Mujeres en la Vida de Hostos

MUJERES EN LA VIDA DE HOSTOS *

JUAN BOSCH

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TODO HOMBRE recibe influencia de mujer, como toda mujer la recibe de hombre. No puede ser de otra manera, porque sólo la sum a de los sexos completa en su ley y en su fin natural al ser humano.

Visto de prisa, Eugenio Maria de Hostos parece inmune a esa influen­cia. Su caracter, que Ie llevó a aceptar como deber lo que en otros no pasaba de ser sueño, Ie hace figurar en la historia mas como un mito que como lo que fue: una realidad de profundo contenido humano. De primera intención se rechaza la idea de que algo pudiera influir en su vida. Parecería que de sí mismo manaba el principio dinamico. Y no es así. Cierto que su naturaleza excepcional distrae al espectador y desfigu­ra su condición de hombre; cierto que su peculiar manera de reaccionar frente a problemas determinados y generales podría explicar parte de sus hechos. Pero no todos. Y ni siquiera tal vez el fondo de uno solo. Porque la verdad es que no hay una actitud, una acción, un movimiento de esa vida austera y admirable que no responda, desde la cuna hasta la tumba, al influjo que la mujer ejerció en ella.

Producto de su razón fue el ideal del hombre perfecto, en el cual tra­bajó, sobre sí mismo, minuto tras minuto, sin un solo desmayo. Ahora bien, si el perfecto es aquel que con mas propiedad encarna las disposi­ciones de la naturaleza, lógico es que sea él quien mejor respond a a esa ley inflexible que ordena al hombre completar su realidad física y espi­ritual uniéndose a la mitad que Ie corresponde.

En el camino de la perfección es donde percibe Hostos el propósito divino del acicate sexual. “Todo mecanico” de la naturaleza, llamaba a la mujer. A tan justa definición no puede haber llegado sino mediante un proceso reflexivo intenso. Así logró abreviar su concepto de la mujer

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.Conferencia dictada en San Juan de Puerto Rico el 7 de noviembre de 1938 durante el acto organizado por la Asociación de Mujeres Graduadas de la Univer­sidad para conmemorar el centenario del natalicio de Hostos.

 

con dos palabras que expresan medularmente el hondo sentido creador y eterno del imperativo sexual en la porción femenina del ser humano.

Y si hubo ese proceso mental, es claro que se debió al reconocimiento que hizo el propio Hostos de la influencia que en él ejercía la mujer. Lógico es, también, que esa influencia no podia ser de otra manera que benéfica, porque ell a debía estar condicionada a la naturaleza intima del influenciado. Al reconocerse producto de esas influencias, Hostos, que siempre debio gratitud a cuanto consciente o inconscientemente Ie ha­cía bien, pago el bien defendiendo los derechos sociales de la mujer y proclamando su importancia como mitad de la sociedad.

“Madre, amante, esposa, toda mujer es una influencia” -escribio en Santiago de Chile en 1873; Y ocho años mas tarde, en Santo Domin­go: “el movimiento social. ..directa o indirectamente es siempre deter­minado por accion o reaccion de la mujer, por impulso visible o invisi­ble de mujer, por influencia buena o mala de mujer. ..”.

EI percibio siempre las que Ie atañían, que fueron de dos tipos: las que forzaron la manifestacion de su caracter y quiza contribuyeron a formarlo, recibidas durante la infancia; y las que determinaron los rum­bos de su vida, cuando penetró en esa especie de recinto luminoso y florecido que forman los dias del amor.

De cada acto suyo es origen una mujer; y casi siempre lo que de termina esos actos es el miedo a los deberes que impone el amor.

-¿Miedo a los deberes? -preguntaran Uds. asombrados.

-Sí, miedo a los deberes. Y ahora veran como y por qué. Hombre del suyo, como lo era él, Hostos no podía comprender que pudiera aban­donarse un deber mayor por uno menor. Así como él fue durante sesenta y cuatro años la mejor encarnacion de sus ideales, la fue también de aquel viejo proverbio de que ” lo mejor es enemigo de lo bueno”. Hostos sufría el miedo no de no ser fiel a su ideal; y entre el servicio de su Continente, de las Antillas, de Puerto Rico, y el de un mandato natural que solo a él había de beneficiar, escogia sin titubeos aquel.

Espoleado por el imperativo sexual, anduvo de tierra en tierra, nuevo judío err ante de la dignidad. El resorte entrañable de su vida lo mueve la mujer. En repetidas ocasiones lo reconocio así. Cuando se rinde al fantasma implacable, tras haberlo eludido una, dos, tres cuatro veces, Hostos gana la paz sexual, se siente completo ya en carne y en espíritu, y puede entonces entregarse a la obra sustancial de su vida: la de educador. Belinda Otilia de Ayala recibe en Hostos un protagonist a y Ie devuelve a América un apostol de la enseñanza y un creador de cultura autóctona.

Pero Belinda es solo la paz. Al comprobar en un exam en rapido que otras mujeres simbolizaron la lucha, y como y por que la simbolizaron, vamos a conocer un Hostos realmente humano, cien veces ‘mas grande,

 

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por lo mismo, que ese Hostos casi mitológico a quien se ha temido co­nocer.

Y con razón. Porque la verdad es que un hombre de tal temple averguenza con sus actos a la generalidad de sus hermanos.

 

LAS MUJERES DE LA INFANCIA

 

De las mujeres que componen la familia de Hostos, tres, sobre todo, con­truibuyen a formar aquel carácter extraordinario: la madre, a quien él recuerda como mujer hermosa, rubia, “de aspecto a la par bondadoso e imponente”; su hermana Engracia, “la primera protectora”, tan parecida al hermano que “Ie hacía el agravio de compararla conmigo, que feo, mientras ella era bella” -dice Hostos; y su tía-madrina Caridad, de cuyo físico no hay prendas, pero de quien él deja constancia de que fue amorosa y buena con el ahijado por los días en que, convaleciente de una gravedad, el nino fue a su casa, en las cercanías de Mayaguez, a recibir aires sanos.’

Rapaz sumamente violento, Hostos fue una naturaleza briosa desde sus primeros años. Se gozaba en clavar alfileres en los brazos de la la­vandera o en pellizcar a una acogida de sus padres. ¿Muestras de ve­hemencia? Quizá. lo era mucho: la primera vez que oyó música estuvo dos días acostado en el piso y girando como un trompo, sufriendo porque no recordaba el aire. Cuando doña Hilaria se sentaba a coser, el hijo se echaba a sus pies a acariciarla y si ella se molestaba con tantos mimos. él se la ganaba besando con verdadera unción de idólatra el ruedo del vestido materno.

