La Patria Valparaiso page 5

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, NOVIEMBRE 21 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

Plantear bien una cuestión es resolverla, y no la plantea bien el que la coloca a sabiendas fuera de sus condiciones lógicas. Fuera de ellas coloca la cuestión de Cuba el Independiente, cuando, asimilándola a todas las causas generosas, deduce que la de Cuba no debe ser atendida ni auxiliada por el gobierno de Chile, porque un gobierno no debe hacerse auxiliar diplomático de causa ninguna, por justa que ella sea, sino cuando tenga pronto el acero para confirmar de hecho su protesta.

Descartemos el complemento inútil de la cuestión así planteada, diciendo que las protestas de individuos o gobiernos no deben hacerse sino en el caso de que sean eficaces y que, para serlo, no hay necesidad de que vayan acompañadas de conminaciones, y asombrémosnos de que en Chile, en plena América latina, pocos años después de 1865, se pueda sostener con aire displicente que, para Chile, la revolución de Cuba es una causa tan justa, pero tan indiferente como cualquiera otra causa justa.

Eso es imposible. Para Chile, como para toda América latina, como para todo el nuevo mundo, la revolución de independencia que hace hoy Cuba es una causa más justa que cualquiera otra, más interesante que cualquiera otra, más importante en sus resultados que cualquiera otra.   Es más justa que cualquiera otra, no solo porque representa todos los principios de justicia cohibidos en Cuba por España, sino también porque, siendo idéntica a la en que se fundaron Chile y todos los pueblos del continente para emanciparse, renueva ante el mundo el juicio que el mundo decidió en favor de las que hoy son naciones independientes y fueron un día dependencias de España.   Si Chile   y la América   latina y el continente entero no tuvieran por la más justa de las causas de guerra y rebelión la de Cuba, no tendrían tampoco por la más justa de las causas lo que ellas defendieron hasta vencer.    La independencia de Cuba es para Chile la más interesante de todas las causas, porque es la que más íntima o inmediatamente se refiere a su derecho de ser independiente, de ser lo que quiso y lo que es; porque los pueblos, como los individuos, están obligados a la lógica, y no la tendría Chile si no fuera interés suyo o no tuviera por suyo el   interés que tiene en ser independiente un pueblo americano, víctima de los mismos y mayores rigores, de las mismas y más insoportables violencias que pusieron a Chile en actitud defensiva y agresiva contra España.

La independencia de Cuba es para Chile más importante en su resultado que cualquiera otra, porque, a parte de lo mucho que importa a toda América la absoluta posesión de sí misma, ninguno de los pueblos que, fuera del continente americano, personifiquen una causa justa, puede tener en Chile las conexiones geográficas, políticas, comerciales, intelectuales que puede tener Cuba.

Hay un hecho que debe ser autoridad para los positivistas.  Ninguna causa ha conmovido jamás tan hondamente el corazón americano como la representada por Cuba en su martirio:   ¿por qué? porque el corazón americano siente todas las afinidades que ligan a todos los pueblos americanos.   ¿No es este un interés suficientemente inmediato?  Pues analícese el sentimiento que hace propia de todas estas sociedades la angustia que padece Cuba, y se hallarán en el fondo de él los elementos de los intereses que más afectan a la vida de las sociedades. Interés de conservación, porque cualesquiera    sean los tiempos actuales, los futuros pueden provocar tentativas como las de Méjico, Santo Domingo, el Pacífico, y esas tentativas no dejarán de ser posibles hasta que, desapareciendo Europa, políticamente, de América, no desaparezcan con ella los derechos que ha alegado y le han servido de pretexto.  Interés de solidaridad, porque solo cuando ella se ha establecido entre las diversas partes de un todo tiene éste la fuerza a que aspira.   Interés de principios, porque América no puede vivir bajo otra ‘forma de gobierno que la republicana, con otras instituciones que las democráticas, y unas y otras están latentemente amenazadas y zapadas en tanto que principios e instituciones contrarias ejerzan presión política en América.   Interés de la civilización, porque el comercio, la industria, el trabajo libre, el arte, la ciencia no tienen ni pueden tener  desarrollos completos en tantoque un pueblo sufra la coyunda de otro.

