La Patria Valparaiso page 11

LA PATRIA.
VALPARAÍSO MAYO 20 DE 1872.
ECOS DEL DÍA

 

 

Los periódicos que en la tarde del sábado nos llegaron del Perú, dan el resultado de las elecciones presidenciales. El resultado es una nueva incertidumbre: ni Arenas, ni üreta, ni Pardo son presidentes, por más que Pardo, üreta y Arenas hayan salido electos presidentes en sus respectivos colegios electorales.
La ley electoral sujeta a tres grados la elección: designación de electores en 15 de ocfc.bre; designación de elegidos en el primer domingo de mayo; declaración del congreso en 28 de julio, si ha habido más de un nombre designado por el cuerpo electoral.
Ha habido tres hombres designados; el del candidato del gobierno, el del doctor Üreta, el del señor Pardo, y el congreso tiene ahora que decidir cual de esos tres señores es el presidente.
Para que nosotros deseemos el triunfo definitivo del señor Pardo, no necesitamos otra razón que el mismo incierto resultado de las elecciones. El ex-ministro de Prado ha escrito en su bandera “Reforma electoral,” y con solo realizarla en su gobierno, haría al Perú un servicio eminente.
La ley de elecciones hoy vigente, no es solo un pretexto de trastornos morales y del orden público, sino que es además una inmoralidad. Partidos y gobierno pueden impunemente jugar con la confianza pública y burlarla, agitar a su antojo la vida social y prolongar a su capricho la agitación.
Desde el mes de setiembre pasado, el Perú está sometido a todas las alternativas de esperanzas y la desesperación, esperando un día lo que el siguiente le ha probado que no podía conseguir, mientras no tenga una ley superior al arbitrio de los gobiernos y donde no quepan las artimañas que legalizan hoy las más violentas interpretaciones, las más groseras burlas.
Hay indudablemente una prueba de vitalidad en la tenacidad con que el Perú ha sostenido el candidato de su predilección, y desde ese punto de vista, merece la más cuidadosa observación lo que está sucediendo en aquel país tan desdichado como digno de no serlo; pero hasta las pruebas de vitalidad cansan y postran a los pueblos cuando con ellas no realizan nada y cuando nadie se ocupa de ellas para rendirles homenaje.
En vez de hacerlo, los candidatos de sí mismos se han obstinado en no reconocer que hay un candidato de la opinión, y continúan contando con los medios que la pródiga ley les suministra para seguir obstinándose hasta el fin.
Aun es posible (no queremos creer que sea probable) el advenimiento de cualquiera de los candidatos al gobierno, menos el del candidato popular. ¿Será porque haya prevalecido a última hora un pensamiento de concordia en el país y porque éste posponga sus deseos a su paz? No: será porque la ley ha procedido astutamente, reduciendo los obstáculos en razón de los grados de elección: en el primer grado, los obstáculos son muchos, porque todos los ciudadanos votan; en el segundo grado, aun hay obstáculos, porque todos los electores lo son mediante un compromiso; en el tercer grado, los obstáculos son insignificantes: ¿qué congreso, formado por un gobierno, no da mayoría al gobierno que lo ha formado?
Felicitado por sus electores, el señor Pardo ha descrito los trabajos, los afanes, el movimiento de este período del Perú en estas pocas palabras: “El país no se conocía a sí mismo.” No se conocía, e ignoraba que tuviera una opinión, que esa opinión tuviera la fuerza que ha demostrado, que esa fuerza estuviera tan admirablemente encerrada en sus propios límites, que no se haya extralimitado ni una vez y se haya siempre ejercitado en dirección del derecho, en tanto que las fuezas contrarias, violentando siempre sus límites, han provocado las más legítimas represalias, la más justa indignación, el más natural sentimiento de conservación.
Si las palabras del señor Pardo fueran totalmente verdaderas, como son profundas, y fuera completamente cierta la interpretación que acabamos de darles, sonríe, no solo para el Perú, sino para todas las repúblicas sud-americanas, la esperanza más brillante.
Un pueblo, como el Perú, sistemáticamente sometido a la arbitraria dirección de hombres e ideas jamás apoyados por el país, un pueblo, como el Perú, en donde un error de debilidad ha podido derrocar el único gobierno popular, reformador, democrático (la dictadura) ha vivido sin conocerse, sin conocer sus derechos, sus elementos, sus fuerzas.
El daño que se hacía, reñuía sobre el resto del continente sud- americano, espantado de que pueblo tan pródigamente dotado por la naturaleza fuera tan incapaz de utilizar sus dotes. El día en que las utilice, será día fausto para Sud-América, porque será día de confianza en los principios de vida que la constituyen.
Por eso deseamos que de la lucha actual del Perú, salgan triunfantes los que han enseñado a ese noble pueblo a conocerse.

