La Patria Valparaiso page 10

 

LA PATRIA VALPARAÍSO.

AGOSTO 23 DE 1872.
ECOS DEL DÍA.

El Ferrocarril celebraba antes de ayer que los estudiantes de edicina a quienes tan eminentes servicios han debido y están debiendo todavía los dolientes de los lazaretos de Santiago, hayan encontrado en los socios del Club de Setiembre, los ánimos dispuestos a entusiasmarse por los grandes actos que buscan, no siempre con éxito, los que tienen la fortuna de realizarlos. La juventud de Santiago, que en estos últimos tiempos ha dado pruebas patentes de su idoneidad para los fines sociales que competen a toda juventud, merece bien de la patria, y es patriótico proceder el de los que, por medio de actos públicos, rindan homenaje a la nobilísima conducta de esos bisónos del deber.

Estimularlos a que continúen siempre por esa senda, no la más florida ni más llana, pero sí la más honrosa para el hombre que conoce la dignidad de su existencia, es mostrarse con capacidad de comprenderlos. Aun cuando exista (que nosotros empezamos a dudarlo) un deleite latente, anterior y superior a todas las alabanzas y a todas las recompensas que puedan los hombres tributar al bien obrar, es deber categórico el aplaudirlo y el premiarlo. Fuera de los heroísmos militares, cuesta mucho trabajo el comprender el heroísmo; y es necesario ser perpetuamente heroico para resistir el intenso dolor de hacer esfuerzos violentos en favor del bien, no teniendo otro tribunal que su conciencia. Es demasidado austero tribunal el interior, fuerza demasiado absoluta la que da, para no hacer del hombre que solo a él acude y solo de él recibe la tácita aprobación de sus acciones, un hombre indiferente al juicio de los otros. Un hombre que no cuenta para nada con los otros, podrá ser y será el más desinteresado cooperador de los demás en las luchas de ideas, en la conquista del ideal social; pero no podrá ser un agente decidido del bien práctico.

Lo concebirá tan puro como se siente él mismo, y cuando sería necesario que transigiera, no transige. Una fuerza de menos, y probablemente la mejor. ¿Por qué? porque está fuera de la órbita que recorren las fuerzas sociales. Es un arte fecundo el de utilizar las fuerzas, ya sean colectivas o individuales, y no conoce ese arte la sociedad que aisla a los que una vez la han servido o han demostrado aptitud para servirla. Practican ese arte benéfico cuantos, con su palabra o con sus actos, atraen a sí a los que se ponen al servicio de la humanidad, y animirlimns 1n resolución dfí los somos del Cinb de, Sp,tie,mbrp, El día en que los estudiantes de medicina, heroicos soldados del deber, se reúnan en el Club y reciban de él las muestras de respeto y gratitutd que merecen, será un día de regocijo para la patria chilena, porque habrá adquirido la seguridad de que seguirán siendo hombres los que empezaron a formarse a la cabecera de los pestíferos. Quisiéramos, no obstante el deseo que tenemos de ver cuanto antes celebrada esa fiesta de la gratitud, que tuviera la mayor solemnidad posible. Próximos como están los días de la patria y no concluida todavía la obra benéfica de los jóvenes, porque aun no se ha extinguido la viruela, nos parecería mejor y más humano el aplazar por unos cuantos días el festejo.

Entonces podrían confudirse con las alegrías patrióticas del pasado las alegrías patrióticas del porvenir, y a la vez que se acatara en los jóvenes el porvenir de la patria, se bendeciría en el pasado de la patria la existencia de esa juventud digna de ella. Hágase como se hiciere, la fiesta es digna de alabanzas calorosas y la celebramos con las más calorosas efusiones. Si es cierto, como ayer nos decía un despacho telegráfico de Santiago, que el Consejo universitario quiere castigar a los alumnos que, al parecer, se han hecho delincuentes de falta de respeto a un tribunal de exámenes, ninguna pena más inicua podía haber escojitado que la de suspender hasta por un año los exámenes válidos. Por muy grave que sea la falta en que han incurrido los dos jóvenes a quienes de ese modo se castiga, y por necesaria que sea la disciplina escolar, la pena es excesiva, el rigor es cruel y es dudoso el derecho con que se aplica esa pena rigurosa. Suspender durante un año el derecho que tiene todo alumno a validar por medio de exámenes sus estudios anuales, equivale a hacer perder un año al alumno castigado. Un año perdido para un joven es un año perdido para una familia y para ella y para él hay en esa pérdida un fracaso de esperanzas que pueden llegar a constituir la ruina de una inteligencia y la desgracia de un hogar.

