La Patria Valparaiso page 3

LA PATRIA

VALPARAÍSO, SETIEMBRE 4 DE 1872.

La pena de muerte y el Perú.

 

El artículo 16 de la constitución peruana pone una excepción al derecho de la vida; y de la inviolabilidad que reconoce y le concede, —exceptúa al delincuente de homicidio calificado. En setiembre de 1868, cinco diputados presentaron a la Cámara un proyecto de ley, que, o no fue discutido o no fue aprobado, modificando el artículo precitado de la constitución y aboliendo la pena de muerte en él establecida.

Ese proyecto de ley es el que,   resucitado por dos de sus autores, ha discutido y aprobado en la sesión del 16 de agosto la Cámara de Diputados.

La Asamblea, como la comisión que designó para dictar sobre el proyecto, se dividió en una mayoría, que estuvo por la abolición del último suplicio; y una minoría, que se declaró contra la abolición de la pena de muerte.

De los sostenedores de la abolición, algunos fundaron su voto; de los opositores del proyecto de ley abolicionista, solo uno lo fundó.

La mayoría de la comisión expresó las razones fundamentales de su dictamen favorable:   la minoría de la comisión expresó los motivos prácticos de su dictamen desfavorable.

Votantes y comisión en minoría no supieron decir nada nuevo, lo cual no sería un argumento entre ellos y las ideas por ellos sostenidas, si en lo viejo hubiera habido alguna verdad o alguna partícula de verdad; pero ni un átomo.   Las llamadas razones prácticas; es decir, la experiencia de hechos que han demostrado mayor perversidad en algunos criminales, después que antes de la pena:   el estado de civilización; es decir, un monstruoso círculo vicioso:  la suposición de que el fin de la pena es la expiación; es decir, la atribución de un derecho absurdo a la sociedad, —tales han sido las objeciones opuestas al benéfico proyecto aprobado por la Cámara peruana.

Es fácil desbaratar en breve rato ese edificio de errores, que, en América  como en Europa, contribuye a detener la corriente de las ideas modernas y presenta victoriosa a la barbarie, en medio de triunfos patentes y aparentes de la civilización.

Es verdad que, en todas partes, muchos de los reos que se sustraen a la última pena y sufren la de reclusión indefinida o temporal, salen de ella tan depravados como entraron, y más, muchas veces, de lo que entraron. Si uno de los fines de la pena es la seguridad social, es evidente que no se consigue esa seguridad con la reclusión de los grandes criminales. Pero lejos de deducir de aquí que la pena de muerte es necesaria, la necesidad que se deduce es la de organizar un sistema penitenciario, que no consista sencillamente, como en Perú y Chile, en tener una penitenciaria en la capital de la  república y en seguir formalmente, pro formula, alguno de los planes complementarios del sistema penal de corrección, enmienda, mejora y rehabilitación, sino en aplicar escrupulosamente, convirtiendo en estudio lo que se impone como obligación remunerada, los principios racionales del sistema.

El fin de la pena no es la espiación del crimen. La espiación no es un derecho de la sociedad, sino en tanto que la espiación obliga al criminal a pesar del estado de inconciencia al de conciencia de su crimen.   Para tener conciencia de un mal hecho, es necesario que viva el malhechor.

El estado de civilización incompleta en que vivimos los latino- americanos,  asediados  todavía  por  la  semi-barbarie  que conjuntamente producen nuestra juventud social, nuestro pasado histórico y nuestra educación colonial, es un argumento en favor de la abolición, lejos de ser una razón en pro de la pena de muerte.  Toda violación, ilegítima o legal, de un derecho, es un acto contra la civilización.    El ser humano se civiliza, porque adquiere el conocimiento de sus derechos y de sus deberes, y porque adquiere el convencimiento, ya por experiencia, ya por razonamiento, de que fuera del derecho respetado y del deber cumplido, no hay posibilidad de vida civil.   Todo derecho es ilusorio , cuando la sociedad se atribuye el de matar a un hombre; cuando caduca para éste el de vivir.  Bajo el punto de vista de los fines individuales y sociales, no hay otra civilización que esa civilización, bajo el punto de vista de los medios es el conjunto de facultades que el individuo y la sociedad aplican armónicamente a la realización de sus fines, y la armonía creciente que entre individuo y sociedad se produce del desarrollo de sus facultades.   Va a la civilización, se civiliza, el pueblo que, declarando inviolables y no violando jamás los derechos del individuo y de la sociedad, reprime los males de uno y otro, facilitándose medios de corrección contra ese mal.