LA PATRIA
  VALPARAÍSO MAYO 31 de 1872
ECOS DEL DÍA

 
El señor Lindsay, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Chile en Bolivia, ha sido perfectamente recibido por el gobierno de la república hermana.
Estábamos perfectamente seguros de ello. Pródigo se necesitaba ser de suspicacia para temer animosidad por parte de Bolivia, en los momentos en que la aliada mediterránea se rehacía de los quebrantos de un despotismo y de una revolución. Mas por lo mismo que recibimos sin asombro las pruebas de buena voluntad que Bolivia acaba de dar a Chile en la persona de su enviado extraordinario, las recibimos con alegría: toda disipación de dudas y de nubes en el horizonte sud-americano y en las relaciones internacionales de los pueblos sud-americanos, es una nueva esperanza de la unión y fraternidad que anhela en su discurso de presentación el señor Lindsay.
Tan unido a esa esperanza está el porvenir colectivo de estos pueblos, que la simple mención de su unidad internacional basta para dar significación a un propósito.
El del señor Lindsay, que es el mismo de su gobierno, parece más realizable, desde que ha invocado la unión americana. Los pocos lisonjeros precedentes de esta gran idea, tantas veces intentada, tantas abandonada, aplazada, no han logrado todavía desarraigarla del espíritu de las sociedades colombianas, y si hay algo que escépticos y crédulos, políticos al pormenor y pensadores políticos consideran unánimente como necesidad culminante de todos y cada uno de estos pueblos, es la unión. Por eso suena bien la palabra en los labios del plenipotenciario chileno por eso la ha oído con encanto el gobierno boliviano, por eso no disuena en la situación actual de estos países, que a todo, menos a unir sus medios de vida en una acción colectiva, parecen hoy dispuestos.
Hay una prueba de la poca fe que inspiran esas invocaciones a las tantas veces escarnecida fraternidad colombiana, y es la reserva del presidente provisional de Bolivia en su discurso, pero hay una prueba de la viva esperanza que hay en la fraternidad lejana, y es el tono caliente, cariñoso, fraternal de su discurso.
Si se nos permitiera una interpretación gráfica de él, diríamos aue ese discurso del señor Morales equivale a esta exclamación: “Como! tan amigo nuestro es Chile!”, –y corresponde a esta afirmación: “Pues lo celebramos con toda nuestra alma.”
Y es seguro que, a no ser tan reciente la historia de la alianza ineficaz y a no haber producido efectos diametralmente opuestos a ese fin y a no parecer ridículo el tener fe calorosa en una idea que se ha enfriado, el señor Casimiro Corral, –que es ardiente partidario de la unión,- hubiera puesto en los labios del señor Morales, partidario también de ella, expresiones fervorosas en favor de la invocada confraternidad de los pueblos y los gobiernos sud-amencanos.