¿Con qué derecho puede nadie, llámese Consejo universitario, llámese ministro de instrucción, castigar en la familia, en la patria y acaso en la Humanidad el descomedimiento de un joven? ¿Quién ha dicho al Consejo de la Universidad que la disciplina escolar depende de la violencia de la diciplina? ¿Por qué se busca en castigos ineficaces (que es catigo ineficaz el que traspone la esfera de la falta), el remedio de males que probablemente radican en la misma disciplina que se quiere a toda costa sostener?

Gran falta es en un hombre, cualquiera sea su edad, su estado o su posición, la falta de respeto hacia los otros; pero ¿pueden asegurarnos que la falta cruelmente castigada en el discípulo, no debería ser antes castigada en el maestro? ¿pueden asegurarnos que la falta de respeto de los jóvenes no es correspondencia de la falta de respeto con que acaso los han tratado sus profesores? Indague, indague el Consejo universitario, y verá que jamás una educación racional, la que prepara al hombre para ser hombre en todos los estados de su vida, es defectuosa en ese punto. Y si lo es, con serlo prueba que no es educación racional. No siéndolo, en vano se apelará a todos los medios coercitivos que pueda la severidad imaginar: la falta de respeto será siempre vicio connatural de esa viciosa educación.

Si el respeto no fuera otra cosa que la hipócrita genuflexión del inferior ante el superior, el mundo sería perfecto, porque el número de aduladores de cualquier fuerza es infinito; pero el respeto que empieza inmediatamente en el ser mismo, que tiene por base incontrastable la dignidad personal y el sentimiento de la dignidad humana, que consiste en no arrodillarse jamás, abunda poco, precisamente porque abunda demasiado el otro. Elija entre los dos el buen Consejo, y, en vez de imponer miedo, imponiendo penas que nadie tiene el derecho de imponer, por que nadie tiene el derecho de hacer responsable de la falta de un hombre a toda una familia, –imponga respeto. Para conseguirlo, haga que todos, educadores y educandos, tengan de la dignidad humana una idea más alta y más perfecta que la aceptada e imbuida por tradiciones que en ninguna parte obstan tanto a la armonía como en los establecimientos de instrucción y educación.

LA PATRIA VALPARAÍSO

MAYO 1°, DE 1872.

ECOS DEL DÍA

Dirijamos una mirada fuera de nosotros, cuando no sea por mejor motivo, para acostumbrar la vista a horizontes más lejanos. Las noticias traídas por los últimos vapores de norte y sur, nos presentan a la América Latina en una situación más próspera que la hasta hoy consentida por las perpetuas discordias civiles de algunos de sus Estados más importantes. México, que no había logrado un día de paz, la tiene ya. Las repúblicas del centro, dirigidas actualmente por gobiernos liberales, han encomendado su porvenir colectivo a un pacto de unión y confederación que hará cada día más estable el interés comercial de todas y cada una de ellas.Los Estados Unidos de Colombia han vuelto a poner tranquilamente al frente de sus negocios federales a Murillo, el hombre que con más inteligencia y más energía ha trabajado por la actual organización política de aquel país.

La República Argentina sigue trabajando con su febril actividad en pro de la enseñanza pública. El Uruguay ha obtenido, después de laudabilísimos esfuerzos de sus partidos, una transacción que ha dado la paz por resultado. Cuba sigue perseverantemente su camino de redención. En ese cuadro risueño, hay sombras. El Ecuador continúa en su marasmo. El Perú ofrece peligros de próxima revolución. Bolivia está agitada por las ambiciones personales que hacen difícil el período electoral. Paraguay puede llegar a ser motivo de una guerra exterior. Venezuela está amenazada de un conñicto con España. Lejos de temerla, deseamos que se realice esta última eventualidad. Su resultado sería favorable para Venezuela. El patriotismo conseguiría de aquellos heroicos venezolanos lo que no ha podido conseguir la experiencia de los dolores más agudos.Las consecuencias corresponden siempre a las premisas.