 

Los que piden más desarrollo de la civilización para suprimir la pena de muerte, piden regresos a la barbarie, y quieren entrar en la civilización, saliendo de ella.

Ese monstruoso círculo vicioso, impasiblemente recorrido por casi todo el mundo civilizado, en ninguna parte puede romperse con más facilidad y con más éxito que en las sociedades latino- americanas.   Y a riesgo de continuar pareciendo paradójicos, diremos inmediatamente por qué; porque estas sociedades no están todavía bastante civilizadas; o en otros términos, porque no están todavía  bastante  desarrolladas  las   causas  y  con  causas determinantes del estado de civilización completa:    población proporcional al terriorio, homogeneidad de población,  conquista de la naturaleza por la población, unidad de principios, de medios y de fines sociales, etc.

Las sociedades en estado de formación, como las nuestras, pueden y deben   formarse tan racionalmente como conviene al objeto del hombre en la existencia.   Pueden formarse, porque no tienen obstáculos en el pasado o porque su mismo instinto de conservación las obliga a superar esos obstáculos. Deben, porque su mismo tardío advenimiento a la vida propia, ha puesto en sus manos todos los recursos materiales y espirituales del progreso.  ¿Se espera el sucesivo desarollo de la navegación para adoptar sus últimos inventos? No. Se espera el progreso de las ciencias físicas para aplicar la electricidad a las necesidades materiales de la vida  latino-americana? No.  ¿Se cree necesario pasar por los mil medios de locomoción que han precedido a la locomoción terrestre por el vapor?  No.  ¿Y por qué no se ha esperado?  Porque las mismas necesidades materiales, simples o complejas, que ha satisfecho la ciencia aplicada a la industria, existen aquí, pueblos recién nacidos, que existen en el mundo, ya por largo en su vida apellidado viejo.

La unidad del espíritu humano es aun más patente que la identidad orgánica.  ¿Por qué no ha de tener la misma aplicación?  Piensa Europa, con más método tal vez que pensamos nosotros; pero nosotros pensamos, y nosotros podemos asimilarnos el pensamiento de Europa. Lo hacemos en el mal: ¿por qué no hemos de hacerlo en el bien? Haciéndolo, la civilización moral completaría la civilización material que adoptamos, y, adecuándolo a nuestras condiciones propias de existencia, a los principios políticos que ellos y nuestro instinto del bien han aclimatado en nuestro suelo americano, tendríamos, no ya la civilización enfrenada por obstáculos tradicionales que tiene Europa, sino la civilización mejorada, completa, americana, que tenemos obligación de dar al mundo.

Por servir a esa civilización la inviolabilidad del derecho de vivir; por ser la abolición de la pena de muerte un nuevo golpe a la barbarie; por ser la modificación del artículo 16 de la constitución peruana un nuevo progreso de la razón en la América latina, celebramos con efusión el voto de la Cámara de Diputados del Perú, y hacemos votos por que tenga imitadores en todos los pueblos latino-americanos que aun conservan en su derecho penal la barbarie de los siglos medios.


 

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, NOVIEMBRE 8 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

Contestando al artículo en que tratábamos de averiguar por qué el Independiente   acogía un fútil pretexto para desaprobar la conducta de la Sociedad de subisidios para Cuba y Puerto Rico, el diario católico afirma que no es contrario a la independencia de Cuba.   Celebramos cordialmente la afirmación y esperamos que nuestra colega la hará buena, empleando su esfuerzo y su influencia en secundar los esfuerzos y en aumentar las influencias que se  aplican al fin que reconoce generoso.