Tal vez esa vehemencia de Hostos, aparte de lo que pueda haber de naturaleza excepcional, explique el consentimiento en que las mujeres de la casa ternan al niño tan fieramente hambriento de cariño. Ese consentimiento, agravado por dos dolencias que lo tuvieron al borde de la muerte, había de resentirse por culpa de su tía-madrina Caridad, y del resentimiento surgiría aquella vol un tad poderosa, de la que él se quejó tantas veces.

Estando moribundo rechazaba las medicinas a menos que Ie paga­ran por tomarlas. Generalmente todos los muchachos hacen eso; pero en Hostos es raro, porque él jamás fue interesado. Treinta años más tarde, con esa amable melancolía en que se nos envuelven los recuerdos de la infancia, evoca él aquellos días. “Cuando la convalecencia Ie consintió dar algunos pasos -escribe en tercera persona- mas se ocupaba de tener segura la bolsa en que había ido acumulando su riqueza, que de afirmar sus pasos”.

De ese ambiente en que tienen tanta autoridad sus caprichos va a pasar a otro donde tropezará con la primera imposición. Ocurre así: el enfermo fue enviado a reponerse donde su abuela, con quien vivía Caridad. Caridad

 

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no sabia que hacer para complacerle: él era la luz de sus ojos, y se habia vuelto exigente con el quebranto: si no se Ie daba de inmediato lo que exigia, lo rechazaba altanero, ella Ie rogaba, Ie prometía, lo acariciaba. Una tarde, sin duda gratisima para aquella tía-madrina con­sentidora, descubrió ella que a Eugenio Maria Ie gustaba el arroz blanco, y desde entonces, alas dos de la tarde, hora precisa, Ie traía al niño su ya favorito plato. Pero cierta vez tardó algunos minutos y cuando se presentó ante el chiquillo él Ie gritó que no queria. Rogó la madrina, exigió la abuela, argumentaron ambas. Nada. “¡No quiero!” -chilló él; “¡Pues yo quiero!” -respondió Caridad; y a la brava Ie metió la cuchara en la boca. Pero ocurrió que el arroz estaba muy caliente. Al sentirse quemado, el niño se puso frenético, arrebató el plato de las manos de su tía, y lo lanzó por el balcón. Creyendo calmarlo, la abuela aprovechó la presencia de un amigo que pasaba frente a la casa, y Ie pidió en alta voz, con el fin de asustar al muchacho, que fuera donde Hostos y Ie dijera que mandara en busca de Eugenio, porque ellas no podían domarlo. Cuando Eugenio María oyó aquello se puso fuera de sí y con la misma firmeza que iba a demostrar durante toda su vida, dijo que él se iba esa misma tarde a Mayaguez. De nada valieron las explica­ciones de la abuela. Nadie pudo doblar la voluntad que tan recia apuntaba.

De igual manera, es la primera separación de la madre, por quien sentía veneración, casi idolatría, lo que Ie da la idea del deber y cómo hay que cumplirlo por encima de todo. Sucedía que Hostos, tan sufridor como fue, era duro para las lágrimas. “La sensibilidad, como la vol untad, son creación de mi razón” -asegura alguna vez. Su razón de niño debió convencerle de que cuando se sufria un gran dolor, había que llorar. Así, ese día de la separación, cuando la madre estaba al partir, Hostos, que quería llorar y no tenia lágrimas, se dio de golpes contra las puertas a fin de que el dolor físico Ie hiciera mostrar el gue sentía.

Pero quizá la más importante revelación de su naciente personalidad fue la provocada por la belleza de su hermana Engracia: nada menos que el descubrimiento de su carácter, cuando apenas él tenía nueve años.

Engracia era dos mayor que Eugenio, pero su presencia no denun­ciaba tan corta edad. La niña aparecía muy bella. El juez de Primera Instancia de Mayaguez -“el hijo de don Anastasio el avaro, cuyas víc­timas fuimos, en Bilbao, Pepe, Ortega, Bedford y yo, años más tarde”, dice Hostos como si quisiera perseguir al juez hasta en sus ascendien­tes- iba a menudo a la casa de los Hostos donde encontraba esa aco­gida cordial que necesariamente debía entonces un notario a un juez. Un domingo por la mañana éste fue a almorzar donde sus amigos y no encontró más gente alIi que a Engracia y a su hermanito Eugenio. EI juez pensó que se Ie hacia fácil molestar a la niña y la persiguió para abrazarla mientras ella corría asustada. Entonces surgió en Hostos el hombre que había de ser. Nadie, fuera de él, podia defender a su her­

 

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mana: se abaIanzó sobre el juez y tan fiero debió portarse aquel niño, que el impetuoso magistrado abandonó la casa, olvidando, incluso, que estaba invitado a aImorzar.

 

¿UN AMOR EN PUERTO RICO?

 

Tres años después de ese incidente, Hostos salio hacia Bilbao. Iba a estudiar. Estuvo antes en San Juan. Se sabe poco de su vida de entonces, por lo menos en lo que respect a al tema que nos ha reunido esta noche. Hay un dato interesante de la época de Mayaguez, que conviene no de­jar pasar por alto: las burlas de las niñas, que tanto mal hacen en la infancia, no inquietaban a Hostos. Ni cuenta ponia en que las Quijano esperaban los domingos, cuando el muchacho pasaba por delante de su cas a camino de misa, para gritarle “cabezón” y “barrigon”. “Parece que efectivamente -recuerda donosamente el burlado- su merced tenia mas cabeza que la que conviene a cualquier hombre y mas barriga de la que conviene a cualquier niño”.

Debido a la muerte de su hermano Pepe vuelve de Bilbao cuando tiene entre quince y dieciséis años. Su hermana Engracia Ie relaciona con sus amigas. Sospecho que entre esas ami gas de Engracia está escondido el primer amor de Hostos. No son mas que conjeturas, alas que aIguien podría oponer la edad de Eugenio. La verdad es que quince o dieciséis años es la corriente en el tropico para despertar al amor. Hablando de aquellos días él dice, simplemente: “Los oasis no son suficientemente grandes en los desiertos”; pero muchos años después, estando en Nueva York, escribe: “María Lozada, niños ambos, sintio por mí un afecto apa­sionado, que yo no supe apreciar ni corresponder”.

El otro viaje, provocado por otra muerte, lo hace cuando tiene veinte años. Es sin dud a entonces cuando estuvo haciendo “demostraciones va­cilantes” a Lola Ruiz y Cipriana Mangual, de Mayaguez las dos.

Y si no en el primero, ni en el segundo, el probable amor puertorri­queño de Hostos se cumple en su tercer viaje, el de 1862. En esa oca­sian permanecio casi un año en Puerto Rico, “el año de meditacion mas dolorosa que conozco en mí” -según confiesa.