Venezuela se ha acordado de su generosa tradición: ha auxiliado a Cuba; por simpatizar con el heroísmo de los cubanos, ha hecho manifestaciones anti-españolas. España pedirá satisfacción: si no la recibe, agredirá. Nadie puede prever el resultado de la agresión; pero nadie puede insultar a América Latina, suponiendo que será indiferente al peligro de uno de sus miembros. En el Perú se ventila, acaso definitivamente, un asunto de importancia vital, no solo para aquella infeliz república, sino para todas las repúblicas que han heredado las tradiciones políticas de la metrópoli que, después de vencida, vive todavía entre nosotros. En el Perú se trata de saber si es el gobierno quien designa a sus sucesores o si es el pueblo quien elige a sus mandatarios.

Hasta ahora, la conducta del partido que personifica la libertad y la independencia electoral ha procedido con mesura y respondido a las violencias del gobierno con una firmeza, exenta de rebeldía, pero también de vacilación. Dentro de cuatro días (el 5 de mayo) se reúnen los colegios electorales para decidir cuál de los tres candidatos que se disputan la presidencia, ha de obtenerla. Es probable que la función de los electores no se ejercite sin tumultos o que el resultado de las funciones electorales no se obtenga por las vías del derecho. Pero es probable también que sean los sostenedores , y no los infractores del derecho, los que triunfen. Si esto acontece y tiene igual éxito en Bolivia la lucha electoral, la América Latina habrá dado un paso más hacia el gobierno del pueblo y la opinión. En el Perú no pueden hoy ser largas las contiendas civiles. En Bolivia, la agitación no llegará a contienda.

De modo que los peligros actuales de la paz en Sud-América, envolviendo intereses superiores a la misma paz, porque ésta dependerá del modo como esos peligros se conjuren, no son peligros, sino esperanzas. Lo único realmente peligroso que hay en la situación actual de Sud-América es el estado de atonía en que vive el Ecuador y la oscura actitud del gobierno paraguayo. ¿Es un gobierno propio el del Paraguay? ¿Es un gobierno impuesto? ¿Qué se proponen los que imponen, qué los que obedecen? ¿Se esconderá tras la aparente cordialidad de relaciones entre el Brasil y el Plata la secreta intención de un rompimiento?

Deseamos ardientemente para el Brasil, pueblo que vale más de lo que generalmente se cree, una ocasión propicia para hacer las dos revoluciones que pueda y debe hacer: una en sus instituciones políticas; otra en la institución de la esclavitud. Ocasión de esos dos generosos sentimientos sería una nueva imprudencia del imperio. Que la cometa, y lejos de sentir, tendríamos que celebrar el rompimiento de los aliados del Plata.

LA PATRIA VALPARAÍSO

MAYO 6 DE 1872.

ECOS DEL DÍA.

[El] decreto en que el señor intendente de [Santiago] ha declarado prohibida la mendicidad] en su departamento, ha promovido una [ligera] discusión, semi-política y semi-moral, sobre el derecho y la moralidad de ese triste estado. Si el motivo ocasional del decreto no fuera otro que el deseo de evitar a los felices [el] espectáculo de la infelicidad, si su intención no fuera otra que la de barrer de las calles y las vías públicas de la ciudad y sus contornos esa escrecencia de la sociedad, el motivo y la intención serían repulsivos. La [mendicidad] tiene un aspecto desagradable; pero [ilegible]ables tienen el derecho de vivir, y [ilegible] de otro modo, deben tratar de [ilegible] dejen. [ilegible] motivo y la intención del decreto

[ilegible] en a un orden de ideas más

[ilegible] responden al derecho social y

[ilegible], determinan un progreso

[ilegible] municipal, que es ne[ilegible] [ilegible] de fijar y consignar , apiau [ilegible] que es un derecho perfecto, [ilegible] [ilegible] pero la sociedad abandona- [ilegible] beneficencia pública al ac- [ilegible] jecutamos al poner el óbo- [ilegible] edad o nuestra vanidad en [ilegible] deja de ser un derecho [ilegible] cumple con su deber y ha organizado la beneficencia, ya por medio de sus representantes el estado, el municipio etc., ya por medio de sus componentes naturales, el individuo, la familia, etc. La mendicidad, que es indiferente en sí misma a la moral, cuando es hija real de la desgracia, es una inmoralidad cuando es una hipocresía de la desgracia.

