La Patria Valparaiso page 4

LA PATRIA.

VALPARAÍSO MAYO 15 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

Prueba de lo necesario que el tratar la cuestión que el Mercurio   suscita al replicarnos, es la continuidad con que se presenta cuando se discute la libertad de la enseñanza.

Al contestar a nuestro colega de este puerto no haremos, pues, sino despejar el camino de la discusión principal.

No es extraño el asombro de nuestro colega; todo el mundo se asombra, y con motivo, de que, siendo tan universal como es la propaganda de las ideas liberales, de que siendo el aire respirable de nuestro siglo y la atmósfera moral del nuevo mundo, encuentren obstáculos, no obstante, allí donde debieran ellas encontrar su garantía.   Ya ayer (invadiendo tal vez los dominios de la historia crítica y de la filosofía política) explicamos o tratamos de explicar y de explicarnos el fenómeno.   Hoy, por complacer al   Mercurio, trataremos de completar la explicación.

Los que llama pobres ultramontanos tienen la influencia que en ellos temen el partido liberal y el democrático, porque la ejercen en esferas inaccesibles para los partidarios sinceros de la libertad y sobre una multitud que, sean cualesquiera sus tendencias y su instinto de libertad, está incapacitada de sustraerse a la contraria acción de ideas opuestas a su instinto y sus tendencias:  entre otros motivos de incapacidad, hay uno que es patente; su falta de iniciativa.

En los Estados Unidos, que se complace en citar nuestro colega, acontecen, con más frecuencia que creen muchos, hechos opuestos a la libertad, y nadie piensa, para remediarlos, sino en sí mismo. Hay todo un sistema prohibitivo que embaraza como en parte alguna los movimientos del comercio, y se crea un contrabando, no solo igual a la acción represiva del sistema sino favorecido por la extensión de los costos y las dificultades de la vigilancia fiscal.   Se cree, sinjembargo, sobre todo, en los estados del norte, que el proTiTibicionismo es una necesidad temperal, y los más activos perseguidores del contrabando son los mismos ciudadanos a quienes probablemente favorecería.  Para todos los fines de la vida, desarrollan los norte-americanos una fuerza de iniciativa individual que pasma a quien quiera, “educado en la pasividad de la colonia o en la tradición de sus vicios,” no sabe o no comprende que el primer resultado del derecho activo es la responsabilidad personal del derecho.  Tocqueville, que estudia con su acostumbrada lucidez prosperidad del estado,”  —explican a un mismo tiempo por qué el órgano de las relaciones jurídicas, llamado Estado por nosotros, no tiene iniciativa en la educación y en la instrucción; porque la tienen los estados particulares, porque la organización de la enseñanza en los Estados Unidos o es libre en el sentido en que conciban la libertad los que prescinden del derecho colectivo para solo pensar en el individual; porque la enseñanza es allí tan libre como queremos nosotros que sea aquí y en todas partes; libre para el individuo y para el estado, esfuerzo común de todas las categorías sociales.

Cada uno de los estados tiene en la gran federación un superintendente de escuelas.   ¿Se cree que ese superintendente no influye en la constitución de la enseñanza secundaria y superior, que no tiene el estado el derecho de intervenir en esa enseñanza? Nada hay en la constitución federal ni en las particulares de cada estado que lo prohiba.

Mas ya basta para demostrar que el ejemplo presentado en su favor por el Mercurio, favorece efectivamente la libertad de la enseñanza, pero no en el sentido exclusivo que da nuestro colega a esa libertad, sino en el expansivo que nosotros le atribuimos y ella tiene.

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, DICIEMBRE 12 DE 1872.

Bolivia.

 

Las correspondencias que recibimos de Bolivia, confirmando en lo esencial las partes del primer momento, nos infunden el convencimiento de que los últimos trágicos sucesos de que ha sido teatro la capital de la mencionada república han sido una consecuencia y un fruto más de la preponderancia funesta de los caudillos en la suerte de algunos de los países sud-americanos.

Las catástrofes dolorosas y sangrientas se suceden en algunas de estas repúblicas con intervalos de pocos años y hasta de pocos meses.   Parece que entre gobernantes y gobernados no existe allí otra base de relaciones, ni otro fundamento de los actos que la fuerza brutal, desembozada, sin frenos.   Mientras se encuentran o creen encontrarse en posesión de la fuerza, los que mandan abusan y atrepellan.  Al fin y al cabo, llegan, sin embargo, momentos en que el derecho público o privado ofendido o causas menos nobles y legítimas se arman, a su turno, del puñal y de la espada y producen catástrofes tremendas que sorprenden a los países vecinos por lo mismo que no traen su origen de agitaciones perceptibles y profundas del espíritu nacional.