¿Que por qué sospecho yo lo que no est a dicho ni entre líneas? Pues sencillamente porque el amor no se inventa ni se conoce por analogía. EI que no haya vivido esa fiebre fascinante del primer amor, esa espe­cie de delirio en que nos sume el descubrimiento de tanta pasion y de tanta vehemencia sexual en nosotros mismos, no podra describirlo ja­mas. En La peregrinación de Bayoán hay dos escenas de amor en los tró­picos que son vivo retrato de la realidad. Una de ellas es la despedida de Marien y Bayoan, que va camino de España; la otra, separacion mo­mentánea en San Juan, donde se encuentran los jovenes, en la que Ma­rién se asoma al balcon vestida de blanco, coincide con una breve cita que

 

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Hostos hace en su diario de “una figura angelical” a quien él con tem­plaba con éxtasis en San Juan 1.

¿Pero qué interés pudo haber tenido Hostos en silenciar tal amor?  Ninguno. Es que por ser bravío, por ser fiebre de los sentidos, ese primer deslumbramiento del hombre se olvida pronto. Parecería que ningun a importancia puede tener en la vida una pasión que tan fácilmente olvidamos; pero la tiene. Si la que sospechamos fue, ella explica el desconcierto en que cayó Hostos de retorno en España; la apatía, la falta de fe en su carrera de Leyes, que se negó a seguir estudiando. Gran favor Ie hizo a América quienquiera que tuviera la culpa de que Hostos no quisiera hacerse abogado. Falto de un título, necesitaba instrucción amplia en otros sentidos. Además, así pudo dedicar su tiempo a estudiar las materias de su predileccion. Pero esto lo hizo solamente después de la muerte de doña Hilaria, suceso que marco definitivatmente el rumbo que había de seguir Hostos.

 

DOÑA HILARIA, O LA LUCHA

 

Doña Hilaria Bonilla de Hostos muere el día 28 de mayo de 1862.  Cuando transcurran dieciséis años y el hijo haya vivido muchos de dolor, dirá COn amargura que aquel hecho

impiadoso “Ie desperto del sueño de la vida”. “Aquello -afirma- había sido un verdadero sueño. Si hay hombre que sepa positivamente lo que es la realidad, y sobre todo, el abismo verdadero que hay entre la realidad de la vida y lo que imagina la adolescencia fuerte como la vida, ése soy yo. Yo lo supe en el momento en que perdí a la santa mujer a quien veneré como virtud viviente tanto como amé con ardiente amor de hijo. Hasta aquel día me había desarrollado libremente, siguiendo sin guía, o sin oír al guía, la direccion que la inexperiencia, agravada por el desinterés natural de mi vida, me hacía seguir”.

Herido en lo hondo por un dolor cuya fuerza él no podía sospechar, Hostos se reconcentra en sí mismo y ve la vida tal cual es. Ya no demora en este mundo ese regazo en qué acogerse; carece ya de sombra amable el camino. Como una mano invisible, el golpe Ie sacude el alma. Toda la vehemencia que ponía en amar a la madre iba a encauzarse ahora en otra direccion.

De vuelta en Puerto Rico, hecho hombre por el sufrimiento, mira en su torno y comprende entonces la sombría realidad: aquella tierra suya es colonia. Empezo el am argo descubrimiento, el conocimiento len

 

1 Después de pronunciada esta conferencia, el autor ha dado con un fragmento de manuscrito de Hostos en el cual se confirm a en parte esta sospecha. Ciertamente, Hostos tuvo en su primera juventud un amor que sacrificó a la felicidad de un amigo. No hay en este fragmento de manuscrito ninguna indicación del lugar o pais que fue escenario de esa pasión. Por tratarse de un fragmento, se .dificulta describirlo bibIiográficamente.

 

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to, pero de seguro avance: cada vicio, cada monstruosidad, cada error tenia su origen en la condición colonial del pais.

Día tras día, aquel espíritu fue aprendiendo la lección del mundo que Ie rodeaba, y como el no podía ver lo monstruoso sin aprestarse a lu­char contra ello, a medida que descubria se iba irguiendo su conciencia. Por eso dice que fue el año más sufrido que tuvo. No dice que fue el que lo salvó para la posteridad: en el comenzó a subir su cuesta de la amargura.

 

MARIEN

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Cuando llega a España en 1863, Hostos lleva ya consigo, aunque no lo sospeche, esa figura triste de mujer que encarnaba alas islas ama­das, esa Marien ingenua a quien mata la falta de su sol antillano.

Cuban a como será una de sus amadas y como lo será la compañera bien querida, Marien presidirá muchos actos de la vida de Hostos y será un símbolo de su ultima etapa española. Muchas veces hablará de ella co­mo si hubiera realmente existido. Dice de su mujer, Belinda Ayala de Hostos: “La conocí como conoció Bayoán a Marien”. Era tanto su amor por Marien, que si como previera que de todas sus obras era la que cuenta su historia la que menos había de llamar la atención, la defendía con recelo paternal y aseguraba que sólo ella Ie satisfacía.

La frialdad con que el publico español recibe su creación Ie arranca frecuentes frases de desden. Quizá Ie consuele algo que una mujer de al­curnia Ie aplauda sin reservas y Ie escriba estimulándole. La vida, mien­tras tanto, se Ie anuda. Lucha por la republica, y va a Barcelona, torna a Madrid, emigra a Paris. Se prepara la revolución de septiembre. En estos trajines, mujeres sin import an cia asoman un segundo y desapare­cen de nuevo. De una de ell as llegará a escribir Hostos: “. ..sin embargo, la amo, como se am an los recuerdos, como se ama la vida que se ha vivi~ do, como se ama la obra que se ha hecho. Es, en la historia de mi senti­miento, la unica realidad con que tropiezo. ..la acojo en la imaginación con entusiasmo, la acerco a mi corazón con reverencia, la contemplo en mi alma como un ideal”. Habla de una Matilde, y quizá sea a ella a quien evoque muy delicada y amargamente cuando dice: “. ..recordando Sue­lias de amar. ..” que “. ..fue mi distracción en Madrid, en el dulce recuerdo, en el triste placentero sentimiento”.

Recelosa, Marien se ha recogido al fondo de su alma. No se la ve, no se la siente. Pero resurge triunfal, al fin. Es en la noche del 20 de diciembre de 1868. Hostos pronuncia su fogoso discurso en defensa de Cuba. Inicia la bat alia grande que terminará con su muerte. En la pe­numbra discreta que envuelve los pasillos del Ateneo viejo de Madrid, mientras habla Hostos, se pasea la figura amable de Marien. Sonne, vencedora. A poco, la creatura ya casi carnal transpone la frontera con Eugenio Mana, cuando este comprende que se hace necesario romper del

 

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todo con España. En Nueva York se prepara una expedición para su isla. Hasta Nueva York Ie seguira Marién, la pobre muerta de amor.