Nadie es inmoral por ser desventurado; pero cualquier desventurado es inmoral cuando explota su desventura, prefiriendo los medios que comprometen a los que preservan la dignidad humana. Como siempre, en este caso y en todos, derecho y moralidad son términos correlativos: el desvalido que se ve forzado a ejercitar el horrendo derecho de pedir limosna, realiza un acto que puede clasificarse entre los morales, pues ha preferido invocar la piedad de sus hermanos antes que exigir airadamente el socorro de los indiferentes o los duros. El desvalido que abusa de su desamparo y explota la compasión pública y se habitúa a burlarla, exagerando su miseria, su dolor, su lacería, comete un atentado contra el derecho y la moral. Aquí surge espontáneamente el problema: ¿puede o no puede, debe o no debe la autoridad social con su derecho, oponerse a la libertad del derecho individual? Claro es que sí, con tal de que la autoridad social cumpla dos requisitos necesarios: primero, no ejercer preventivamente su derecho; segundo, salvar el derecho de los verdaderos infelices, proporcionándoles amparo o trabajo.

Si esto se hace; si no se persigue la mendicidad para estirparla sino para remediarla; si no se persigue a los desamparados, sino a los que amparan su ocio criminal en los harapos; si se lleva la sana intención de corregir un mal social, empleando los recursos que tiene la sociedad para la corrección; si se desea dar más trabajadores al trabajo, más aptitudes a la industria, dirigiendo hacia la industria y el trabajo las fuerzas y las aptitutdes que la desgracia inutiliza o que el ocio mendicante les sustrae, hay un derecho venerable y una moralidad consoladora en la represión de la mendicidad. Derecho venerable, porque es el de hacer el bien. Moralidad consoladora, porque es la resultante de ideas nobles y de sentimientos humanos. La mendicidad ataca tan radicalmente la dignidad humana, que constituye fatalmente un estado de postración moral e intelectual. El que pide limosna una vez, dos, cuantas veces lo han forzado la falta de trabajo y el santo miedo de verse sometido por la necesidad del pan a la necesidad del crimen, es un ser digno; pero el que mendiga por pereza, por hábito, por cálculo, es un ser indigno. De un indigno a un malvado no hay distancia.

Si la sociedad, que tiene intrínsecamente una misión educadora, tiene el derecho de educar la dignidad de todos los seres que la forman; la sociedad tiene el instinto y el deber de conservarse ¿no tiene el derecho de evitar que el mendigo indigno de hoy se convierta en el delincuente de mañana? Fijados ya los puntos, abandonamos la materia inagotable al sentimentalismo sincero o afectado, y, en tanto que la intendencia realice las ideas expuestas, merece los aplausos que le damos.

LA PATRIA VALPARAÍSO

MAYO 13 DE 1872.

ECOS DEL DÍA

Preciso es que los vecinos de Ángel, cuya acta en favor de la ley marcial publica el Ferrocarril del sábado, estén en un estado muy angustioso y hayan perdido el instinto de conservación, para que así desconozcan sus intereses y se empeñen a continuar una situación que de otro modo maldecirían con tanta vehemencia como hoy reclaman. Hoy en esos muchos motivos de triste reflexión; pero no haremos ninguna que no se refiera al fondo mismo de la situación de la frontera. ¿Por qué se está en perpetuo estado de guerra con los araucanos? ¿Se ha hecho todo lo que debía hacerse para atraer a ese pueblo semi-bárbaro a la civilización de que gozan sus vecinos? Son ellos tan refractarios a la civilización que más la odian cuanto más conocen sus beneficios y es la civilización tan parcial con ellos, que solo les muestra su fuerza bruta, nunca los beneficios que produce? Tomar todas las precauciones que haga necesaria esa hostilidad incesante entre bárbaros y civilizados, es prudente; pero ¿no sería más prudente que se tomaran todas las medidas posibles para hacer cesar la hostilidad?