Pezet, Balta, Gutiérrez en el Perú, -Belzu, Melgarejo, Morales en Bolivia, son nombres que simbolizan otros tantos períodos de imperio absoluto de la arbitrariedad descansando en la fuerza y otros tantos sacudimientos y reacciones fecundas en incidentes dramáticos y criminales. El ejemplo y la historia de los primeros no ha escarmentado a los siguientes.    La omnipotencia les ha perturbado el sentido y los ha llevado con una venda ante los ojos y con paso rápido a la conocida escena final de las tragedias políticas de Sud-América.

Y entre tanto ¿qué papel cabe en esta existencia tan hondamente perturbada de algunas de nuestras repúblicas al elemento civil y culto, a los grupos más o menos numerosos de hombres que viven consagrados al trabajo y a la industria y que cultivan y representan las letras, las ciencias y la política de principios?

Falta todavía a ese elemento fuerza, cohesión, energía y constancia suficientes para resistir con éxito al empuje de los caudillos.  Verdad que,  en ciertos momentos, sacude su postración y logra agrupar en torno suyo a los pueblos. Verdad es que, bajo la impresión de sentimientos vivos, es capaz de producir escenas y jornadas como las que ahogaron en la cuna la dictadura de los Gutiérrez en Lima; pero echamos de menos en esas explosiones del espíritu civil la constancia, la tenacidad y la experiencia sin las cuales no es posible detener el carro de la victoria.  Los caudillos saben cosechar el fruto del sacrificio de los pueblos.  Esta es una historia que se repite eternamente en nuestro continente.

Dejamos que el porvenir inmediato decida si obedecemos a una tendencia pesimista, o si, por el contrario, estamos en la justicia de las apreciaciones al presumir que la catástrofe de la dictadura de Morales no iniciará en Bolivia una nueva era de legalidad, de buen gobierno y de paz, sino que, por el contrario, habrá sido el primer acto de la serie de cuadros que hemos estado presenciando en los últimos  años  hasta  experimentar  fastidio,  repugnancia  y desencanto.

Veremos aparecer y desaparecer, en primer lugar, de la escena al elemento civil, entonando   himnos a la libertad y la regeneración y acabando por entregarse y entregar al país a aquel de los pretendientes que más se asemeja al dictador recientemente inmolado. Veremos, en seguida, al regenerador con la sien coronada de laureles, la espada envainada y el libro de una nueva Constitución en la mano subiendo al Capitolio, haciendo llamamientos sublimes al patriotismo y la inteligencia y jurando por todos los dioses que sabrá conducir a la nación a los gloriosos destinos que soñaron para ella los padres de la independencia.   A poco andar, la careta caerá del augusto semblante, el águila real descubrirá garras de buitre y los infelices patriotas tendrán que lamentarse por la centésima vez del engaño sufrido, y acabarán por declarar que los tiranos anteriores era ángeles de mansedumbre y moralidad al lado del actual. Por fin, la copa rebalsará y la pasión exaltada, luchando entre el miedo y la sed de venganza, pedirá a la asonada o al asesinato la justicia que no sabe ni puede, talvez, buscar en otra parte.

Como americanos, como hombres, sentimos en lo más íntimo de nuestra alma lo que esta situación tiene de funesto, de vergonzoso, de inútil y de desesperado.    Imaginarse que la civilización puede ganar terreno a través de estas alternativas de tiranía salvaje y de reacción sangrienta, es hacerse voluntariamente ilusión. Las orgías de la fuerza y del capricho no han de dar jamás otro resultado que el falseamiento   y la postración del   espíritu público y la pérdida de todas las conquistas hechas en industria, política y letras.  Cada una de estas catástrofes llevan muchas otras en germen.  Es propia de la violencia producir, preparar y justificar la violencia.

Fuera de la legalidad y de la paz no hay progreso. ¡Ojalá todos en Sud-América lo entendieran así!    Los actos trágicos, las explosiones violentas no hacen a las naciones más ilustradas y cuerdas, y es efímera toda organización que no se funde en la capacidad de los pueblos para practicar   el sistema de gobierno libre y para cumplir con los deberes serios, permanentes y modestos que ese sistema impone a todos los ciudadanos.