 

LA RIVAL  AFORTUNADA DE MARIEN

 

A fines de octubre de 1869, próximo ya a cumplir los treintiún años, Hostos llega a Nueva York. Los emigrados cubanos y puertorriqueños lo reciben con tibieza. Procede de España, y todavía no ha podido llegar hasta Nueva York el eco de su campaña en favor de la libertad de las Antillas, realizada bravíamente en la Metrópoli. A Betances, a Basora, a Meire, a Piñeiro, Ies expIica sus planes. A cambio de desconfianzas, de torturas desgarrantes, Hostos va imponiéndose entre Ios emigrados; pero imponiéndose en cuanto a Ia honradez de sus principios, no en cuanto a Ia conveniencia de que se adopten sus planes para reaIizar aquéllos.

En su obstinada Iucha de renovador, Hostos estaba llamado a fraca­sar como jefe de hombres, porque tanto como a sí propio Ies exigía a los demas. De ahí que solamente sepa y pueda conducir niños. Cuanto mas se Ie pide mas honrado y mas satisfecho se halla eI niño; eI hombre es todo lo contrario.

Entorpecido en sus proyectos, abrumado por Ias intrigas, que Ie de­sesperaban porque éI no era capaz de concebirIas, Hostos se encontró un día soñando como cuaIquier chiquillo. Un sabado, eI primero del año 1870, para ser precisos, eI creador de Marién cometió una infideIidad imperdonabIe: supIantó bruscamente eI recuerdo de la muerta adorada por el de una americana que, para hacer mas odiosa la suplantación, era millonaria. Precisamente por serlo, por tener millones como sólo allí se tiene, es por lo que Hostos Ia prefiere.

Pero oigamos a Hostos. Que nos cuente él mismo esta aventura in­sólita.

Paseaba calles y avenidas. “Ocasión propicia -dice-, la aproveché y me puse a imaginar. Imaginé que había jugado para ganar cien o dos­cientos o trescientos o quinientos mil pesos, que gané: los gané para hacer Ia revolución de Puerto Rico. Un acto de abnegación, me valió Ia simpatía de una joven, allí presente: Ia joven tenia un padre: Lo conta­minó de admiración por mí, y siendo americanamente miIIonario eI padre,

y siendo yo eI necesario futuro esposo de Ia joven, ¡se salvó Puerto Rico!”

Suelta ya Ia frenética imaginación que tanta cadena había sufrido, Hostos prepara Ia revoIución ideal, en que tanto como Ios guerreros expertos en­tran Ios médicos, los maestros, los técnicos de todo oficio y arte. “Esos chicos de Puerto Rico que pierden aquí el tiempo -dice-, sostenidos por mí, se educaban en eI trabajo y en la lectura obligatoria y dirigida, para ir a cumplir con su deber”. EI se retira al interior apreparar con su compañera el gran momento de la revolución. Es algo inaudito lo que se avecina. Hostos ejercita a los obreros de Ias fabricas del suegro; su

 

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hermana Rosita se casa con el Ministro de Hacienda de Hostos, que es hermano de su amada “y ya había yo consagrado social y teológicamente mi cariño” -dice, dejando entender que hasta a casarse según los ritos religiosos estaba dispuesto.

Marién yace en el olvido. Hostos pasea e imagina: “… ya estaban prevenidos en mi favor Summer, Grant, todos los grandes politicos de America -prosigue-, ya estaban mis agentes en Colombia; …ya Be­tances y los otros caudillos, obedeciendo mi plan montaban sus vapores respectivos. ” Pero entonces llegue yo a la puerta de mi casa, y las dos revoluciones que concibo, se quedaron en donde me quedo todo yo: en las tinieblas del deseo”.

Tambien allí, en aquella puerta que lo devolvía a la realidad, se que­daba la millonaria americana. Si Hostos hubiera vuelto los ojos, habría visto que tras la millonaria, triste, llorosa, la sombra de Marien se des­pedía para siempre.

 

CANDORINA, O EL DESCUBRIMIENTO DE AMERICA

 

El año de 1870 es quiza el mas decisivo en la vida de Hostos: comien­za en el a formarse el hombre de America que había estado preludiado en España desde la aparición de su novela. Unas palabras suyas aseguran que llegó a Nueva York con el único propósito de tomar parte en una expedición que salía a fines del 69 hacia Puerto Rico. Betances y Basora estaban en la ciudad de los clubes revolucionarios: desde allí conspiraban los cuban os, los puertorriqueños, los dominicanos que combatían a Baez. Hostos se mantenía colaborando en periódicos de habla española, aunque necesitara con frecuencia recurrir a los haberes del padre, que no desa­tendía a aquel hijo de sus culpas, querido y admirado a la vez.

De la fiebre revolucionaria sacaba siempre oportunidades para otras cosas. A veces caminaba cuadras enteras detras de una mujer atrayente; otras se abismaba con tempI an do cómo bellas cubanas daban a la revolución su gallardía y su oro. Activo como pocos, orad or preciso, escritor vehemente, pronto tuvo la mayor popularidad a que podía aspirar un emi­grado: dolor de Hostos, que no buscaba eso: la popularidad Ie echó encima a los grandes de la emigración y tuvo que mantener una lucha sorda con la miseria económica que Ie circuía y con la miseria moral que Ie combatía. Ni Meme, acariciadora y enamorada, que Ie besaba casi en pre­sencia de extraños, pudo distraer el tormento de aquella alma.

Hostos empieza a sentirse solo. ¿No tendría necesidad de una com­pañera? El había llegado ya a ese termino de la vida en que se hace ne­cesario el amor. Cuatro años mas tarde lo diría: “Me había faltado una fuerza de impulsión. Esa fuerza era la que importaba adquirir, ella la que debía estimularme. ..Había tenido y tenia entonces Ias solicitaciones mas impulsivas para constituir una familia”. Lo sentía, pues. Estaba

 

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maduro para el amor, pero temía, “porque -dice- todo sentimiento de familia y toda tendencia deliberada hacia él chocaban con la idea del deber aceptado y obedecido exclusivamente hasta entonces”. Ese deber de que habla es la revolución para las Antillas; pero aunque él no reconocía mas ley que la de su razon, lo engañó la naturaleza, que Ie clamaba por compañera, haciéndole caer en el amor mental. Porque eso, y nada mas que eso, fue lo que determinó sus relaciones con Carolina o Cara, cubana, quizá de no mas de quince años, de familia asentada en Cartagena de Colombia. Mas de tres meses dura la lucha sorda de Hostos, que duda entre si declararse o no. A pesar de que él lo creia, se ve en sus apuntes de entonces que aquel amor no era el grande, ése toca muy de tarde en tarde en la vida, y en el que no pueden intervenir calculos ni deseos, por­ que él paraliza todas aquellas facultades que no sean las mas sutiles de la animalidad. Hostos media y pesaba mucho sus relaciones con Cara. Le creo un apodo, Candorina, curioso por dos motivos: tiene mucho de men­ tal, porque a la mujer realmente amada no se la nom bra con apodos que exalten una virtud evidente o supuesta, sino con una que emerge de lo hondo de nuestro ser y que por lo general nada dice, porque es tan solo un sonido dulce, sin pretensiones definidoras; y porque ese final en ina Ie sera siempre grato a Hostos, que lo aplicara a otra mujer, que se sen­ tira complacido de que su compañera lo tenga, aunque con alguna dife­rencia, de que lo lleve una hija, y cuando escriba para otra hija alguna de sus deliciosas piezas de teatro infantil, Ie prolongara el nombre para terminarlo en el ina sonoro y dulce.