Los habitantes de la frontera dirán, ya lo sabemos, que tienen el derecho de que se les ampare en su vida y sus haciendas, pero los habitantes del resto de la república podrán contestarles que tienen el derecho de exigirles que contribuyan a modificar las condiciones de la vida en el territorio que ocupan, para no manchar la historia del país con un estado anti-constitucional, con sus matanzas que nada bueno pueden producir, con el exterminio sistemático de una raza, cuya sola vida después de la cruenta política observada con ella, basta para declararla digna de simpatía, de respeto y civilización.

La situación de los fronterizos es semejante a la que aceptan en el oeste de los Estados Unidos los inmigrantes extranjeros. Cruel es, y tan torpe como cruel, la conducta de esos hombres; pero, al menos, no hace solidaria de su crueldad a la civilización, porque obran por su cuenta y riesgo, y siempre y casi siempre son conquistadores voluntarios del terreno en que por primera vez fijan la planta. Entonces, los fuertes que han dejado tras de ellos siguen su camino y estrechan a las tribus indias; pero esta justificación de su conducta por los poderes federales y sus delegados, sanciona un hecho que se ha realizado contra su voluntad y en virtud, casi siempre, del instinto de vida que ha llevado a aquellas soledades a los colonos temerarios. Aquí sucede lo contrario: es la civilización, es su representante, el poder nacional, quien mantine una fuerza permanente en la frontera, quien con un pretexto o con otro, aleja cada vez más la frontera.

Los habitantes de ella no hacen mas que contemplar pasivamente, en vez de tomar la responsbilidad de su situación. ¿Creen que eso basta para justificar los clamores que lanzan? Todo el mundo tiene en toda sociedad organizada el derecho de vivir y trabajar; pero no por vivir y trabajar han de exigir a la sociedad que destruya a sangre y fuego los obstáculos que se oponen a su trabajo y a su vida, y no por tener el derecho de vivir y trabajar, caduca el deber de hacer por sí mismos todo lo que contribuye a facilitar la acción social y a mejorar, dulcificar y civilar los medios y recursos de vida y de trabajo. ¿Quieren seguridad? pues organícense en cuerpos de vigilancia y policía; que ahí están las fuerzas del estado para rechazar los ataques que colectivamente les haga el enemigo.

Mas podrían hacer, y de ese modo resolverían de paso dos problemas: pidan que se hagan concesiones de terreno a los veteranos de la frontera, con la obligación de servir en la policía de seguridad, y asocien de ese modo, por su legítimo interés, a su vida y su trabajo, a su conservación y a la tarea de afianzarlo, a los que han estado obligados durante años enteros a cuidar y a preservar el orden y la vida en la frontera. Araucanos peores que los del extremo sud son los que toman a su cargo el intranquilizar a los habitantes de los campos en el resto de la república, y, a pesar de que el mal es estacionario y es tremendo, se aumenta todos los días en vez de disminuir. ¿Por qué? Por la misma causa que obliga al vecindario de Ángel a optar por medidas violentas y semi-bárbaras; porque nadie se muestra capaz, ni en sud ni en norte ni en el centro, de tomar a su cargo sus propios negocios, y porque todo el mundo se abandona a la providencia del gobierno, sin pensar que todas las providencias tienen en los labios la inmortal verdad: cura-te et curabo tibí. La policía rural que acaso logre el señor intendente de Santiago establecer en la provincia que administra, no se establecerá tan fácilmente en el resto de la república.

¿Esperarán todas las provincias un intendente anhelante de actividad y de renombre? Más pronto y más fácil sería que no esperaran ese intendente y que, entendiendo por sí mismos en sus negocios, y atendiendo por sí mismos a su seguridad, organizaran la mejor de todas las policías rurales; que es la voluntaria, la compuesta de interesados en la defensa de la vida y el orden en los campos. Irregularidades en la llegada del Independiente nos ponen en la mano este periódico cuando está próximo a salir el número del nuestro. Por eso no contestamos (si es que debemos hacerlo) a lo que nos dice, contestando a las últimas palabras que dijimos sobre la donosa imputación de materialismo que nos hizo; pero tenemos tiempo, y lo aprovechamos, para hacer una rectificación por medio de una pregunta. Puede o no puede el intendente convocar la municpalidad anterior? Sí, puede, la ley le concede ipso fació el derecho. Sí puede, aunque haya sido excesiva nuestra interpretación del artículo 21 de la ley, es sostenible.