No bastan operar sobre la ignorancia del número infinito, y, porque ese número infinito no sepa donde está Cuba, qué es lo que representa Cuba en la vida y el progreso americano, decir que Chile no tiene intereses inmediatos que defender allí; es necesario probar que no son intereses de Chile los que nosotros acabamos de encontrar como base del sentimiento americano que determina la simpatía de toda América por Cuba; es necesario, sobre todo, declararse enemigo del progreso y afirmar que, dada la independencia de   las Antillas, y modificada ipso facto las condiciones generales de la vida en aquellos pueblos, no redundarán en beneficio de Chile los beneficios que el comercio universal encontrará en la vida independiente de aquellos pueblos.

Probada la inanidad de los sosfismas en que se planteó la cuestión, no hay necesidad ni aun de asombrarse de que los mismos que hace pocos días fundaban su simpatía a Cuba en el criterio de la soberanía del pueblo, acentúen cada vez más su oposición a la nobilísima causa que no pueden condenar, pidiendo al gobierno que no haga nada y que persista en la conducta, torpe si no es indecorosa, que ha adoptado.

 

 

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, NOVIEMBRE 18 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

En tono serio o jocoso, todos los diarios denuncian la indiferencia que muestran los ciudadanos por uno de los actos que más importan al ejercicio del derecho electoral.  Con excepción de Valparaíso, en los demás pueblos de que tenemos noticia, las mesas de calificación están desiertas.

Si se interroga a esos desertores del derecho, llenarán de lamentos el espacio y poblarán de palabras y pretextos el vacío de su conducta. ¿Qué van a hacer? Es inútil trabajar cuando se conoce de antemano la ineficacia del trabajo.  ¿Qué van a intentar?  Todo conato de acción es ridículo cuando se sabe que el esfuerzo es vano. Y satisfechos de sí mismos, y contentos de la perspicacia que demuestran, pintan los resultados necesarios de lo que acontece, lo culpan todo en vez de culparse a sí mismos, hacen tranquila dejación de un derecho, se echan a dormir el sueño de los débiles, y !             entre maldición y maldición de lo que pasa, se dan un veredicto de irresponsabilidad y se lavan las manos.

Es necesario protestar acerbamente contra esa conducta liberticida. No hay libertad sino en el ejercicio tenaz del derecho, y el que abandona un derecho es un asesino de la libertad.   Sea verdad cuanto temen y cuanto dicen los apáticos, y en lo mismo en que ellos encuentran su disculpa encontraríamos nosotros su condenación.  No se ejercita un derecho cuando el triunfo es cierto sino cuando el triunfo depende del esfuerzo.   Al ejercicio del derecho no se va, ni debe irse para buscar un triunfo, sino para cumplir con un deber.   El éxito de esfuerzos individuales y colectivos en favor del derecho, no debe ser ni considerarse  como éxito personal  para este hombre o para aquel partido, contra este partido o aquel hombre, sino como victoria de las   libertades públicas, de los principios que se reconozcan salvadores.

Quién, que por desconfianza del triunfo, se aleja del derecho, no declara ipso facto que para él no hay otro derecho que la pasión o el interés político que representa? Y cuándo, con ciudadanos de esa especie, se elevará la política de un pueblo a lo que debe ser; mera demostración de la eficacia del derecho y de la ley?

Harto sabemos que hay condiciones fatales, de las cuales no puede sustraerse la voluntad más constante, contra las cuales carece de fuerza la más racional práctica del derecho; y esas condiciones se dan en períodos como el actual, en que la avidez de   los bienes materiales, desarrollada por el progreso material, enerva el sentimiento del derecho en el espíritu público; pero harto sabemos también que quien quiera, individuo o pueblo, que se doblegue a la fatalidad, se dejará aplastar por ella.

Nosotros vemos con más claridad aquellas cosas que con más generalidad se nos presentan, y no necesitamos descender a hechos concretos para juzgar un hecho general; pero nosotros no somos todo el mundo, y puesto que todo el mundo necesita palpar las cosas para verlas, palpamos la situación que examinamos.