Preciso fue que el Independiente   atribuyese a la Sociedad que defendemos los actos y los deseos que le atribuía, para que nosotros nos decidiéramos a concebir la posibilidad de que hay alguien en la América latina que, en una lucha de americanos contra europeos, estuviera de parte de los europeos.  Lo concebimos con horror de concebirlo, y antes es un placer que un descontento el ver nuestro engaño y declararlo,    no hay , gracias a la razón  omnipotente, quien se atreva en Chile a desear que no seaamericana, es decir, independiente, republicana, democrática, toda  la tierra americana.

Verdad es que hay un abismo de esa negación del no deseo a la afirmación del esfuerzo positivo en favor de la causa justa, que la razón conoce como un bien americano, cuyo triunfo es ardiente aspiración de todo corazón americano; pero se explica:    el Independiente  tiene un criterio, la soberanía del pueblo.  Aplicado a Cuba,que ha empezado a triunfar. Cuba merece simpatías: aplicado a Puerto Rico, que, con las armas en la mano, protestó antes que Cuba contra la dominación y la opresión de España, Puerto Rico no merece simpatías, porque la menor de las grandes Antillas no ha logrado tener la fuerza que tiene Cuba y se vio forzada a deponer las armas. El criterio es demasiado acomodaticio  ara ser infalible; pero, al fin y al cabo, es un criterio, y es necesario respetarlo.

Respetándolo, y contando con nosotros mismos para que llegue el día que llegará en que pueda el Independiente   aplicarlo a Puerto Rico, veamos si el colega lo aplica rectamente a Cuba.

El principio de la soberanía del pueblo es un principio republicano, que excluye virtualmente todo principio monárquico y que tiende fatalmente a excluirlo.  La posesión de dos pedazos de América republicana por España es, en esos dos pedazos de tierra, el triunfo de la monarquía sobre la república.  La república es la forma externa de la vida americana,   y toda coacción directa o indirecta de la monarquía sobre ella, es coacción de la vida americana. Las cosas que se excluyen, se combaten: toda coacción se rechaza, y es natural y necesario que América quiera excluir de su vida interior a Europa, que la república rechace las coacciones de la monarquía.   Si los pedazos de tierra americana que aun retiene Europa, que España monárquica sustrae violentísimamente de la vida republicana de América, produce una revolución de independencia en uno de esos pedazos de tierra retenidos y sustraídos contra su voluntad de la república y de América, -una de estas dos cosas:   o toda América se declara en favor de esa revolución, porque la santifica el principio de la soberanía del pueblo y la consagra el principio de exclusión que separa de la monarquía a la república, o toda América guarda silencio.   En el primer caso, la afirmación del principio obliga a toda América a hacer  eficaz el reconocimiento de él, auxiliando como pueda y como deba a los miembros de la familia americana que personifican contra España el principio reconocido y acatado por América. En el  egundo caso, hay una terminante negación del principio, y América se declara incapaz hasta de obedecer al principio a que los mismos brutos obedecen: el de conservación.

Los que afirman que la soberanía del pueblo basta para justificar la revolución de Cuba, y no hacen nada por ella, y encuentran medios de aguijonear el egoísmo nacional y argumentar estoicamente con la indiferencia que debe inspirar todo lo que directamente no toque a la nación, niegan con sus actos el principio que afirman sus palabras, y contribuyen voluntariamente a quitar a la sociedad de que forman parte la fuerza más ciega, pero más poderosa que tiene toda vida; su instinto de conservación: los que llevamos el principio de soberanía del pueblo a sus consecuencias vigorosas, y en virtud de él pedimos a América que cumpla con el deber que lo impone ese principio:    que auxilie moral o materialmente, con actos de opinión o de gobierno, a los que no otra cosa que el principio reconocido y acatado por toda América defienden en su lucha, queremos mantener su saludable fuerza al instinto de conservación americano.

Claro es que quien esto defiende y esto pide y esto tiene, lo que defiende, lo que pide, lo que tiene, es parcial y totalmente favorable a la grandeza, al crédito y a la prosperidad de Chile, pues no hay prosperidad ni crédito ni grandeza en donde se pierde el instinto de conservación, que es el principio de la vida en los seres organizados y en los asociados.