Durante un cuarto de año su diario esta lleno de alusiones a Cara.   “Ella me atraia, yo Ie inspiraba confianza -dice-. La noche de la taza de café fue deliciosa”. Y la tal delicia no pas a de ser lo que él llama el candor con que ell a aparece en la puerta, dudando entre si entrar o no, y las indirectas de la hermana y del cuñado de Cara, que hablan de la “buena pareja que harían”, lo que los lleva a medirse, como un par de mucha chos.

A la distancia de los años, y conocido el final de esas relaciones, alguien diría que  Cara coqueteaba con Hostos. El debio ser un tipo de hombre muy atractivo para las mujeres, porque tenia una condición esencial para ganar su admiracion: la armonía, la sobriedad, el dominio propio que comunica el íntimo conocimiento. Hombre sumamente dulce, amable, alegre, con una alegría bien medida; gran conversador -no lo que ahora se llama causseur, que es un mantenedor de atencion a base de falsedades, viajado, instruido y dotado del don especial de hacerse entender hasta cuando trataba tern as complicados, Hostos debio ser un gran compañero de vel ad as. Físicamente tenía también imponencia, y cierta gra­vedad, cierta especie de noble tristeza en los ojos, grises de reflejos claros, tristeza que se deshacía al oírle hablar con una voz viril y decidora de gran des bellezas. Era mas bien bajo que alto. Una maestra normal do­

 

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minicana de la primera epoca me aseguraba, hace pocos días, que ella no había conocido hombre mas majestuoso que Hostos, a pesar de su estatura, ni mas cortes y afectuoso. Aparte de lo que pudiera imponer el conocimiento de sus cualidades y la cercanía de una persona de tal renombre, él tenia atracciones físicas. ¿Qué mucho, pues, que aquella cubanita de ojos negros, sugestionable, de casi ninguna cultura, como lo deja entrever el propio enamorado, coqueteara con Hostos?

El ideal físico que perseguía Hostos era el de la mujer rubia, posible­mente de line as que expresaran majestad, como las de la madre. Cando­rina tenia el pelo y los ojos negros. Esforzándose en quererla -y dígase si no era mental tal amor- él pensaba que con un poco de energía podía figurársela rubia.

En la lucha del amor, paralela a la política, pasan tres meses. La familia de Cara se va a Cartagena; y es entonces, al ver que Ie van a lle­var la amada, cuando Hostos halla la solución de sus problemas. Puesto que él no puede vivir en aquel aire escaso y envenenado’de anexiones en que se mueve la parte más poderosa de la emigración, debe hacer algo; pero algo que concuerde con la necesidad de su amor. Lo dice claramente, porque Hostos jamás trata de engañar: “Me falta el estímulo”. Sus palabras precisas, cuando logra armonizar el sueño ideal con el imperio natural, son estas: “Me había faltado una fuerza de impulsión. Esa fuerza era la que importaba adquirir, ella la que debía estimularme”. Ya están dichas hace un momento, pero se repiten para que se vea cómo gobierna la honda trama sexual muchos actos de nuestra vida. Candorina es ese estímulo; Hostos lo confiesa. Debe ir tras ella, y como ell a está en Cartagena y también en Cartagena se puede servir a Cuba, él irá allá a servir a Cuba, luchando por que se reconozcan sus derechos, por que se Ie auxilie; y además a trabajar por dos causas: para sostener su hogar, y para hacerse del dinero que hará efectiva su acción en favor de la isla en guerra.

Así decidido, no quiere que Candorina se Ie escape sin que sepa cómo la ama. “Este es un mármol del que se pueden sacar buenas estatuas” -asegura. Siete años más tarde se dirigirá al padre de Belinda de Ayala con palabras exactamente iguales. Vale la pena apuntarlo porque es común que Hostos use una misma expresión para manifestar estados iguales, no importa que éstos se cumplan en tiempos distintos, lo cual acusa que no cambia de ideas.

Listo a cumplir su propósito, empezó a imaginar cómo había de hacer la estatua que reclamaba aquel mármol. La educaría, Ie llevaría libros. In­cluso dio los primeros pasos en tal sentido. Pero cuando se iniciaba él en los secretos de esa cincelación, la familia se llevó a Cara. Hostos quedó como ciego. El día antes gemía: “Se me va mañana; ya empecé a llorarla hoy”. ¡Hay que ver qué páginas tan confusas son las de su diario en esos dias! Se aprecia el esfuerzo por naturalizar aquel amor mental. El mismo

 

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confiesa: “‘¡qué amor tan sin amor!”. Pero como aquella razón poderosa era capaz de crear hasta la sensibilidad, no ha de extrañar gran cosa que creara una falsificación del amor tan aceptable que llegara a influir en su vida de manera determinante. Ya en agosto dice que la falta de cartas en que lo tiene Cara y la lucha politica Ie anonadaban. “”Y siempre solo, sin nadie a quien oir, a quién hablar, a quien querer, a quién creer, porque hasta ell a me abandona, hasta ella me priva de sus cartas” -se queja.

Un dinero que recibe de su padre lo resuelve, yel 19’de agosto dice: “si las cart as de la familia Bda. (probablemente apócope del apellido de Carolina) son las que espero, me reuniré a ella”.

¿Qué cartas son ésas que espera? Las que Ie deben escribir la her­mana y el cuñado de Candorina, al parecer empeñados en casar a la niña con Hostos. Para olvidar que esas cartas no llegan, Eugenio Maria se su­merge en las noticias de la guerra franco-prusiana, de la consternación francesa por la derrota. Pero no se anestesia asi como asi aquel hombre que se lanzaba a toda fuerza sobre lo que consideraba necesario hacer, y el 4 de octubre sale de Nueva York. Embarca en el “‘Arizona”, una lástima de barco, que hace la ruta por condescendencia del mar. Va camino de Cartagena de Indias, a cumplir su palabra; y desde antes de salir empie­za la duda: “‘Deseo y’ temo, temo mas que deseo” -asegura.