Seremos claros. Los que se alejan de las mesas calificaciones y se vedan así el ejercicio pleno del derecho electoral, abandonan su derecho porque creen que el resultado de las elecciones será un congreso clerical, y el producto de ese congreso, una situación francamente clerical.  Supongamos que nadie se equivoque y que el poder ejecutivo sea tan ciego que pudiendo constituir una situación fuerte, constituya para sí y para el país la débilísima situación de que se le supone fautor.  ¿Quién, preguntamos, sería responsable de esa falta? ¿los que la amparan en el cumplimiento de la ley escrita y pueden argumentar con ella, o los que desamparan su derecho y desatienden los que la ley les reconoce?  Estamos hablando a un pueblo viril y no a una sociedad de mujerzuelas, y presumimos que todos saben que no basta imputar faltas a los otros para reparar las suyas:  así, pues, no estamos dispuestos a advertir como objeción de hombres la que se nos hará si se nos dice que la ley será barrenada, burlada, escarnecida, porque ese temor de que la ley sea escarnecida es precisamente lo que constituye la política militante, la contienda del derecho, la lucha de la libertad.

Si no hubiera pasiones personales ni intereses políticos contradictorios, no habría luchas de derecho.  Hay lucha porque hay oposición de intereses y pasiones, y el que se retira de la lucha no tiene el derecho de condenar al que, por falta de adversario,

decretado la victoria.

La que obtendría el gobierno si los elementos a que se le supone favorable determinaran una salvación clerical, sería tan funesta para él como el país, y acontecerían dos males:   primero, que el gobierno, abandonado a las fuerzas intransigentes que lo solicitan, tendría pronto que apelar a otros elementos que le negarían su auxilio; segundo, que el país tendría que agitarse febrilmente para decidir del cambio de administración en el período que ha de suceder a éste.   En cualquiera de estos casos, el país tendría que arrepentirse de su indolencia actual:   si el gobierno necesita de elementos menos intransigentes, porque no podría proporcionárselos:  si el país necesitara a toda costa acabar de una vez con situaciones incoloras o decididamente contrarias a su progreso y a su libertad, porque tendría que desplegar una fuerza y una actividad infinitamente mayores que las necesitaría si desde ahora ejercitara su derecho.

Y nada más. Cuanto pueda añadirse es pleonástico. El que no entienda que está más obligado que nunca a disputar hoy el triunfo de su derecho, no lo entenderá jamás ni lo ejercitará jamás.  Mañana, cuando se abandone febrilmente a la lucha del derecho, tendrá demasiada calentura para ser un ciudadano; será su calentura, no él, quien ejercite el derecho y combata por él  y lo conquiste.  Los calenturientos podrán hacer milagros, pero no harán el de producir ciudadanos.

La República Argentina será pronto la sociedad más vigorosa de América latina, porque será las más instruida y la más expansiva.   Es portentoso el esfuerzo que hace aquella república viril por educar a sus ciudadanos y por comunicarse con el mundo trasatlántico. El resultado de la educación se palpa ya: el caudillaje va de vencida. El resultado de la expansión es palpable; el desierto se va.  Aquellas inmensas soledades de la Pampa, en donde podía impunemente establecer sus reales la barbarie, va poco a poco cubriéndose de pobladores extranjeros; si es extranjero el hombre cuya sola presencia ahuyenta a la barbarie.   Los campos incultos van letamente convirtiéndose en verjeles; los extremos van tocándose; el organismo social va adquiriendo las articulaciones que dan fuerza de cohesión a todo organismo, y aquella sociedad, inmovilizada por la despoblación y la barbarie, empieza a ponerse en movimiento.

Todos los días son días de fiesta para aquel pueblo infante) porque todos los días llegan a sus playas los misioneros del trabajo, los inmigrantes europeos que la desgracia o la miseria arroja de tierras ingratas hacia la tierra agradecida que los acoge con bendiciones de alegría.

No hace mucho desembarcaron en Buenos Aires, en el espacio de un día, mil doscientos inmigrantes. A pesar de los horrores de la última epidemia, el número de nuevos pobladores habrá aumentado en este año feliz para la Argentina, y se elevarán a 100,000 los enemigos de la barbarie, los nuevos amigos del progreso que la tierra fecunda abrazará en su seno.