Ya ve el Independiente    que, lejos de despreciar su insinuación, la apreciamos en lo que vale; una sonrisa.  Y prueba terminante de que la insinuación de la Patria merecía la justicia de ser respetada y atendida, es que el Independiente    se ha visto obligado a respetarla y atenderla,  consagrándole   el   artículo   que   acabamos   de  contestar tranquilamente.


 

ECOS DEL DÍA

VALPARAÍSO, OCTUBRE 1a DE 1872.

ECOS DEL DÍA

 

No intervendríamos en la polémica suscitada por las apreciaciones hechas del brindis presidencial, si solo se tratara de alegrarse con los contentos o de entristecerse con los descontentos.  Ni contentos ni descontentos, vivimos, como el país, en reservada

expectativa, deseando anciosamente, y nada más, que se utilicen las excelencias de la situación actual.  Si se utilizan, aplaudiremos con estrépido, porque habrá aparecido en Chile un gran hombre de gobierno:   si no se utilizan, esperaremos a que las condiciones lógicas de la época produzcan el gran estadista que debe, — desdeñando un poco a los hombres,” exterminar la política de chismes y de vecindario y crear la política de razón que exigen los progresos intelectuales del país y la progresiva expansión de sus fuerzas.   Por el momento nos parece discreta la conducta basada en la  imparcialidad  que  descontenta  a  los  hambrientos  de omnipotencia, y estamos seguros de la justicia que hará el tiempo a esa conducta. La aconseja la prudencia. Si la administración actual es el fruto de los esfuerzos de un partido, no es tan poderoso, tan inñuyente, tan popular, tan nacional, ese partido que fuera nacional  y popular darle incondicionalmente la dirección de los negocios.  Si, además de ese partido que reivindica sus derechos, se debe la administración actual a la cooperación de otros hombres, a la inñuencia de otras ideas, al éxito de malas costumbres políticas, a una lucha acerba de pasiones, es digno de cautos y prudentes, es pí^reba de inteligencia y de cordura el aplacar las pasiones que estallaron el atenuar los errores y las faltas que pasiones e intereses de partido cometieron, el distribuir las influencias del poder entre las ideas y los hombres que sacrificaron sus deseos y sus propósitos al triunfo de la candidatura que más se les aproximaba o que menos obstáculos les ofrecía.

Pero, aun suponiendo que la conducta prudente, que la política contemplativa, que la actitud expectante del poder no fuera resultado de la misma situación, necesidad evidente del momento político en que estamos, consecuencia de antecedentes no remotos, ¿no es deber del primer magistrado de una república, no es dogma de la doctrina democrática, no es imperativo lógico del sistema republicano- emocrático, el gobierno del pueblo por el pueblo, del país por el país, de todos por el jefe que todos han elegido o  consentido?   En otros términos, y aceptando los en que se ha planteado la cuestión:  el presidente de una república, ¿puede tener na política suya; gobierna con la política de un partido, tiene el derecho de dirigir la república hacia el objetivo que le han señalado las creencias, los principios, las doctrinas de una parte del país?

Razonemos sobre hipótesis posibles, antes de razonar sobre principios, y supongamos que la administración actual sea el triunfo del partido conservador: ¿ese partido es todo el país? no:  ¿quiere todo lo que quiere el país? no. No siendo todo el país, no queriendo lo que quiere todo el país, el presidente gobernaría para el partido conservador, excluyendo de su gobierno toda idea que no fuera conservadora, enajenándose la fuerza de toda la parte de opinión que se opusiera a las ideas conservadoras.  ¿Cuál sería el resultado de ese gobierno?  Una perturbación que, por ser pertubación, sería contraria a los designios del partido conservador.   Gobernaría con éste y por éste en el principio, y concluiría por gobernar sin él y contra él.

Gobernar es educar; sobre todo, en sociedades recién salidas del tumulto de las primeras luchas que determina fatalmente el desarrollo de la vida.

Porque gobernar es educar; es decir, desarrollar las fuerzas de la sociedad, los elementos de vida de un país, el carácter de una nación, la inteligencia, el corazón, el espíritu de un pueblo; por eso es el más racional y más humano de todos los gobiernos el gobierno que tiene por forma la república y por espíritu el ideal democrático.