Pero aqui está américa, la rival de Candorina. Cuando vislumbra las costas de Cuba, cuando se siente en las cercanias del Continente, Hos­tos empieza a reaccionar. Candorina va ocupando un pIano secundario, sin que él lo procure. Aquel am or mental acabará teniendo el puesto que Ie corresponde. ¿No est a aqui America?

Si hasta ocurre que, recién desembarcado, cuando alguien lo quiere llevar a la casa de la mujer perseguida, Hostos prefiere recorrer la ciu­dad. ¿Qué ha ocurrido? ¿Es que al contacto con aquel mundo milagroso, al sentír esa imponderable emanación telúrica que parece desprenderse del sitio donde se habla nuestro idioma, donde se ha luchado por lo que uno cree, don de ha estado en derrota, en triunfos, en luchas un héroe co'” mo Bolivar, ha despertado en Hostos al hijo múltiple del Contínente que dormitaba en él? Quizá. Es el caso que en la noche, cuando visita a Candorina -a quien no ve al principio porque ella, coqueta, siente verguenza de verlo-, asegura que no puede cumplir su palabra porque no hay tra­bajo en Cartagena y sin trabajo no hay posibilidad de fundar un hogar. La hermana de Candorina, buena casamentera por lo visto, apunta una idea: que se vaya Hostos a Panama, trabaje alIi y de alli vuelva a Carta~ gena o mande por Cara. Hostos conviene en que si, mas como él va a comprometerse, quiere un compromiso de parte de Candorina. Dice, además, que quizá tampoco haya trabajo en Panama. .

-Se llega usted al Perlú, donde hay porvenir para usted -resuelve la futura hermana politica.

 

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De acuerdo; pero mientras espera el barco, algo hay que hacer. Se entera Hostos de que el problema del Estado Bolivar es la desproporción entre habitantes negros y blancos: muchos mas de los primeros. Se teme que algun dia surja una lucha de razas. Entonces concibe él la coloniza’ ción del litoral por cubanos, dominicanos y puertorriqueños revolucio’ narios que les resuelvan el problema a los cartageneros resolviéndoselo a la emigración que anda dispersa. Como en Cartagena consigue todo lo que el sitio puede dar, se embarca hacia el Peru con el propósito de con­quistar alIi los capitales necesarios al buen éxito de la empresa. De esa manera torna a armonizar sus dos deberes: el íntimo del hombre y el ex. terno del patriota. Buscara trabajo para casarse y capitales que favo­rezcan alas Antillas.

Recién llegado a Lima, Hostos se ve forzado a quedarse con el aspec­to externo de su peregrinación: una carta de la hermana de Carolina Ie dice: “C. no piensa en lo que usted habla en su carta, y es mi deber decir'” selo a usted. Ella lo estima como a uno de sus mejores amigos, pero mas nada”.

Hostos asegura que la carta es superior a su amor propio y la cierra sin acabar de leerla. Pero segundos mas tarde se consuela con estas pa­labras: “”aquí ha debido haber un interés de familia puesto en juego en mi contra”. En su favor, diríamos nosotros. El parece olvidar facilmente, y asegura que a veces la casualidad gobierna nuestra vida, refiriéndose a que aquel matrimonio frustrado Ie ha puesto en nuevas vias, reconocien­do así, tacitamente, que su vida esta mas acoplada al ritmo del Continente que lo estuvo antes.

De pie ya en el Peru, donde va a servir a sus islas, Hostos no es ca­paz de sospechar que otro amor va a revolucionar sus destinos para en­caminarlo, una vez mas, por los derroteros convenientes al porvenir de América. Ese am or hara época en los anales de las letras continentales.

 

MANOLITA, O LA PASION

 

Cuando se acercaba al Callao, Hostos iba desprovisto de todo: no tenía un centavo, un traje decente, un amigo en quién confiar; sin embargo a pesar de todo ese escenario intimo de miseria, el hombre florecía de amor y de fe: en el cholo, en el quechua, en la tierra, en el futuro de Amé­rica: en todo confiaba. Ya en el barco se mostró asombrado por la belleza de las cholas y en el trayecto del Callao a Lima, como tuviera oportunidad de ver un grupo de damas, empezó a deleitarse con las gracias y la viva­cidad de la mujer peruana. Un día, recién llegado, iba por una calle de Lima paseando su preocupación; llevaba en la mano una flor que Ie ha­bían regalado minutos antes. Como pasara un chola atractiva, se la que­daba mirando. Buena americana, la chola es bella, con un belleza ardiente que auna el ojo morisco, ojo de regazo, a la linea aérea del lirio. Mien­

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tras la contemplaba, de un grupo de senoritas que pasaba salió una voz: -¡Qué flor tan bella!

Gentil, “”atiemposo”, como decimos en mi tierra, Hostos puso la flor en las manos de la que había hablado.

Era un augurio, si todavia pensamos como los romanos. Maduro para el amor, deteniéndose cuando pasaba una mujer de “talle conyugal”, como tan castamente definía Marti cierto atractivo de la hembra, Hostos paseaba su corazón igual que flor y sólo esperaba la voz que exclamara:

-¡Qué bello!

Y no tardó en oírlo de labios de Manolita, a quien llamaremos con el dulce apodo con que él la nombraba: Nolina, o Manolina, como tambien se oyó decir del amado.

¿Cómo se conocieron? ¿Que los acercó? ¿Que lo llevó hacia ella? ¿Se­

ria rubia, como él deseaba a la amada? ¿Morena, con ese fascinante morenismo de su tierra? ¿Que vio ella en el extranjero? El mismo Hostos se lo pregunta, desconfiado, y dice que “ellas se enamoran en el de lo desconocido, de lo imprevisto”. Pero quiza no fuera esa la causa. Hostos había alcanzado en Lima un renombre que estaba a la altura de su labor. Lo que hizo allí por Cuba en mítines, artículos y conferencias; por el Peru

en el establecimiento de sociedades de enseñanza y en la redacción de La Patria; por el negro, el indio y el chino en sus estudios de tipos sociales, bastaba a conquistar la admiración, que es el camino del amor, de cualquiera mujer no comun, como sin duda fue Nolina.