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, DICIEMBRE 3 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

El eminente ecuatoriano que tan merecidamente respetado es en Chile, que tantas veces ha juzgado favorabilísimamente en el Comercio de Lima, la política de Chile y sus hombres; que tan profundamente estima a todos y conoce aquella, nos ha designado desde Lima el artículo que con el título de La tregua con España, y !            para condenarla, ha escrito en el diario decano del Perú.

Condenado, como todo espíritu americano condena esa tregua, que no es solo un torpe abandono de la dignidad americana, sino que ha sido también una burla de las últimas esperanzas de estos pueblos, se apoya en los notabilísimos discursos pronunciados, al discutirse aquí el tratado, por  los señores Arteaga Alemparte, A. Montt y M. A. Matta, y en los artículos no menos notables en aquel tiempo publicados en la Libertad,  en el Ferrocarril y en la Patria (escritos los de este último diario que podemos juzgar y aplaudir, porque no salieron de nuestra pluma.).

El objeto del respetabilísimo americano es prevenir, desde las columnas del diario semi-oficial del Perú, a la opinión pública de aquel país contra el tratado de tregua que en sesión secreta discute actualmente el congreso peruano.   Ningún argumento más eficaz podía emplear que el que ha empleado; y ha presentado las palabras del parlamento y de la prensa liberal de Chile como la muestra terminante de la impopularidad del tratado.   Impopular y todo, fue aprobado, y el articulista ha tenido necesidad de explicar este contraste, juzgando al gobierno chileno que impuso a su mayoría parlamentaria y a la opinión del país aquella tregua, que no resolviendo nada, solo prueba la debilidad de los negociadores.

El tratado, entre otras torpezas, cometió la de abandonar a Cuba; por lo cual, con un poco de confianza en sí mismo, en su derecho y en su situación, hubieran podido los gobiernos americanos representados en Washington hacer mucho más de lo que hoy, si se empeñaran en subsanar su falta, podrían hacer.

El escritor del Comercio, que no necesita ser cubano, para saber lo que debe a Cuba el espíritu de solidaridad americana, y que, con ser americano, tiene lo bastante para sentir hondamente las funestas inconsecuencias de nuestros gobiernos, censura agriamente el abandono criminal en que dejaron a la Isla mártir, y, haciendo a Chile la justicia de atribuirle toda la iniciativa americana que ha tenido siempre y la influencia legítima que merece en los  consejos internacionales de Sud-América, culpa de la torpe conducta Washington al gobierno chileno más que a ningún otro de los que intervinieron en aquella triste abdicación.

En todo esto no hay nada que no sea justicia a Chile, amor a Chile, respeto a Chile, y nos preparábamos a celebrar desde este punto de vista el noble artículo, cuando leímos las palabras que le consagra el Mercurio.

Para este diario, el artículo del Comercio  es una prueba de odio a Chile, de envidia peruana por la felicidad chilena, y lo ataca, lo censura ásperamente y lo condena.

Esos americanos que tan vidrioso localismo tienen y tan placenteramente acogen cuantas ocasiones se les presenten, y aun las que   no se les presenten, de hacer acto de fe americana, imputando animocidades contra Chile a pueblos que no tienen la más leve animadversión contra Chile; esos americanos, que se exaltan porque un boliviano en la Nación y un colombiano en la Patria de Lima condenaban a su antojo la actitud de Chile en sus diferencias con Bolivia, y en vez de juzgar al boliviano y al colombiano, se complacen en atribuir designios protervos contra Chile a los peruanos; esos americanos han hecho ya lo bastante para que Se sepa que su americanismo es menos idea y anhelo de ellos, que un tributo exterior a los sentimientos y deseos de estos pueblos. Por lo tanto, bastaría recordar esto y probar que, como en el caso de la Nación y de la Patria de Lima, se equivocan al atribuir al pueblo peruano lo que piensan escritores de otras secciones americanas; que hoy más que nunca se equivocan al intentar hacer objeto de exaltaciones patrióticas las palabras honradas, sinceras, elevadas, favorables y hermosas para Chile, que pronuncia un hombre generoso, demasiado amante de América para no amar a todos los pueblos americanos, demasiado enemigo del localismo brutal para no tratarlo con cincunspección.  Pero el Mercurio  h a querido sacar partido de ese artículo para volver otra vez, por medio de sutiles pretensiones, a dar por bueno el abandono de Cuba en Washington, la irresponsabilidad de Chile en todo lo que se refiere a Cuba , y es tiempo de que digamos terminantemente a ese periódico y a los otros dos de Santiago que han tenido la triste resolución de discutir el derecho que tiene Cuba a la simpatía, activa y efectiva de los pueblos y los gobiernos latino-americanos, que, no solo es anti-americana su conducta, sino que es anti- humana; que no solo es conducta parcial contra Cuba sino parcial en favor de España.