Los insensatos que pueblan a ambos mundos atribuyen a cosas dignas de ellos el efecto que durante tanto tiempo han observado, y se decían:   “Hay anarquía en la Argentina, en Venezuela, en Bolivia; luego aquellos países son incapaces de buen gobierno.”  Los discretos, prescribiendo la verdad científica, argumentaban de otro modo, y esperaban:   la ciencia, la verdad, sabían que hay leyes inflexibles de existencia física que impiden el desarrollo normal de una sociedad que no tiene bastantes pobladores, ni suficiente comunicación de las partes entre sí, ni fuerza bastante de adherencia entre sus miembros.   Dadas estas condiciones, las sociedades antes enfermizas gozarán de salud y se desarrollarán en proporción equivalente a las fuerzas que perdieron.

Eso sucede en la Argentina, y eso sucederá en todas las repúblicas latino-americanas.   Si Chile quiere seguir desarrollándose con fuerza, que imite a su vecina.

El día en que todas sigan el ejemplo, todas las repúblicas latino-americanas serán  fuertes y serán una sola nacionalidad incontrastable.

A la Argentina que, sabiéndolo o ignorándolo, camina hacia ese fin, mil parabienes!

 

 

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, NOVIEMBRE 16 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

Es completamente inútil censurar el proyecto de ordenanza municipal presentado por el señor intendente de Valparaíso a la municipalidad.  Basta leer los cuatro artículos de que consta para saber estas dos cosas:     primera, que ese proyecto es inconstitucional; segunda, que pondría en peligro la propiedad urbana.

El proyecto es inconstitucional, porque atribuye a un municipio facultades que la constitución reserva al poder legislativo.  Si ésta y el ejecutivo consintiera en esa extralimitación de facultades, casi sería ilusoria la propiedad particular en nuestro puerto, y de las ruinas de ella surgiría un gran propietario, único, absorbente, ominipotente, que sería el intendente de la provincia.

Cierto es que el segundo inciso del artículo 1.° del proyecto limita la facultad de ensanchar y regularizar calles, que por el primer inciso se atribuye al municipio, a la medida en que “se vayan renovando los edificios y contrucciones que dan frente a las vías públicas;” pero también es cierto que cada demolición y cada tentativa de reconstrucción provocaría un juicio de competencia entre el propietario legal y el gran propietario municipal, pues éste no dejaría de arrojarse sobre su presa ni dejaría aquel de defenderla.

La declaración de utilidad pública que el tercer inciso del artículo 1.° atribuye a la municipalidad de Valparaíso es una atribución tan inconstitucional y tan peligrosa como la primera.  El peligro social que envuelve la inseguridad de la propiedad individual ha convertido   en principio de derecho universal la no expropiación, excepto en casos extremos de utilidad y conveniencia públicas.  Y para que esta utilidad y conveniencia no estén sujetas al criterio caprichoso de una persona, se atribuye el derecho de declararla a aquel poder cuyo desinterés de localidad ponga a salvo de los atentados de la pasión o del capricho a la propiedad privada.  Una autoridad local, aun movida por los deseos más generosos, puede sacrificar el derecho de propiedad a utilidades y convenencias que dependan más de apreciaciones individuales o locales que de la estricta apreciación de una necesidad muy manifiesta.   Por lo tanto, es peligroso conceder el derecho de declarar útil y conveniente la expropiación a quien quiera no sea el poder legislativo.    Solo a ésta compete ese derecho, y es inconstitucional transferirlo, como intenta el proyecto de ordenanza, a una municipalidad.

Independientemente de estas consideraciones, hay otras que condenan el proyecto del señor Echáurren. Es verdad que las calles de Valparaíso son irregulares; pero ¿qué necesidad hay de que sean regulares?  La simetría es o puede ser un elemento de belleza y la belleza puede ser una aspiración de las ciudades; pero ¿necesitan éstas ser bellas para ser habitables y servir a los fines comerciales, industriales, intelectuales que sirven?   Valparaíso no será nunca una ciudad de calles rectas, porque el espacio que los cerros y el mar dejan a la población le imponen un trazado irregular:  no será nunca una ciudad de calles anchas, porque lo que se gane para la calle se pierde para la higiene.  Vale más que una ciudad goce de salud que del encanto de una regularidad exterior.   Y si por regularizar y ensanchar las calles se obliga al propietario a que construya nidos en donde hubiera podido construir habitaciones espaciosas, el ornato público sacrificará a la salud pública.   Esta consideración es para nosotros capital, y solo con ella nos creemos autorizados para condenar el proyecto del señor Echáurren.