Ahora bien, si un pueblo ha adoptado la forma republicana de gobierno y el ideal democrático por complemento de esa forma, no es republicano-democrático el gobierno que, en vez de educar al gobernado en el desarrollo de sus fuerzas y facultades, le impone el poder personal que ha conquistado y le reparte arbitrariamente con unos cuantos.

En otros términos:  el gobierno de partidos es absurdo en el sistema republicano- emocrático, porque no hay tal sistema en donde puede aplicarse impunemente tal gobierno.

Las opiniones agregadas que se llaman partidos, como las opiniones individuales o dispersas, son gobierno en el sistema republicano-democrático, porque,   mediante derecho y libertad, pueden llevar su concurso al gobierno general, desviándolo de tal error, encaminándolo a tal necesidad; pero por eso mismo es imposible el gobierno de un partido, porque el predominio exclusivo de opiniones determinadas imposibilitaría la acción de opiniones contrarias.

Necesario es que tengamos pegados al cerebro y al corazón las tradiciones del gobierno personal para que, sin escándalo de nosotros mismos, sin repugnancia de nuestra inconsecuencia, sin eípanto de nuestra ignorancia, concibamos la ^superfetación del gobierno personal sobre el gobierno democrático, que concebimos al sostener que un presidente de república-democrática puede tener una política propia.

Los presidentes de república no tienen ni pueden tener política personal ni de partido:   primero, porque la política personal o de partido es exclusivista, y la democracia no puede excluir a nadie del gobierno; segundo, porque la política de un hombre o de un partido no puede incluir todos los elementos personales y científicos que exige la educación o el gobierno verdadero de una sociedad; tercero porque la democracia es un gobierno de paz, y es política de guerra la de un hombre o un partido; cuarto, porque el gobierno democrático, que consiste en educar las facultades y desarrollar las fuerzas de una raza y un país, es gobierno de progreso, en tanto que es necesario y fatalemente de retroceso el gobierno personal, ya sea un hombre quien lo ejerza, ya sea un partido quien lo usufructe.

Sean éstas o no, sean prácticas o teorías, experimentales o racionales las consideraciones a que obedezca, será siempre  digno de elogios y de estímulos el jefe de nación que sujete a ellas su conducta.   Si a ellas sujeta la suya el actual presidente de Chile, prosiga tranquilamente su camino.   Si en su término se encuentra sin el partido que lo exaltó al poder, se encontrará en brazos del país que habrá hecho fructuoso su poder.

 

LA PATRIA.

VALPARAÍSO, SETIEMBRE 2 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

 

La reforma electoral corre peligro.   Si hemos de creer a la comisión del Senado, interpelada en la sesión del viernes, ni en quince días más estará pronto el dictamen que de ella se espera: y si hemos de creer al señor Reyes, miembro de esa comisión, se encuentra “tanta gravedad” en esa ley, puede traer tan “serias consecuencias para la paz pública según se le reforme,”  que es de temer, y de temer con probabilidades de no errar, que la reforma aceptada por la Cámara de Diputados hallará inesperadas resistencias en la de Senadores.

Indudablemente es grave paso el que da un pueblo al pasar de una ley electoral, declarada viciosa por una experiencia tristísima, a una reforma de esa ley, que busca la independencia, la dignidad y la seguridad del voto; pero la gravedad de ese paso, lejos de justificar la irresolución que se demuestra en los miembros de la cornisón, la condena.   Las cosas son graves por la influencia contraria o favorable que pueden tener en la vida:  si la influencia es contraria, se debe  tener  resolución para oponerle inmediatamente otras inñuencias que imposibiliten la acción eficaz  de la contraria; si es favorable, se debe tener resolución para aceptarla.    La indecisión es perniciosa en ambos casos:   en el primero, porque demuestra apatía: en el segundo, porque demuestra la falta de fe en lo que es bueno.

La gravedad de la reforma electoral consiste, a los ojos del señor Reyes, en los peligros de la paz pública que le atribuye.  A objeción tan formidable, debiera acompañar la prueba.  Prueba que funde esa objeción es la que se pide al señor Reyes y a la comisión de que es miembro, y en vez de tenerla dispuesta en el informe que se pide, excusa el aplazamiento del informe en las tareas de todos y cada uno de los tres comisionados. Probarán lo que afirman, no lo dudamos; pero podrá probárseles que no eran tan tremendos los peligros previstos en la reforma, puesto que ellos que, por patriotismo, los preven, han dejado dormir su patriotismo cuando, presentando rápidamente sus enmiendas a la ley en proyecto, pudieron conjurarlos.