LA PATRIA VALPARAÍSO

MAYO 17 DE MAYO DE 1872.

ECOS DEL DÍA

Las necesidades se satisfacen; no se discuten. Es una necesidad atender a la seguridad de personas y bienes en los campos; es necesario satisfacer esa necesidad como podamos. Podemos contribuir activamente a ella los periodistas: contribuyamos. Si los periódicos de toda la república, empezando por los de Santiago, — centro de todas las iniciativas, como lo es de todos los representantes de la riqueza rural y la influencia,— establecemos los fundamentos de una asociación para la seguridad individual, conseguiríamos inmediatamente estas dos cosas: alentar con nuestra actitud a los pacíficos habitantes de las campiñas y estimularlos; arredrar a los enemigos de la paz y la propiedad rural. Queremos dejar a los diarios de Santiago la gloria y el placer de esta generosa inciativa, y solo añadiremos que siempre es tiempo para recordar la verdad no hace muchos días recordada por el señor Amunátegui en su crítica político-social.

• •

Digno es de los encomios más ardientes, el motivo en que funda el señor Gallo su negativa a contribuir activamente al generoso propósito de los artesanos que desean elevar un monumento a la memoria de Francisco Bilbao: no hay clases ante la libertad, y la libertad es la base de las democracias. Híírto han hecho los recuerdos del pasado, los vicios de educación, las diferencias de fortuna, el lento desarrollo de la idea democrática, para que aun vayan los demócratas a ahondar las diferencias, consintiendo en reconocer clases distintas, que solo existen en el orgullo pueril de unos, en la suceptibilidad viril de otros. La riqueza, que establece distancias inabordables en todas partes, las ha establecido en Norte América, sobre todo en los grandes centros comerciales y políticos; sobre todo en Nueva York y en Washington; pero están de tal modo persuadidos los yankees de la ninguna influencia de esos pobres privilegios de la fortuna para la vida política y en las relaciones trascendentales del derecho, que se ríen con la risa más benévola y más alegre que pueden tener los sajones, y dejan formarse sin incomodarla y sin asustarse lo que llaman “aristocracia del bacalao.”

Dejemos que aquí exista también, si así lo quieren, una aristocracia del bacalao y una clase plebeya, separada de la primera por las distancias de dinero; pero guardémosnos de autorizar con nuestra aquiescencia esa distancia, de reconocer con nuestra afirmación esas dos clases. Hasta aquí , el motivo que inspira al señor Gallo es digno de un político; pero ¿es completamente cierto que la sociedad de artesanos haya querido establecer diferencias de clases, haya obedecido al deseo de señalar la diferencia, cuando concibe la idea de reparar un olvido de la patria, cuando busca auxiliares para su digna empresa?

FRACISCO BILBAO ha sido una víctima de la ceguedad de su tiempo y del egoísmo mal sano de un periodo político: aquí, como en el Perú, fue blanco de todos los tiros: resistió, y sacrificó su juventud y su existencia, pero legó a su patria un nombre puro, la memoria del patriotismo más ferviente, el ejemplo de una existencia lógica. Eso basta para justificar la reverencia con que la nueva generación bendice su memoria. Eso debiera bastar para que todos se asociaran al deseo de los artesanos y los jóvenes. Muchos héroes de un día ha dado la espada a Sud-América; dignos son de la inmortalidad en el agradecido corazón de las generaciones que contribuyeron a emancipar, y merecen las estatuas que la gratitud pública les, alza. De los héroes de largos días y largas noches, de dolor sin recompensa, de esfuerzos sin inmediato resultado, no ha sido tan pródiga la América latina; y sin embargo, esos héroes del pensamiento son continuadores de los otros, lógico producto de los otros, necesidad tan efectiva como ellos. Si los artesanos y los jóvenes tienen memoria más cordial y más activa y se acuerdan de los héroes de la idea, ¿por qué no hemos de asociarnos con calor a su nobilísimo intento, por qué no hemos de secundarlos, de estimularlos, de enartecerlos? ¿Porque son artesanos, y no debemos autorizar la existencia de clases?