Si el intendente de Valparaíso quiere hacer de ésta una de las ciudades más bellas, trate de hacer la más pintoresca de las ciudades.   Busque en los cerros el espacio que se empaña en encontrar en la planicie; construya ramblas, calles, terrados en los cerros, únalos por caminos seguros a la ciudad baja; ilumine con bastante gas la ciudad alta, los caminos, las ramblas y las calles de los cerros, ligúelos entre sí por medio de puentes y viaductos; desarrolle y estimule, para hacer todo esto, el interés individual, y entonces, sin atentar a la constitución, sin usurpar facultades, sin violar derechos, sin concitar quejas de intereses, habrá hecho más y mejor que si se obstinara el luchar contra la naturaleza y contra el derecho individual.

 

 

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, NOVIEMBRE 15 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

Los vocales de las mesas calificadoras de Valparaíso han convenido en rechazar por indignos a los ciudadanos convictos de haber en las elecciones pasadas vendido su voto, especulando innoblemente con su derecho y hecho traición a sus compromisos.

Aplaudimos el honradísimo convenio y lo presentamos como ejemplo y como estímulo a toda la república. Aunque la ley castiga con fuertes penas a los vendedores de votos, es bien difícil, si no imposible, probarles su falta.   Pero la moral pública es una ley superior a toda otra.

Si la ley es ineficaz para poner fuera de sí a los indignos, hace bien en ponerlos fuera de ella la opinión.

La corrupción electoral es una enfermedad constitucional del sistema representativo, que no puede curar el esfuerzo de la ley: puede disminuirla el esfuerzo de la moralidad pública, y es bueno que haga el esfuerzo.   Pero, se preguntará, ¿tiene derecho para hacerlo?   No vacilamos en afirmarlo; pero no tenemos por el momento necesidad de razonar la afirmación, y solo queremos examinar el resultado probable de la resolución tomada por los vocales calificadores de Valparaíso.    Contra esa resolución protestarán probablemente los que hayan merecido que recaiga sobre ellos.   La protesta provocará una indignación, y de la indignación resultará que los rechazados por las mesas de calificación habían traficado con su derecho.  Este simple resultado, que   denunciará ante el tribunal   de la conciencia pública la deslealtad, la venalidad  y la indignidad de esos hombres, arrojará sobre sus nombres el fango que merecen.   Los dispuestos a imitarlos cuando el único juez de su perjurio era el perjuro mismo, pensarán seriamente antes de decidirse a cometerlo.

Independientemente de este resultado lisonjero, la resolución de los vocales tiene un mérito que sería necesario patentizar en todo tiempo, que es necesario honrar en los tiempos en que la desidia autoriza a la perfidia.   Es acto meritorio todo aquel   que tiende a segregar de la comunidad de los honrados a los que comercian con su honra; es acto meritorio todo aquel que tienda a devolver su dignidad al ejercicio del derecho, su sinceridad a la profesión de una idea, su rectitud a la práctica de los principios republicanos, y los que a eso tienden, son beneméritos de su país.

Los picaros no son fuertes sino porque los probos son débiles: los burladores de la ley y del derecho no se ríen del derecho y de la ley sino porque todo el mundo les consiente que se burlen y se rían.

España tiene un encargado de negocios en Buenos Aires, y ese encargado de negocios tiene la representación de una numerosa colonia española que hay en esa ciudad.

Los españoles tienen un patriotismo singular, que consiste en y aceptar como sagrados los errores que comete su país, y en / defender tan patrióticamente los errores nacionales, que no se tienen por buenos españoles  si no se hacen defensores del error.

España sostiene contra Cuba una guerra inicua, que ahora mismo ha condenado en el senado español el senador Díaz; pero es España quien sostiene la inicua guerra, y los desgraciados que tienen que emigrar de España para buscar en Buenos Aires el pan que les niega su país, se tendrían por malos españoles si no protestaran contra el país que les alberga y alimenta para sostener la infalibilidad de España.

La asociación que en Buenos Aires trabaja por la independecia de Cuba ha excitado el patriotismo de los emigrantes españoles: esa asociación es, para ellos, una ofensa a España, un ataque a España, un acto de hositilidad contra España, y ellos, los buenos españoles y los malos huéspedes, no han podido ver con resignación que un pueblo americano se interese por la independencia y la libertad de un un pueblo hermano.    Quisieron hacer acto de augusto patriotismo, y dirigieron una nota al encargado de negocios españoles en la República Argentina, persuadiéndolo a que entablara una reclamación.