Aun dudosos, han oído la invocación del señor Lindsay con manifiesta complacencia. Se han complacido por dos causas, de las cuales es necesario sacar partido. La sinceridad del señor enviado está patente: es un partidario de la idea, un fiel de la desdeñada religión quien habla, y ha hablado con unción: casi todo el discurso está en las palabras consagradas a la unión, y se ve patentemente que casi toda la diplomacia del ministro está, y está bien, y ahí debe estar, en ese deseo, en esa idea, en ese sentimiento, en ese fin, que serían el fin más alto, el sentimiento más fecundo, la idea mas noble, el deseo más digno, la diplomacia más útil, más sabia, mas certera. Habló el patriotismo colombiano, ¡cómo no había de conmover a colombianos!
Por medio del propagandista oficial de la gran patria de todos, hablaba el representante de Chile, la nación sud-americana que mas fácilmente podría utilizar en beneficio internacional su situación admirable y admirada; el gobierno que más eficaz influencia podría tener en el continente colombiano, y es natural que se haya atribuido a las palabras de su representante la trascendencia que ellas podrían y deberían tener. ¿Así habla el representante chileno? ego así piensa Chile, se habrá dicho en Bolivia, y se dirá probablemente en donde quiera que lea un corazón americano ese discurso.
Por qué no ha de ser cierto que las ideas del delegado son las del delegante? En la política, como en la vida, suele constituirse en fuerza artificial todo punto de vista estrecho, toda obra concreta, toda   cueva de topo o de ratón, y argumentarse  victoriosamente contra todo vasto punto de vista, todo ideal absoluto, todo grande espacio de la razón y de la fantasía política. Porque es más fácil o parece más fácil lo pequeño que lo grande, políticos y hombres tenemos a lo grande la aversión que inspira siempre lo que concebimos y no hacemos.
Con la idea de unión americana ha sucedido eso. Desde su rincón de Chile, Argentina, Perú, etc., cada uno de estos gobiernos o estos pueblos se ríe de la unión, a pesar de que la conocen necesaria.
Hasta hoy, ha habido motivo racional. Estas sociedades se formaban, y no podían pensar mas que en formarse.
De hoy en adelante no habrá justificación que no sea irracional. Ya todas estas sociedades están suficientemente formadas, y están llegando los días lógicos en que, saliendo de sí mismas por la fuerza necesaria de expansión, choquen involuntariamente entre sí: discusiones de Chile con Bolivia, de Chile con Argentina, de la Argentina con el Brasil, ¿qué son?
Y, si es posible resolver en una deliberación colectiva, tranquila, racional y fraternal todos los problemas que se presentan y todos los que puedan presentarse, ¿no es prudente, conveniente, necesario hacerlo?
Si el discurso del ministro de Chile en Bolivia fuera algo más que espontánea manifestación de un deseo personal, el gobierno merecería bien de todos los que conocen la situación de la América latina.