Es tan anti humana la conducta, que ni los mismos diarios españoles la observan, y hoy mismo se publican palabras de un diario español que condena las bárbaras represiones contra Cuba que tan impasiblemente contemplamos en América.   Es conducta parcial en pro de España, porque ser indiferente al martirio de Cuba es ser deferente con España.

Por muy funesto que sea el período en que está actualmente la América latina, demasiado ocupada en desarrollar sus fuerzas físicas para no ser egoísta, no se ha perdido tanto el instinto del deber, que puedan aplaudir los pueblos lo que hacen en Cuba sus gobiernos.   Harto lo saben los que, al lado de una insinuación contraria a Cuba o a todo trabajo en favor de Cuba, colocan una vacía declamación en pro de la isla infortunada, que   si alguien, fuera de aquí, y tomando las palabras de esos   diarios, expusiera ante el mundo su conducta, atribuyéndola a Chile, y Chile pasara ante el mundo por un pueblo sin sentimientos y sin lógica, renegarían de sus palabras.

Son los mismos, sin embargo, que a la más leve insinuación contraria a Chile, fulminan contra los pueblos en donde se ha hecho la insinuación.

Están solos, y el eminente ecuatoriano que ha tenido la noble idea expuesta por él en el Comercio,  sabe que puede seguir con elogio de Chile en su camino.

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, NOVIEMBRE 30 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

No habrá quien no se asocie al interés manifestado por el Ferrocarril en favor de los bomberos de Santiago.  Ellos son los que en las frecuentes congojas que causan los incendios al trabajo acumulado, a la pobreza laboriosa, a la riqueza y al bienestar

descuidados, practican aquella caridad social que, por ser más desinteresadas, ni aun el estímulo de los preceptos religiosos tiene.  Ellos son los que con más abnegación acuden al servicio de los otros hombres, cuando la teoría del interés individual podría escudarlos para  excusar el egoísmo que desgraciadamente crece en proporción de los progresos materiales.   Ellos son los que desatienden sus tareas, sus placeres, acaso sus deberes por cumplir con el que libremente se han impuesto, y no solo  sería una ingratitud, sería también una torpeza el abandonarlos a sus propios recursos o el consentir que carezcan de los indispensables para hacer el conveniente servicio que prestan a sus conciudadanos.

Esa torpeza que resulta de la ingratitud es, sin embargo, la que con las compañías de bomberos se comete.  No hace muchos días» se han dirigido a la municipalidad de Santiago, pidiendo recursos necesarios, y solo se les ha concedido una parte de lo que pedían, en tanto que se hacían pródigas concesiones a demandas que, cuando menos, carecían de la autoridad   de los servicios prestados.

Protestando contra esto, y empleando la más eficaz y más racional de las protestas, se dice al vecindario:  -“Tú, que eres el que mayores deberes de gratitud has contraído con esos tus servidores espontáneos, cumple con tu deber:   acude con tus recursos a las necesidades de esas verdaderas sociedades de beneficencia pública, y, en vez de abandonar tu derecho de servirte a tí mismo, ejercítalo sin contar para nada con tus representantes.”

El consejo nos parece oportuno y adecuado. Si el vecindario es el que más interés tiene en que subsistan las compañías de bomberos, él es el que más empeño debe poner en que subsistan, y para conseguirlo, no hay más remedio que disponerse a retribuir de la única manera que se puede, los servicios que los bomberos prestan.   El único modo de retribuir esos servicios es poner a la disposición de las compañías de bomberos los recursos que necesitan para mantener en el mejor estado posible sus útiles, para re.nnrarlos. sustituirlos, mfiiorarlos.

Como se asocian los bomberos para salvar de los incendios a la propiedad y la familia, asocíense éstas para contribuir al sostenimiento de las sociedades de bomberos.  Los recursos que en su noble deseo de hacer el bien han hallado los unos, búsquenlos los otros en su gratitud y en su interés.