Tanto mejor, si lo consiguen, porque así las adhesiones platónicas de la América latina a la revolución de Cuba se convertirían tal vez en adhesiones positivas; pero ¿no es triste y desconsolador para el espíritu humano que esos desgraciados hijos de la soberbia España no tengan otra idea de la patria que la idea bárbara que tienen?   Debieran enrojecerse de vergüenza cada vez que se les recuerda que su patria es hoy tan cruel y tan injusta como lo ha sido siempre, y tienen ignorancia suficientemente procaz para exigir que los mismos en quienes ensayó España la iniquidad que hoy ensangrienta a Cuba, acallen los latidos de la indignación para no ofender a España!

Salen de allí porque los bota la miseria, porque los bota la falta de trabajo, porque los bota la anarquía, y vienen a América, que les da bienestar, trabajo y orden, a imponer silencio a la santa indignación que consita la barbarie de su patria!

En España y fuera de España hemos conocido algunos, aunque pocos españoles que, sin dejar de amar a su patria, y por lo mismo que la amaban con lúcido y alto patriotismo, abominaban de su historia colonial, condenaban sus crueldades históricas y se ponía contra ella en las filas de su perseguidos:  hoy mismo tiene Cuba libre algunos españoles generosos entre sus defensores,  y Villamil, de quien se ha hablado en estos días, es uno de ellos; pero las excepciones confirman la regla, y puesto que hasta en América se atreven los españoles a exigir  que imitemos las abominaciones de su patria, guardando silencio ante ellas, atrevámosnos a recordarles que hoy son extranjeros, no señores, en América, y que si, como extranjeros y como hombres de trabajo merecen la acogida cariñosa que reciben, como señores están de más y no estamos dispuestos a sufrir sus insolencias.

 

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, NOVIEMBRE 6 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

Las dos últimas sesiones del senado se han consagrado a un asunto capital; el informe de la comisión nombrada para dar dictamen sobre la conveniencia o inconveniencia de conceder la construcción del ferrocarril trasandino. El señor Reyes, que en esta discusión ha representado el espíritu expansivo del progreso y de la solidaridad americana por el progreso, ha tenido que hacer frente a más de un enemigo inesperado (¿quién había de esperar enemigos para un asunto de esta especie?) y a más de un argumento inexplicable.

Se ha argumentado contra el ferrocarril trasandino, en nombre de los intereses fiscales, en nombre de la insignificancia de los cambios y en nombre de la insignificancia de los pueblos que va el ferrocarril a favorecer y recorrer, y para argumentar someramente y producir los grandes efectos decisivos, se ha argumentado en nombre de la integridad territorial de Chile!

Al primer argumento, el señor Reyes ha contestado victoriosamente, con solo oponer la grandeza del objeto a la pequenez del argumento; el ejemplo del ferrocarril de Valparaíso, al temor de que el trasandino sólo produzca gravámenes y no ganancias.    Hubiera el respetable senador podido argüir más victoriosamente todavía, exponiendo sencillamente la teoría de los ferrocarriles.    Un ferrocarril es un movilizador de productos estancados o no explotados por falta de medios de locomoción o por exceso de precio en el tráfico.    Facilitar la movilización de esos productos, abaratar el tráfico, aumentar la producción por el estímulo, el cambio y el consumo por el aumento de producción, que es aumento de necesidades comerciales e industriales por ser aumento de necesidades individuales y sociales:   he ahí el fin buscado y el fin obtenido por el ferrocarril.   La teoría, que sale victoriosa en sociedades viejas, donde la producción ha vivido estancada por falta de cambio, sale más victoriosa todavía en sociedades jóvenes, donde la falta de comunicación ha impedido explotar recursos, riquezas y tesoros naturales que necesitan de ella para ponerse en actividad. Cuando el estado es el explotador de las vías férreas, puede no redundar directamente en beneficio de él la explotación; pero como redunda inmediatamente en beneficio de la industria, del comercio, de la agricultura, del bienestar privado, de la riqueza pública, y el estado no es nada, si no es el representante de todos esos interesfís v de todos eso fíne.s sociales, debe. favorer-er siempre los medios que favorecen esos fines.  Cuando el estado no es el constructor ni ha de ser el explotador de vía férrea, no puede ni debe hacer otra cosa que averiguar si la condición que se le impone para la construcción de la vía corresponde a los intereses y a los beneficios que ésta representa.

