirvió al redactor de La Patria para expresar esta idea.
La expresó en el siguiente telegrama: “Al presidente de la Asociación Independencia de Cuba.– Buenos Aires:
“Eugenio María Hostos, en nombre de Cuba y Puerto Rico agradecidas, estrecha la mano de los que tienden mano amiga a la Isla desamparada y perseguida. Tierras americanas, a pesar de España, las Antillas se felicitan del progreso americano, y unen, por mi voz, su clamor de paz y de ventura al clamor con que celebra el continente la comunión intelectual del Pacífico y Atlántico del Sud.”

A esas palabras, se contestó con las ya publicadas en La Patria.
Conocidas las últimas atrocidades españolas en Cuba, pidió p9rtestas contra ellas a la juventud argentina, y recibe esta contestación:
“A E. M. Hostos.”Valparaíso.”Buenos Aires, 5 de agosto. Comunidad de esfuerzos hasta conseguir la Independencia de Cuba.”
El presidente de la Asociación auxiliar de Cuba, que firma este despacho telegráfico, cree, como nosotros creemos, que no es el auxilio material el que exclusivamente pueden ofrecer a Cuba, abandonada a sí misma, las repúblicas hermanas. Cree, como nosotros, que el auxilio moral de la opinión americana, puede por lo pronto ser tan útil como los recursos materiales que acaso no puedan inmediatamente prestarse. Cree, como creemos, que se trata de rehabilitar ante sí mismos y ante el mundo a estos pueblos, culpables de criminal indiferencia. Cree, como creemos, que la Independencia de Cuba y Puerto Rico no es obra exclusiva de la fuerza; que pueden contribuir eficazmente a ella una actitud racional y decidida, la actitud lógica que se espera de los pueblos y los gobiernos americanos.
Por eso habla con tanta fe y atribuyendo tan decisiva influencia a los esfuerzos que hace en Buenos Aires la generosa Asociación, a cuyos miembros volvemos ahora a saludar fraternalmente.
¿No hay en Chile americanos que imiten a esos americanos? ¿no hay juventud en Chile? ¿No tiene la juventud chilena la confianza que tiene en sus nobles sentimientos la juventud argentina? ¿no tiene la juventud chilena la influencia que toda juventud tiene sobre el corazón de todo pueblo? ¿no se cree capaz de hacer popular la causa, necesariamente popular, de un pueblo que lucha por la misma independencia a que debe Chile su esplendor?

 

 

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