Pues para obtener ese noble resultado, es necesario hacer lo contrario: si todos se asocian, la obra será nacional,’ será de todos, será homenaje de Chile a un hijo bueno: si todos se excusan porque quieren que sea obra de todos, o no será obra de nadie y se reirán los que desean reírse y se quejarán con razón los artesanos, autores del pensamiento, o la harán los artesanos, y entonces habrá realmente una clase así llamada, no porque esté compuesta de trabajadores como nosotros, de obreros de su vida como nosotros lo somos, sino porque tendrá la más poderosa de todas las influencias; la influencia de la idea activa, opuesta a la resistencia de las ideas pasivas.

Por otra parte, es necesario hacer justicia a la digna asociación que ha tomado la iniciativa en esa reivindicación de una gloria intelectual de la nación: si han sido ellos los promotres de la idea, han encomendado su realización a todo el mundo; a todos se han dirigido, con todos han contado. Si bastara llamarse artesano para constituir una clase social exclusivista, y por tanto, anti-democrática, bastaría llamarse aristócrata para crear una aristocracia liberticida, y ya, en vez de reimos como nos reimos, deberíamos estar preparándonos para rechazar a la clase usurpadora.

LA PATRIA VALPARAÍSO

MAYO 17 DE MAYO DE 1872.

ECOS DEL DÍA

Las necesidades se satisfacen; no se discuten. Es una necesidad atender a la seguridad de personas y bienes en los campos; es necesario satisfacer esa necesidad como podamos. Podemos contribuir activamente a ella los periodistas: contribuyamos. Si los periódicos de toda la república, empezando por los de Santiago, – centro de todas las iniciativas, como lo es de todos los representantes de la riqueza rural y la influencia,” establecemos los fundamentos de una asociación para la seguridad individual, conseguiríamos inmediatamente estas dos cosas: alentar con nuestra actitud a los pacíficos habitantes de las campiñas y estimularlos; arredrar a los enemigos de la paz y la propiedad rural. Queremos dejar a los diarios de Santiago la gloria y el placer de esta generosa inciativa, y solo añadiremos que siempre es tiempo para recordar la verdad no hace muchos días recordada por el señor Amunátegui en su crítica político-social.

Digno es de los encomios más ardientes, el motivo en que funda el señor Gallo su negativa a contribuir activamente al generoso propósito de los artesanos que desean elevar un monumento a la memoria de Francisco Bilbao: no hay clases ante la libertad, y la libertad es la base de las democracias. HÍÍrto han hecho los recuerdos del pasado, los vicios de educación, las diferencias de fortuna, el lento desarrollo de la idea democrática, para que aun vayan los demócratas a ahondar las diferencias, consintiendo en reconocer clases distintas, que solo existen en el orgullo pueril de unos, en la suceptibilidad viril de otros.

La riqueza, que establece distancias inabordables en todas partes, las ha establecido en Norte América, sobre todo en los grandes centros comerciales y políticos; sobre todo en Nueva York y en Washington; pero están de tal modo persuadidos los yankees de la ninguna influencia de esos pobres privilegios de la fortuna para la vida política y en las relaciones trascendentales del derecho, que se ríen con la risa más cargo sus propios negocios, y porque todo el mundo se abandona a la providencia del gobierno, sin pensar que todas las providencias tienen en los labios la inmortal verdad: cura-te et curabo tibí. La policía rural que acaso logre el señor intendente de Santiago establecer en la provincia que administra, no se establecerá tan fácilmente en el resto de la república. ¿Esperarán todas las provincias un intendente anhelante de actividad y de renombre?

Más pronto y más fácil sería que no esperaran ese intendente y que, entendiendo por sí mismos en sus negocios, y atendiendo por sí mismos a su seguridad, organizaran la mejor de todas las policías rurales; que es la voluntaria, la compuesta de interesados en la defensa de la vida y el orden en los campos.

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Irregularidades en la llegada del Independiente nos ponen en la mano este periódico cuando está próximo a salir el número del nuestro. Por eso no contestamos (si es que debemos hacerlo) a lo que nos» dice, contestando a las últimas palabras que dijimos sobre la donosa imputación de materialismo que nos hizo; pero tenemos tiempo, y lo aprovechamos, para hacer una rectificación por medio de una pregunta. Puede o no puede el intendente convocar la municpalidad anterior? Sí, puede, la ley le concede ipso facto el derecho. Sí puede, aunque haya sido excesiva nuestra interpretación del artículo 21 de la ley, es sostenible.

 

 

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