Se conocieron en los primeros meses del 71, casi en el duelo del recuerdo de Candorina. Ya en marzo, el día 30, Hostos, que las pocas veces que habla de Manuela lo hace con acongojante discreción, dice que había convenido con ell a verse donde su hermana. Despues de aquel día apenas la menciona. Esta airado por ese amor. Pero en noviembre, desde Chorrillos, estalla al fin, con una vehemencia casi fiera: “La amo, la amo, la amo y no oso evitarlo”. Jamas sufrira tanto, porque al tiempo que la mujer, America Ie solicita, y él sabe que ‘esta al borde de preferir la compañera. “He pasado mi vida en contener mis pasiones por medio de la razón -se queja-, y he aquí cómo lo que debía hacerme fuerte, feliz, me hace el mas débil de los hombres y en consecuencia el mas infeliz”. ¿No es cierto que entristece ver cómo el hombre cuya razón gobernaba su vida hasta en el mas pequeño ondular de sus sentimientos se encuentra un día con esa razón avasallada por una pasión que el no puede con­tener? Debió ser amarga y desesperante la noche de noviembre en que Eugenio María de Hostos llegó a tan triste confesión. ¡Treintidós años de sacrificios, domando a los sentimientos, se esfumaban de golpe!

Vienen los días de la lucha. Esta es la encrucijada, .la gran encruci­jada. Los caminos de la vida se reparten a los pies de Hostos. ¿ Cómo va el a darle paz a su corazón? Nolina, Ie dice. Este sí es el nombre hondo,

 

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el que fluye como el venero de agua en la loma; el qqe lo dice todo sin decir nada. ¡Qué distante de aquel Candorina falso!

iNolina! Debe haber sido estrecha la relación de ambos enamorados, porque el padre (el apellido se insinuaba con una C y una I), el “”señor Cl.”, como Ie llama Hostos, Ie aconseja que calme “el espíritu apasionado de su hija”. Y Hostos Ie escribe. Ella no contesta. Hostos siente miedo, un miedo pavoroso. Su obra va a zozobrar. Queda un camino: alejarse. De no hacerlo, él y sus sueños de patriota seran mosca inerme en la red de araña de aquel amor.

Desde Santiago de Chile Ie escribe una carta patética. Al tiempo, atormentado por el recuerdo, se refugia en el trabajo. Da el Hamlet. ¿Y por qué el Hamlet, precisamente? jAh! Porque él, como el príncipe de Dinamarca, se ha sentido la víctima de su razón, de la razón que Ie mues­tra el deber y Ie impide darse a su pasión; y, ademas, porque ell a esta en Ofelia. “Algunas palabras de Ofelia, y sobre todo su locura, me dan miedo: pienso en ella, tan delicada, y temo que la pasión que tan involun­tariamente he provocado esté produciendo dolores tan hondos como los de la triste semidemente”. Luego, Hostos sabe que es querido, frenética­mente querido, y eso debe aumentar su tortura. De las palabras que Goethe dice de Hamlet -aquel simil del florero y la encina-, Hostos piensa que seria mejor aplicarlas a Ofelia “y siento que yo podria apli­carlo a Manolina” -se lamenta.

Pero todavía hay algo mas grave, algo insólito en la vida de Hostos. Al cabo de mucho estudiarlo se convence el mas terco enemigo de su glo­ria de que aquel hombre jamas tuvo móviles person ales que no estuvieran perfectamente armonizados con el servicio mas activo de la humanidad, con el de su Continente en particular, con el de sus Antillas en la intimi­dad de su mundo americano. Sin embargo -joh milagro del amor!- he aquí que él, el servidor eterno, confiesa, con una amargura desgarradora: “Pienso publicar Bayoán y éste es un pretexto para acercarme a ella con el pensamiento; trato de crearme aquí una reputación y es el aplauso de ella el que busco. Seriamente, temo ponerme tan mal de espíritu como Hamlet, si no realizo ya este triste ideal”.

¿Quién había de sospecharlo? Hace justamente un año, a fines de marzo del 71, empezaba a dudar si se acercaba o no a Nolina. Hoy no pue­de mas: “es el aplauso de ell a el que busco”. En esta exaltación de lo sexual, que exige su lugar, que lo hostiga, Hostos es la víctima. Por eso, teme acabar como Hamlet; por eso comprende tan justamente la creación del poeta y por eso es Nolina la razón del Hamlet. Se puede asegurar, autorizados por el propio Hostos, que sin Nolina no habria la formidable pieza crítica que con tanto respeto se lee en el mundo; que sin ese Hamlet, predecesor inevitable de los estudios de caracter critico, no se hubieran escrito ni la Memoria de la Exposición de 1872 ni el estudio de pintura

 

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y de escultura que la sigue y que son el verdadero origen de la producción metodizada de Hostos, por cuyo camino Ilega a la Escuela años mas tarde.  Pero hablábamos de una carta. Es patética, porque en ella se esfuerza Hostos en disimular su desesperación. Está fechada en Santiago de Chile el martes 2 de abril de 1872: “He estado pensando en ti todos estos días” -empieza; y termina: “‘no he querido romper relaciones que me hacen esperar la ventura”. Es la primera vez que él escribe tuteando. Se ve que la lleva consigo, en la sangre, y que la ve en sus ojos, y la oye en su voz. Donde hable, la oirá; don de escriba, la describirá: “En Hamlet hay una influencia pasajera: es Ofelia” -dice. “‘AI describir esta noble, simple, pura y deslumbradora criatura, he pensado en Nolina”. Y al final: “es el suyo el retrato de Ofelia que ha despertado tantos admiradores: son mis propios remordimientos los que yo he vertido en él, mis propias quejas las que alIi he expresado”.

¿Y cómo es ella? ¿Qué carne encierra tan amada esencia? No sabe­mos.  Cerrando los ojos para volverlos a mejores días, cada uno de nosotros buscará en el pasado el retrato de mujer que con más propiedad exprese tanta dulzura y que mejor despierte en nuestras almas las más gratas emociones. Unos pensarán que Nolina era rubia, fina, de risa blanca y brillante; otros la imaginarán bronceada, de ojo negro y triste. Como quiera que haya sido, su espíritu debió ser grande, que si no no habría sido tan amada de un hombre excepcional. La mujer a quien quiso Hostos así no podía ser mujer corriente: hay pruebas: aquí tenemos párrafos de la ultima carta, en ]a que aquella No]ina que parecería dulce y frágil si atendemos a la sensación de espiga que el nombre cariñoso procura, se nos muestra con una serenidad de remanso en la graved ad de las palabras: “Trate de olvidarme para que alcance un gran renombre” -Ie dice. ¿Despecho quizá? No, porque antes Ie suplica que no haga el viaje a la Argentina ya que jamás se perdonaría un accidente que pudiera Hostos sufrir.

No es despecho, sino grandeza lo que parece emerger del fondo amar­go de tales razones. Grandeza como la que necesariamente debía tener la mujer de quien Hostos quiso aplausos.

Todavía asido a su amor, Hostos contesta: “‘Yo no quiero olvidar que he encontrado en mi camino, bien áspero por cierto, una criatura generosa, tan bell a de alma como de cuerpo, de sentimientos como de ideas, que tuvo la benevolencia de creer en mí” 2.