Es esto tan visible, que esperamos sea oído el clamor de la prensa.

*

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La epidemia que tan mal invierno ha dado a Chile, excitó la conmiseración de Buenos Aires.  Se formó una junta de socorros, y reunió 15,853 pesos.  El gobierno de la provincia de Buenos Aires quiso probar que si en la República Argentina las grandes inciativas son del pueblo, los poderes que a éste representan las secundan, y añadió al contingente popular la cantidad de 8,000 pesos.  La suma de esas dos cantidades es el producto remitido a Chile.

Ante estas pruebas sonantes y contantes de fraternidad, que hoy da la Argentina a Chile, como ayer fue Chile quien las dio a Argentina, los más reservados cuando se habla de fraternidad americana deben ser los más expansivos, y les dejamos el placer de serlo.  A nosotros, que por uno u otro camino llegamos siempre al mismo fin y continuamente lo presentamos como el desiderátum de la vida de estos pueblos, nos basta señalar el nuevo hecho que patentiza la existencia de esa tan olvidada como necesaria fraternidad.

*

* *

Un diario se queja, y con razón, del silencio que ha acogido la discusión del presupuesto de justicia, culto e instrucción pública.

Gracias a ese silencio, que ha sido para todo el mundo una sorpresa, ha pasado la oportunidad de tratar en el parlamento asuntos de gran importancia para el país y los partidos.

Las cuestiones de enseñanza, que son actualmente las capitales porque coinciden con cuestiones de principios religiosos y políticos; que son las que más hondamente han agitado los ánimos; que han sido las únicas cuestiones que han conmovido la política militante, han sido abandonadas al silencio.

¿Por qué? Contestar a la pregunta sería juzgar la conducta de uno de los grupos que más influencia podrían tener en el parlamento, y no estamos de humor para jugar.   Pero conste que consideramos como anulado a todo partido político que no afirma su personalidad cuando llega el momento de afirmarla, y que nos parece débil política la del silencio, que puede ser la más cómoda y a veces la más conveniente, pero que no es ni puede ser la política de partidos que tienen una fe política, un dogma social, una serie de principios.

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, NOVIEMBRE 26 DE 1872

Una página de la historia de Cauquenes.

 

Hemos leído con interés el folleto que con este título se ha publicado últimamente.  Es un escrito de actualidad y es, además, en presencia de los últimos sucesos del departamento de Cauquenes, un escrito de admirable oportunidad.

Su autor es don Alejandro Cañas Pinochet, uno de los más esforzados e inteligentes miembros del partido liberal que luchó tan noblemente en Cauquenes desde 1864 hasta setiembre  de 1870,época en que la violencia y la intriga combinadas triunfaron de ese bando y redujeron a sus hombres a la importancia política.

El propósito del autor es vindicar al partido liberal de Cauquenes y a su jefe, el distinguido caballero don Domingo Urrutia Flores, de los ataques de la prensa de la provincia y señalar al gobierno los incovenientes que tiene para el país y para la administración misma la conducta de los agentes del Ejecutivo que procuran el avasallamiento de las mayorías y, para combatirlas y vencerlas, llaman en su auxilio a ambiciosos de segunda fila, que llevan a la autoridad  nulos consejos y mezquinas pasiones más bien que prestigio, antecedentes y fuerza de opinión.

El señor Cañas Pinochet observa con razón que la época actual, —época de apaciguamiento y de calma,— es propia para estudiar y juzgar con acierto las cosas y los hombres a que   su escrito se refiere; y nosotros agregaremos que, en nuestro concepto, no es posible desconocer la consecuencia, el vigor y la elevación con que cumplió su misión el liberalismo de Cauquenes, así como es deplorable que la influencia en la dirección de la política de Cauquenes haya pasado de manos de los señores Urrutia Flores, Solar y compañeros de causa a las de hombres como el señor Cisternas Moraga que nada representan ni tienen en la provincia otra importancia que las de eco y ejecutores de la voluntad del círculo clerical-conservador de Santiago.

Hacemos votos por que, andando el tiempo y volviendo del todo las causas al nivel de la verdad y de la justicia, recobre su imperio en Cauquenes la antigua mayoría liberal y sea de nuevo allí el elemento conservador de la paz y la armonía y la base del progreso y la buena administración.