 

 

LA PATRIA
VALPARAÍSO, JUNIO 3 DE 1872.
ECOS DEL DÍA

 

 

Tan herméticamente se ha encerrado el señor Presidente de la República en las formas expositiva y demostrativa adoptadas para su primer mensaje, que, fuera de los trabajos que expone en la primera parte, y de las necesidades que demuestra en la segunda de su discurso, no es posible inducir o deducir otra cosa que excelentísimos deseos.
Muy lejos estamos de censurar esa reserva, cuando corresponde al carácter de las instituciones republicanas, dentro de las cuales no cabe, porque no debe caber, mas iniciativa del ejecutivo que la determinada por la acción del juicio público, si el parlamento está cerrado, o por la acción del parlamento, si representa la opinión general. Los norteamericanos han expresado claramente esa idea cuando censuraban violenta o sarcásticamente la locución “My policy: mi política” con que en su [ilegible] mensaje quiso [ilegible] ciar la conducta del ejecutivo del pensamiento del país. Pero si al primer magistrado de una república y los asesores que’ con él forman el gobierno, no deben tener otra política que la resultante de las opiniones, los deseos, los propósitos y las necesidades de la mayoría, tienen o puede tener un juicio, un concepto, una fórmula que abarca la opinión general, que, adecuándose a ella, forma con ella la política del país.
Esa política tiene medios: de esos medios es depositario el gobierno, y el gobierno, que tiene el derecho y la facultad de emplearlos y aplicarlos, tiene también la responsabilidad de ellas. Hay, pues, el derecho de exigirla la responsabilidad que ha aceptado y de preguntarle cómo y de qué manera se propone resolver las cuestiones que plantea.
En dos momentos se decide, el mensaje a declarar los mediosdel gobierno; cuando habla de la enseñanza, y cuando manifiesta la necesidad de sancionar en la ley las libertades de imprenta y asociación conquistadas por las costumbres.
La “más amplia libertad” que recomienda para la enseñanza, temen muchos que sea un privilegio y hará temer a otros muchos que inclinen al gobierno hacia donde se deseaba que nunca se inclinara. Si ha querido decirse que el gobierno se acercará a aquellos que prescinden de todas las libertades al pedir la más amplia de enseñanza, pocos serán los que vean en ese único medio, que el gobierno se ha servido declarar que tiene para ese único fin, la política que quiere realizar la mayoría del país. Si se ha intentado emplear la fórmula más vaga, el medio es evasivo.
Por lo mismo que “el tiempo es angustioso” y que son, como dice con exacta observación el mensaje, “propicias las circunstancias” en que está el país, pudo el gobierno declarar con más seguridad de sí mismo los medios que indudablemente tendrá para realizar el pensamiento de la nación, y es doloroso que no haya sido más franco o más resuelto.
El Congreso en cuyos brazos se abandona tendrá las mismas vacilaciones, la misma incertidumbre que produce la indecisión del mensaje, y antes quizás de encontrar el itinerario que debe conducirlo al objeto preciso a que el gobierno se encamina, perderá el tiempo angustioso, malogrará las propicias circunstancias en indagaciones que hubieran sido innecesarias, a saber el pensamiento propio del gobierno.
Cierto es (y tenemos el deber de consignarlo) que, siendo conocida la composición del actual Congreso, y pudiendo sin insuperables dificultades dirigirlo hacia la política que de tiempo lejano es objetivo del país, la conducta del gobierno puede traducirse como un acto definitivo de imparcialidad y equivaldría a declarar que, dispuesto como está a seguir el impulso de la mayoría, hasta que la del congreso no manifieste la política del país, no tendrá política el gobierno. Si esto equivaliera a demostrar que el ejecutivo no tiene preferencias previas y esa demostración encontrara los creyentes que para ser eficaz necesitaría, nosotros, que siempre creemos posible la política de principios, que la consideramos necesaria en el momento actual, que creemos rodeada a la actual Presidencia [varias líneas borradas] política impersonal, [línea borrada] vastas miras, nos empeñaríamos en [palabras borradas] únicos creyentes; pero si nosotros esperamos a ver para juzgar, cien mil hay, (harto se sabe)  que guzgan tanto más y más severamente cuanto menos ven.
La última parte del mensaje, que demuestra un sincero deseo de bien obrar y un conocimiento concienzudo de una de las necesidades más urgentes del país (la de concordar leyes estacionarias con costumbres progresivas en materia de libertad individual), prueba que el gobierno conoce que uno de los medios adecuados a los fines que el país se propone, es reforma. ¿Por qué ha perdido la propicia ocasión de bosquejar el plan de reformas a que tan grato debe serle prestar su concurso, puesto que se muestra accesible a todo lo que el Congreso puede proponerle?
Gobernar es educar, y aun podría ser que, conociendo el gobierno la necesidad que aquí hay de abandonar a su propia iniciativa al país, no haya con deliberada intención querido tomar iniciativa alguna; pero las inciativas de la libertad sirven precisamente para enseñar a usar de toda iniciativa!