“Según se la reforme,” la ley electoral será o no será un peligro para la paz de la República:  luego puede reformarse de un modo más adecuado a esa codiciada paz que lo ha hecho la Cámara de Diputados.  Pero como para afirmar que una cosa puede ser mejor de lo que es, se necesita haber pensado ya lo que puede ser y contrastado victoriosamente con lo que es, el formular lo que se piensa y el organizar lo que se sabe, no es tarea tan lenta que exija una inversión muy liberal de tiempo.  De tanto han dispuesto los tres senadores encargados de informar sobre la ley proyectada y aprobada en la Cámara de Diputados que el más benigno sorprenderá en delito de contradicción   a los señores que han hablado por voz del señor Reyes, y podría decirles:  una de estas dos cosas, respetables senadores de la Comisión:  O tienen patrióticos temores y han estudiado la ley y conocen los medios de hacerla benéfica, o no pueden hacerlo porque no la han estudiado ni tienen los temores patrióticos que los han hecho irresolutos:  en el primer caso, el patriotismo les manda adelantarse a los deseos de todo el país:   en el segundo caso, la verdad les aconseja que no argumenten con su patriotismo.   Es demasiado perezoso para ser activo,   y sólo el patriotismo activo, que previene con el acto el peligro que ha visto con el sentimiento, podría ser un argumento contra la razón pública,   aquí como en todas partes, avezada de antiguo a las decepciones del sentimiento.

Otro golpe al caudillaje.

 

El telégrafo de Caldera está mereciendo bien de América latina, porque se ha hecho el conductor de las noticias más placenteras para América latina.

En estas tierras, recién conquistadas por el espíritu del siglo XIX, no habrá paz hasta que hayamos vencido a la barbarie.  Recuerdo vivo de ella es el caudillaje: cada golpe que recibe el caudillaje es un triunfo de la civilización.  De un nuevo triunfo, y sin sangre, y sin autos de fe y sin delirios de brutalidad, nos da cuenta el benemértio telégrafo.   La expedición filibustera del general Quevedo ha sido vencida antes de haber sido combatida:   se ha disuelto antes de consumar su obra nefanda.

El general Quevedo, que se había dirigido sobre Tocopilla con intento de posesionarse de ella e internarse por ella al centro del territorio boliviano, ha conocido a tiempo su impotencia, se la ha confesado a sí mismo, se ha retirado, y, amparándose en uno de los buques de la escuadra chilena, se ha salvado del fracaso que hubiera indudablemente coronado su intento anti-patriótico.

Aquella revolución popular que lo esperaba, no ha estallado en ningún punto de Bolivia: aquellos batallones disupuestos a pasarse con armas y bagajes, con entusiasmo y decisión, han sido espectadores impasibles de su desesperación: aquel país que tantas ansias tenía  de volver a darse a los sucesores de Melgarejo por gobierno, se ha manifestado contento del que se dio para derrocar a Melgarejo: aquellas esperanzas temerarias que acaso se fundaron en los trabajdores del Desierto, se han desvanecido: la confianza que se tenía en la ignorancia del pueblo boliviano, presentado al menosprecio complaciente de los insensatos como un pueblo que no tiene más norma de vida que el desorden ni otro principio de gobierno que un nombre cualquiera de un general cualquiera, se ha destruido por sí misma.

Demos gracias al tiempo que nos consiente ver estos progresos, y celebremos  con íntimo regocijo que las sociedades más desventuradas de América latina demuestren con ejemplos memorables que van entrando en el período de la vida racional.

Chile, que está unida a Bolivia por vínculos un poco más sólidos que la fantástica fraternidad americana, ante la cual solo se descubren los tristes milenarios del Porvenir, Chile puede alegrarse más que ninguna de las Repúblicas.   Ya no se alterarán las condiciones  del trabajo en el Desierto:  ya no hay nada que obste allí al crecimiento de la rica industria que puebla las soledades de Atacama.