El domingo fue un hermoso día para Santiago.   Se ponía la primera  piedra de una nueva escuela, y se hizo una manifestación pública que honra a los que tomaron la iniciativa de ella, a todos los que a ella se asociaron, a la capital que la presenció complacida, al ya páis que es ya capaz de tributar público homenaje y entusiasta culto a la instrucción.

La”Sociedad de instrucción primaria”, a la cual la república es deudora de los esfuerzos más patrióticos y de la abnegación más constante en pro de la educación común; y la juventud de Santiago, que es vida y alma de esa sociedad, habían resuelto celebrar de la manera más solemne el acto por el cual debía echarse el primer cimiento de un nuevo edificio consagrado a la lucha de la instrucción con la ignorancia, y a la tres y media de la tarde recorría las calles más centrales de la ciudad una procesión numerosísima de fieles de la idea.   Entre ellos, mil niños de ambos sexos, cuya inocente alegría, cuyo entusiasmo infantil, aumentaban la alegría reflexiva y el entusiasmo viril del concurso.   Los balcones de las casas estaban poblados de bellísimas curiosas, y el barrio de donde ha de levantarse el nuevo templo a la instrucción del pueblo, se había engalanado como en los días de la patria.   El instinto del pueblo sabía que es un día de la patria en que nace una escuela.

Situada como está, la que ayer empezó a cimentarse, en uno de los barrios más populares de Santiago, era importante y significativa su adhesión al acto que se solemnisaba.

La solemnidad fue digna del acto.   Todo fue allí obra del patriotismo y de la inteligencia; la asistencia de señoras y señoritas; de hombres eminentes y del pueblo; las palabras que se pronunciaron y el entusiasmo que despertaron; el himno que algunas voces y algunos instrumentos entonaron y el que sin instrumentos ni voces entonaba el concurso, radiante de esperanzas y alegrías.

La colonia italiana, que se asociaba a la satisfacción de los chilenos, aumentaba la significación de aquella fiesta nacional.  América, en norte y sud, es una sociedad más completa que Europa, porque en ella cooperan americanos y europeos al fin de progreso y civilización que representa en todas sus faces el trabajo.  La nueva escuela lleva el nombre de Italia   para honrar así al generoso italiano que ha cedido el solar del  edificio nuevo, y los italianos, que son los europeos que más rápida y más complacientemente se americanizan, eran dos veces patriotas al asociarse a la alegría de los chilenos.

Repítanse esas alegrías; tengan siempre el carácter que tuvieron en la manifestación del domingo; veamos en ellas la parte mejor del progreso nacional; centuplíquense por ellas el estímulo de la juventud; trabajen todos en la santa obra; y así se elevará  la patria al lugar que merece entre los pueblos que se perfeccionan.

Tendremos la condescendencia de empeñarnos en hacer discurrir a la República.

En su conato de objeción al artículo en que nosotros razonamos la necesidad de adecuar la representación internacional  de Chile a sus verdaderos intereses, ese diario ha creído argumentos suficientes las intemperancias de lenguaje que, para juzgar las ideas del señor M. A. Matta y las nuestras, se permite.

Imitar su intemperancia de lenguaje, sería de nuestra parte una intemperancia de modestia, y, por muy desdeñosa que en nosotros sea esa virtud, no lo es tanto que consintamos en ponerla al nivel de las presunciones temerarias y de las groserías presuntuosas.   Para triunfar de la República, basta obligarla a discurrir y es lo que haremos.

Ante todo, recoja una de sus inexactitudes la República. El redactor de la Patria no ha soñado ni sueña en llevar expediciones a ninguna parte. Por óptima que sea su idea de Chile, no llega su optimismo hasta el extremo de suponer que las simpatías se convierten en pesos, en buques, en armas y soldados.  Ha querido saber, y ya lo sabe, que todo el pueblo chileno es partidario de la independencia de Cuba; que no representan al pueblo chileno los que se atreven a buscar argumentos en contra de esa causa generosa: eso le basta.

Contentadizos  como  acabamos  de  demostrarnos,  nos contentaríamos con que Chile tuviera en Europa y en América el número suficiente de agentes comerciales y diplomáticos activos que sirvieran para desvanecer los monstruosos errores que   se tienen de toda América latina en Europa, que tienen unos de otros estos pueblos.    A ese fin obsta el carácter de ministros plenipotenciarios por su misma solemnidad, y como no hay cosa más impotente, porque no hay cosa más inútil, que la solemnidad meramente basada en apariencias de poder que no se tiene.

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