 

LA PATRIA
VALPARAÍSO JUNIO 15 DE 1872.
ECOS DEL DÍA

 

 

El discurso del señor don Guillermo Matta notable por la elevada interpretación que da del certamen de inteligencia y de trabajo en que va a celebrarse el aniversario de la patria; la nobilísima conducta del Ministro de los Estados Unidos; el desarrollo pavoroso de la [ilegible] , determinando actos tan dignos de ser imitados como el de los jóvenes que se consagran al estudio de la medicina; la palabra de unos argentinos, demostrando prácticamente que la confraternidad Sud-Americana es sentimiento arraigado en todos los corazones americanos, que nunca se entibiaría, si fuera más continuamente favorable a él la conducta de todos los gobiernos; la ausencia sistemática de los diputados, que a cierta hora de la tarde desalojan la Cámara y hacen necesaria la suspensión de las sesiones; y la presentación por el gobierno de un proyecto de otra Corte de Apelaciones en Santiago, son los asuntos que más merecen, por el momento, fijar la atención.
Pero son tantos, que es necesario elegir. Y de elegir, es necesario optar y empezar por el que puede tener más trascendencia.

Es indispensable descentralizar la acción y la administración de la justicia. Valparaíso, centro de poderosos intereses, no debe seguir dependiendo de Santiago, y las cabeceras de distrito, que están privadas todavía de juzgado de primera instancia, no pueden seguir esperando a la justicia como esperaban los prófugos de Egipto al maná.
Si la extensión del distrito jurisdiccional exige para Sanitago la creación de una nueva Corte de Apelaciones, los trámites, dilaciones, embarazos, dificultades que encuentran los grandes intereses que tienen que esperar en Santiago su turno y solución, exigen que Valparaíso tenga su Corte de Apelaciones.
Establecerla aquí sería dividir la jurisdicción, sería por tanto, conseguir uno de los resultados que el gobierno se propone.

Si las necesidades de la justicia son tan urgentes que hacen olvidar (y es olvido necesario) la estricta economía que impone sus recursos al Estado, toda necesidad tiene gradación y empieza y debe empezar a satisfacerse, comenzando por la más apremiante e inmediata. ¿Es más apremiante el derecho de la brevedad en el jucio o el derecho mismo de ser juzgado? Derechos e intereses desatendidos de la justicia son todos las de aquellas poblaciones en donde no hay un guzgado de primera instancia; necesidad apremiante e inmediata como no otra alguna, es la de arrancar su omnímodo poder al subdelegado, arrancándole sus facultades judiciales y devolviéndolas al representante del poder judicial no podría esto hacerse empleando los recursos que se quiera consagrar a la nueva Corte de Apelaciones? Mi señor Echáurren ,si no nos equivocamos, ha presentado un proyecto a la cámara, proponiendo el establecimiento de una Corte de Apelaciones en Valparaíso. Por un modo ingenioso que propone, evita todo gasto y pueda la Corte establecerse aquí, consiguiendo el objeto esencial que al crearla en Santiago se propone el poder ejecutivo.
Es decir, que consagrando los recursos que éste pide para una nueva Corte de Apelaciones, el establecimiento de juzgados de primera instancia, y adoptando el pensamiento del señor Echáurren, se obtendrían dos fines igualmente necesarios, haciendo más al realizar los dos, que se haría realizando uno solo.
Es tan noble la actitud que, cámara y gobierno están observando; obedecen una y otro a consideraciones políticas tan elevados en su conducta; han sentado ya precedentes tan altos, que confiamos en que no haya incoveniente alguno, ninguna intención suficientemente poderosa, que impida realización del deseo que esperamos.

Si no tuviera algún impedimento insuperable, manifestaríamos también el deseo que, como todo el país sentimos de una mayor unidad de los respetables representantes de la nación.
Es extraordinario (por no buscar otro adjetivo) que todos los días, a la misma hora, cualquiera sea el asunto en discusión, aunque sea tan importante como el que anteayer ocupaba a la cámara, se encuentra ésta sin número y tenga que suspender la sesión y se disuelva la asamblea.
Acababa antes de ayer de discutirse y de votarse el artículo 5 de la nueva ley electoral, cuando fue necesario contar con los señores diputados para votar el 7.°, secuela lógica del 5.°, al cual se había propuesto una enmienda que hace de él una importante garantía del sufragio. Los diputados habían en su mayor parte desaparecido, y no hubo quorum, y el artículo, que ayer hubiera podido votarse con beneplácito de todos, podría hoy, si surgieran dificultades para él, producir una votación absolutamente contraria a la que ayer habría producido.
Nosotros no creemos que la insistencia y la irregularidad de la asistencia a las sesiones pueda ni deba penarse: pero creemos que se puede y se debe exigir a los representates de un país, todo el respeto escrupuloso que le deben. Falta a ese respeto, quien no tiene por el deber que ha contraído, toda la devoción que él exige.