Los empresarios del ferrocarril trasandino imponen al estado la condición de que se les subvencione con una cantidad determinada (100,000 $) como garantía de que el ferrocarril producirá en la parte del territorio chileno que corre los 280,000 pesos que los empresarios computan necesarios.  Si el estado está, seguro, como parece que el señor Reyes está de que el ferrocarril dará ese producto, todo lo que puede discutir, todo lo que le conviene discutir es si debe o no debe dar la garantía pedida.

Al segundo argumento, (según el cual, todo el cambio que de la Argentina para Chile establecería el ferrocarril, sería la importación de pasas y jabones) contesta el señor Reyes afirmando que el trasandino importaría multitud de mercaderías y excelentes y cuantiosos minerales de plata y cobre.  El señor senador hubiera podido contestar más categóricamente todavía, exponiendo la situación de las dos riquísimas provincias argentinas. San Juan y Mendoza, que el ferrocarril pondría en comunicación con Chile, recordando que Buenos Aires sería entonces el mercado intermediario entre Europa y Chile, haciendo ver la posibilidad y aun la probabilidad de que las provincias ribereñas del Brasil nos comunicarán sus productos, probando la solidaridad de intereses que desarrollaría ese instrumento común de producción y cambio.  Como complemento del argumento que acabamos de refutar, se ofrece otro; que son insignificantes los pueblos, aldeas y villorrios que va a recorrer y ligar el ferrocarril: no es así, porque Mendoza y San Juan son dos ciudades de eminente importancia comercial; pero si así fuera, precisamente por ser así debería favorecerse la construcción de la vía férrea. Donde hoy no hay mas que aldeas y villorrios, crearía grandes centros de población el ferrocarril trasandino.

A esos argumentos se ha añadido otro, que es necesario contestar vehementemente.    Se ha dicho que el carácter internacional del ferrocarril impide al estado el abandonarlo a la construcción y a la explotación privada, porque es peligroso entregar la seguridad y la integridad de territorio al interés privado.  En otros términos, los que así argumentan se empeñan en crear en América latina la desconfianza internacional que justifican en Europa la organización política y social; que nada justifica en América latina, obligada a salir del aislamiento estúpido en que  vive. Niños educados en el mal, suponemos el mal allí donde está la curación radical de él, y cuando el sentido común   y la ciencia celebran como remedio contra la guerra la unión comercial de las naciones, nos empeñamos en suponer que corre un serio riesgo nuestra autonomía, nuestro poder y nuestra fuerza, porque saliendo mediante el comercio y las comunicaciones que establece, del aislamiento en que vivimos, rompemos las murallas de la China que nos alejan de aquellos a quienes nos llaman intereses comunes, deberes comunes, fines comunes de vida y de progreso.

Hace muy poco tiempo, un año, que otros senadores de otra república, el Perú, aducían idéntico argumento para oponerse a la construcción del ferrocarril internacional de Tacna a la frontera de Bolivia: el argumento se desvaneció por sí mismo, y el ferrocarril se constitruirá y sucederá lo contrario de lo que suponían aquellos patriotas del absurdo.  Pero la repetición del argumento prueba que el error es general, y es necesario combatirlo enérgicamente, diciendo que los que así argumentan no tienen ojos para ver la verdad:   diciéndoles que la comunicación de estos pueblos es el mayor beneficio que pueden hacerse unos a otros; que la construcción del ferrcarril trasandino sería un beneficio positivo, aunque ningún beneficio material se obtuviera con él, porque aún no   obteniendo bien ninguno para la producción y el cambio de productos, se habría obtenido el inmenso beneficio de acercar uno a otro a dos pueblos hermanos, en los cuales no hay mas que unos cuantos miopes que, por no ver otras cosas que los materiales, son y se declaran incapaces de ver las concadenación de beneficios y progresos que hay en la aproximación de pueblos hermanos, de comercios que se completan, de industrias que pueden auxiliarse, de civilizaciones que deben cooperar conjuntamente a un mismo fin.

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