Por Bolivia, por Chile, y, si se nos permite, por la civilización americana, celebramos el resultado de la empresa parricida de Quevedo.

LA PATRIA

VALPARAÍSO, JUNIO 10 DE 1872.

ECOS DEL DÍA

 

Todavía no hemos dicho una palabra sobre la exposición industrial y nacional que el señor intendente de Santiago ha decretado para la próxima conmemoración del nacimiento de la patria, y queremos que conste la satisfacción que sentimos.

Las fiestas populares son un medio de civilización.   Todo el mundo sabe suficiente historia griega para que tengamos necesidad de escribir una página de historia y recordar en donde se formaba la educación física de la juventud griega, en donde emulaban Pindaro y Sifo, en donde aprendió Tucídides a conocer su genio histórico.

En nuestros tiempos, y procediendo al revés, Inglaterra ha concluido por converitr en fiestas populares los ensayos de desarrollo orgánico que han hecho durante cada año los estudiantes de Cambridge y de Oxford.

Es obvio para todo el mundo que para celebrar el nacimiento de la patria, una época gloriosa, un momento de apogeo intelectual en las ‘naciones, una revolución fecunda, una transformación social, no hay absoluta necesidad de que el pueblo inculto se abandone a los alaridos de una alegría borracha, ni de que el pueblo culto se contente con oir himnos y canciones, con ver luminarias y con recordar abstractamente que en día igual de tal año y de tal siglo, sucedió tal cosa.

Pueblo culto y pueblo inculto (única división que puede admitirse en una democracia)  deben tener elementos más nobles de alegoría, estímulos más dignos de patriotismo, enseñanzas más provechosas.

Gobierno y sociedad deben hacer esfuerzos para que cada uno de los grandes festejos nacionales sirva para disminuir las distancias  ue separan al pueblo inculto del culto, para  que las nociones que adquiera el uno por medio de la educación teórica o de los viajes o de la comunicación cotidiana con los agentes de civilización más activos, las adquiera prácticamente el otro en los grandes certámenes de la industria y la agricultura nacional, de que él es un elemento necesario, un factor inconsciente, un medio continuo.

Desde este punto de vista, pocos medios de celebrar las fiestas de la patria hubieran podido imaginarse que correspondan mejor al fin de esas mismas fiestas.

Si lo que con ellas se busca inmediatamente, es mantener viva la memoria de los  grandes días, no puede haber medio mejor de recordarlos que al asociar al grande hecho del pasado un grande hecho del presente, al esfuerzo nacional de ayer, el esfuerzo nacional de hoy.

Si se  quiere inmortalizar el sentimiento del patriotismo en el corazón de todos los patriotas, ningún medio más activo que el hacer una estadística gráfica de los adelantos de la patria, para que los vean los ojos que menos vean y aprendan a inducirlos los cerebros que menos ejercitan la inducción.

Si se quiere desarrollar el espíritu de emulación para aumentar el número de beneficios y de glorias de la patria, ningún estímulo más vivo que el ofrecido en esa obra anónima de todos, donde nación y nacionales, patria y patriotas, sociedad e individuos reconocen su trabajo, sus vigilias, sus sudores, los placeres del trabajo, las congojas del sentimiento de perfección.

Si todas las provincias imitaran a la de Santiago y todas las fiestas venideras se celebraran en ellas como va la central a celebrar la que recordará en el próximo setiembre al nacimiento de la patria chilena, la civilización habría dado un paso gigantesco en Sud- América.

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* *

Nos asociamos al Mercurio para pedir que desaparezca de nuestro sistema penal la pena de palos que en el ejército y en la escuadra se aplica todavía. Creeríamos que todas esas penas infamantes desaparecían, si el proyecto de ley que se ha presentado a la Cámara se modificara añadiendo a las palabras “pena de azotes,” estas otras, “y toda pena infamante.”

Nos asociamos también al Ferrocarril  para pedir que se conceda inmediata primacía a ese proyecto de ley, que no es tanto un proyecto contra la barbarie, cuanto un proyecto en favor de la dignidad social y nacional.

 

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