No recibe alabanzas quien cumple con su deber, y acaso crea el señor minsitro de los Estados Unidos en Chile que no ha hecho otra cosa que cumplir con su deber al ofrecer sus servicios facultativos para contribuir a dominar la epidemia que desoía a Sanitago; pero, independientemente de las circunstancias especiales en que está el señor ministro colocado, el mero cumplimiento de un deber es hoy, como ha sido siempre y como siempre será en todo hombre, un motivo de asombro para el mundo, y nos complacemos en elogiar y cumplimos con nuestro deber al presentar como un ejemplo la conducta del represéntate de la Unión Americana.

Ejemplo ella de los hombres ya maduros, sirva de ejemplo de jóvenes la de los estudiantes de medicina. No es solo Santiago la ciudad desolada por la peste, ni es absolutamente necesario ser estudiante o estudiante de medicina para cumplir con el deber de asistir a los enfermos, de combatir con su persona, sus esfuerzos y sus buenos sentimientos, contra la desgracia de todos.

 

 

LA PATRIA
Valparaíso, Chile
junio 19 de 1872

Duda racional la del respetable señor Varas, cuando duda “del buen efecto de toda ley de imprenta,” y acuerdo prudentísimo el que inspiró a la Cámara cuando le propuso que no perdiera su tiempo en discutir una ley innecesaria, y que elevara sin discusión a la categoría de ley el proyecto presentado.
El pensamiento, la conciencia, los derechos connaturales del ser humano, no pueden ser materia de ley porque son leyes en sí mismos. Deben constar como preceptos en el código fundamental; porque son parte integrante del contrato de la sociedad y los individuos con el Estado y con los poderes que lo representa: ni más ni menos.
Hablar, escribir, censurar, condenar, reclamar, reunirse, asociarse, todas son libertades necesarias, porque todos son derechos absolutos. Lo absoluto no se legisla; las necesidades no se reglamentan.
Si hablando, escribiendo, censurando, reclamando, protestando, reuniéndose, asociándose, se vulnera un derecho, se incurre en una falta, se comete un delito, la ley común, que ampara todo derecho y pena toda violación de derecho, amparará el derecho vulnerado y penará al vulnerador. Con remitir al culpable a la ley común, todo está hecho.
Todo hombre tiene el derecho de pensar? pues todo hombre tiene el derecho de hablar, de escribir, de censurar, de condenar, de reclamar, de protestar, y de expresar su pensamiento por medio de la palabra o de la pluma, solo o acompañado, en privado o en público, y todo hombre es responsable, ante la ley, de las faltas o los delitos que cometa.
Hacer leyes especiales para el pensamiento, tanto vale como hacer leyes contra el pensamiento. Hacer una ley contra un derecho, es hacer una ley contra la paz y el orden.
Que hasta hoy no se haya ocurrido esta verdad, es asombroso: que hoy se reconozca, es lisonjero. Pero como el no haberla reconocido hasta ahora, no ha dependido de todos, pues ha habido muchos (cuantos forman la vanguardia democrática), que hace tiempo la predican, y como el reconocimiento de esa verdad por todos, significa hoy toda una evolución del pensamiento público, la proposición del señor Varas y la unánime aceptación de la cámara pueden y deben considerarse como la expresión de un gran progreso intelectual y como el punto de partida de un gran progreso político.
Si el periodismo pudiera mantenerse siempre en los puntos de vista de la crítica, serenos puntos de vista a donde no llega otra pasión que la pasión de la verdad ni otro interés que el del progreso por la libertad y por el bien, sería este un momento oportuno para juzgar el pasado, oponiéndolo al presente, y deducir de la oposición, enseñanza y consejo para la misma actualidad; pero la crítica está en cierto modo desterrada del periodismo militante, y para hacerla soportable, tendríamos que hacer consideraciones a que nosotros no queremos prestarnos.
Conste solamente una observación de actualidad. Los que hoy creen ocioso e inútil una ley para reglamentar el pensamiento y aceptan sin discusión, y por mera condescencia con la fundamental, una ley de esa especie, están ipso facto obligados a resolver con el mismo vasto criterio cuantos problemas relativos al pensamiento o la conciencia, comentarios, cultos, matrimonio, relaciones de la Iglesia y del Estado, se les presenten.

La que ha dado en llamarse revolución del Instituto, ha entrado en una nueva fase. Una comisión designada por el señor Ministro de Instrucción indagará la causa de los sucesos que han alarmado a las familias y al país, en tanto que por orden expresa del Presidente de la República se han tomado algunas medidas, mucho más conciliadoras que la expulsión ab irato de algunos jóvenes. La separación de estos por grupos de edades es prudente, y acaso el no haberla hecho es la mayor negligencia que pueda contarse entre las muchas culpas que con manifiesto deleite se ha intentado arrojar sobre la cabeza del Rector del Instituto.
Como si hubiera algún interés diverso del bienestar de los jóvenes y de la reputación del segundo establecimiento científico de la República, se han acogido con ñuición los acontecimientos que han turbado la paz del Instituto, y en vez de buscar los motivos racionales, la que acaso sea justa indignación de los jóvenes alumnos, se ha intentado demostrar a priori que hay dos culpables   necesarios de esas luchas; el régimen liberal interior del Instituto, y las condescendencias liberales del Rector.

           Se quiere hacer creer que la disciplina interior del establecimiento se ha alterado, porque es necesario que se altere, y que es necesario que se altere porque se ha minado por su base el principio de autoridad: se quiere hacer creer que el respeto de los alumnos hacia sus superiores ha desaparecido, porque es necesario que desaparezca, y que es necesario que desaparezca, porque el Rector había hecho concesiones excesivas a los alumnos.
La necesidad o fatalidad de la alteración de la disciplina se atribuye a lo mismo que debiera mantenerla; el sentimiento de dignidad que, según parece, se ha tratado (haciendo perfectamente bien) de mantener vivo en el corazón de los jóvenes, que no por serjóvenes, no por ser estudiantes, no por ser internos, no por estar sujetos a la vigilancia continua y directa de sus inspectores, han dejado de ser entes de razón, que no deben sufrir de nadie ni por nada las violencias a que son propensos todos y los que tienen alguna autoridad escolar.
La necesidad o fatalidad de las faltas de respeto se atribuye a las condescendencias del Rector, como si la condescendencia basada en la equidad y en el respeto del ser humano, cualquiera que sea la edad de su vida, pudiera producir otros efectos que los siempre buenos que produce el sentimiento de la dignidad y de la responsabilidad humana.
Nosotros, que condenamos en absoluto, y sin restricción, el sistema de internado, buscaríamos una de las concausas de los hechos recientes en ese sistema, que, además de ser absurdo cuando el Estado lo practica, es inmoral cuando significa, como casi siempre significa, el abandono de un derecho primario por la familia; pero buscaríamos más y probablemente tendríamos la repugnancia de encontrar en la actitud de los internos del Instituto la obra funesta de las tradiciones.
No somos comisión y no tenemos el deber de buscar ni de encontrar nada, y no imitaremos a los que buscan culpas en donde han de antemano designado a los culpables.
La averiguación de los hechos es interés general. Es cuanto tenemos que recordar a la comisión nombrada.
Recibimos y publicamos con gusto el siguiente artículo;
“Señor redactor de la Patria:
Ya que ha dado usted hospitalidad en sus columnas a un artículo que combate la creación de una Corte de Apelaciones en Valparaíso, esperamos la conceda también al presente que, de acuerdo con usted, apoya esa misma idea.
El articulista a quien contestamos desearía que se aumentara el número de juzgados antes de pensar en el establecimiento de una Corte, y encuentra que tanto el juzgado del crimen como el civil están sumamente recargados de trabajo, por lo que la nueva Corte dejaría subsistente el retardo que hoy se observa.
Con su perdón, opinamos de muy distinta manera. Es verdad que el juzgado del crimen es en extremo laborioso y que convendría restablecer el que antes se suprimió, pero no vemos que tenga que ver este juzgado con la creación de una Corte que no conocería en asuntos criminales, a no ser que se haga una modificación importante en el proyecto del señor Echáurren.
Y aunque así no fuera, es menester no oponerse a una medida que se cree buena, nada más que por que hay otra que se reputa mejor; venga la primera, sobre todo si es la más difícil de realizar, que tiempo habrá más tarde para pedir la otra, mucho más cuando, como dice nuestro contradictor, los ministros han reconocido muchas veces la necesidad de crear un nuevo juzgado del crimen.
En cuanto al civil, el recargo de trabajo en este juzgado proviene, no de que sea necesario aumentar el número de jueces, sino de la continua movilidad de éstos y de que rara vez prolongan su asistencia al despacho por más tiempo del escaso que la ley les fija. Un poco de estabilidad en los jueces,—que se han renovado seis veces en el espacio de dos a tres años- y un poco de buena voluntad para el trabajo, y el equilibrio se restablecería en este juzgado como lo está siempre en el de comercio, merced a la constancia y laboriosidad de quien lo sirve.
También se cree que la provincias de Aconcagua y Valparaíso no darían material suficiente a la Corte establecida aquí. Esta es una equivocación y una contradicción. Si los juzgados tienen exceso de trabajo y se necesita aumentar el número de jueces, no vemos por qué llegaría el caso de que la Corte estuviese muchos días mano sobre mano.
Se objeta también que las relaciones entre Valparaíso y Santiago son muy frecuentes; así será, pero sabe perfectamente el articulista lo que demora la remisión de los juicios a la corte, como así mismo qué asuntos de poca consideración emplean en viajes más del tiempo en que deberían resolverse.
Nosotros no encontramos que la forma del proyecto del señor Echáurren sea irreprochable; pero, aun aceptado por el congreso tal como él lo propone, sería indudablemente un gran bien para las dos provincias beneficiadas.
Es cierto que el número de tres vocales es exiguo para un tribunal de término y que sería muy prudente aumentar la base propuesta; pero no creemos tampoco que no fuese muy respetable  el fallo de tres jueces honorables. Si no lo son, si van a ocupar su puesto en premio de servicios electorales o políticos, inútil sería aumentar el número.
En caso de enfermedad o implicancia de alguno de los vocales, sabe bien el articulista que no faltan aquí los que según la ley deberían reemplazarle.
Se ve, pues, que solo defectos de forma han movido al articulista a encontrar malo el proyecto del señor Echáurren, fuera del vago temor de que la instalación de una Corte no sea una nueva paso dado para la creación de un obispado.
Tal vez esto último no ha estado distante de la mente del señor Echáurren; pero, como ha dicho usted muy bien, señor redactor, no se ve la necesidad de que a una corte superior corresponda un obispado, y la prueba es que en Ancud existe desde muchos años un obispo y no hay, ni habrá en mucho tiempo más una corte.
Si más tarde fuere preciso, contando con su benevolencia, volveremos sobre la materia con buenos datos que manifiesten deun modo evidente que el trabajo no faltaría a la corte que aquí se estableciera.
Por ahora, y sin entrar a analizar la cuestión bajo el elevado punto de vista de la descentralización en que usted la ha considerado, damos por terminada nuestra tarea.”

 

 

<< Previous

Log in with your credentials

Forgot your details?

Log in with your credentials

Forgot your details?