Y ciertamente, la recordará muchas veces, con discreción, con oscu, ridades, con vagas alusiones. Recordará siempre que “‘jamas ha habido relaciones mas puras, mas dignas, más inmaculadas que las que han hecho

 

2 Hostos escribió a Nolina tuteándola; ella contestó tratándole .de Vd. AI responder a esa ultima voz de la amada, Eugenio Maria elude el ridículo de voIver a tutearIa y el dolor de llamarIa de Vd., y se dirige a ella como a una tercera persona. La cita del párrafo siguiente, que es de Ia carta mencionada, ilustra mejor que nada la forzosa y extraña posición de Hostos.

 

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tan triste para la dulce Manolita, tan venturoso para. mí, el año pas ado en el Peru”.

Quiza sea ella la defendida en la defensa que de los derechos de la mujer a ser científicamente educada hace en Santiago de Chile; y con toda seguridad es ella la recordada en todas esas exaltaciones que hace de la mujer peruana, de su belleza y de su inteligencia, cada vez que, con no importa que motivo, escribe sobre el Peru, la tierra de aquella Nolina inolvidable.

 

CARMEN LASTARRIA, O LA FUGA

 

Rastreando sus sentimientos, uno llega a convencerse de que Hostos amó con igual pasión a todas las tierras de America; pero no cabe dud a de que prefiere a Santo Domingo porque es la que mas se Ie parece a Puerto Rico y de que es en Chile donde mejor se halla. El caracter comedido, discreto y firme del chileno; su proverbial gentileza; el espíritu emprendedor y ordenado del pueblo, la fuerza institucional del pais, complacen de tal manera a Hostos, que sólo en Chile llega a enternecerse como buen hijo del trópico, cosa que jamas Ie ocurrió en su zona nativa.

Por otra parte, Hostos debió sentirse holgado en aquella privilegiada porción del Continente, porque fue allí donde encontró verdaderos y numerosos amigos, los que sentían como él y padecían como él por sus ideas de libertad, de progreso, de bien. La abundancia de hombres de primera calidad, en todos los sentidos y en todas las dimensiones, favo­reció la natural expansión del espíritu y de la mente del puertorriqueño, que alcanzó allí su pleno desarrollo.

A no ser porque una mujer decide, con su amor, un viraje dolorosísimo para él, Hostos hubiera permanecido mas tiempo en Chile y no sería arriesgado decir que Carmen Lastarria malogró para Chile grandes servicios, porque Hostos habría hecho una obra mas fecunda allí, donde todo Ie era propicio, que en Santo Domingo, donde él, como el campesino que se enfrenta a la naturaleia bravía, tumba, tala, quema y cerca, para que tras la primera cosecha vuelva por sus fueros el monte impetuoso y señoree a poco sobre la tierra consagrada por el solitario esfuerzo.

En junio del 73, el día primero, dice que la tarde anterior tocó hasta las lagrimas el dolor que había puesto en el alma de Carmen. Es la pri­mera vez que la menciona. “El sentimiento de la familia haciéndose mas y mas potente” -dice rindiéndose al mandato natural; pero a seguidas agrega: “t… trato de realizarlo y me espanto tan pronto la realización del sentimiento comienza”.

Carmen Lastarria, fina, con cierta altivez de mujer de alcurnia, vas­tago de un hogar apreciadísimo en todo Chile entonces y hoy, amó a Hostos con ese amor que se entrega sin reservas a todos los sacrificios que favorezcan el objeto del amor. Jamas se confesaron ella y Eugenio

 

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Maria que se querian: les bastaba mirarse a los ojos, o, hacia enero del 73, en los inicios del callado y triste idilio, estarse ambos en silencio, cuando Carmen veraneaba en la quinta de la familia y Hostos iba a verla. Recordando cómo ambos se sentaban en una de las hamacas que se mecían bajo los árboles frondosos, y cómo ambos temblaban de sólo pensar en decirse lo que era indecible, Hostos, ya en Buenos Aires, senna que los ojos se Ie llenaban de lágrimas. “Des de el fondo de mi abatimiento miro ahora más allá de los Andes y quisiera con toda mi alma estar alIi” -confiesa.

Es triste este amor chileno de Hostos. Al principio lo dejaba fluir, lo dejaba humedecer los ardidos senos de su alma. Habia llegado a Chile deshecho por una pasión; y la presencia de Carmen parecia dulcificar Ia rudeza del recuerdo y despertar en el amado el nino que duerme en todo hombre.

Pero ocurrió que un día alguien Ie preguntó a Hostos si era cierto que se casaba con la Lastarria, y él temió: “Tengo deberes que cumplir y carezco de posición para contraer matrimonio” -contestó-; y a seguidas, temeroso de temer demasiado, agregó: “Sin embargo, eso no sería imposible: uno puede casarse siempre que al hacerlo sea capaz de cum­plir con su deber: yo, por ejemplo, me casaría y dejaría a mi mujer por correr a cumplir con mi deber”.

Esa misma noche quiso saber si podia hermanar los dos deberes. Carmen, que de seguro amó a Hostos con un gran miedo de que él, tan renombrado, no correspondiese a su cariño, contestó, cuando él Ie preguntó si se casaría con un hombre pobre y si sería capaz de comprender que un hombre se debía a ciertos deberes, que la pobreza no era un obs­táculo y que comprendía la razón que Ie asisyía a quien cumplía con su deber abandonando otros.

-¿Y se lo recordaría usted misma? -inquirió Hostos. -Sí.

-Entonces míreme a mi.

“Brillaron sus ojos -cuenta él. Yo segui mirándoIa”.

La niña del sur pasa por el diario de Hastos asistida de no sé qué

contagiosa tristeza. Duele pensar que, cuando ya está segura, cuando ya sólo tiene que extender las manos para arrancar racimos de azahares, este Hostos tan fieramente pegado a su deber se desgarre el corazón y decida irse. Lucha, sufre; inventa pretextos. ¡Si el padre de Carmen Ie dijera aIgo, Ie insinuara algo. ..! Busca en sus palabras eI valor oculto, como si jugara una esgrima torturante. Le bastaría ver a Lastarria inclinado a que se quede, y se quedaría, con Carmen y para Chile.

Dice que se va, y vuelve a decirlo. En una ocasión propicia, ella, que se bebe las lágrimas, Ie asegura, en presencia de todos, que él va a convertirse, de mom en to, en una estatua de hielo. Esa frase lanza a Hostos

 

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a la fuga. Le disgusta que sean injustos con él. ¿Es. que no comprende Carmen cómo está su corazón?

Antes, ella Ie había dicho: “Usted no se irá”, y Hostos vio de pronto todo lo grave que había en su amor, luchando con sus deberes. Es raro que cuando Carmen Lastarria Ie demuestra más abiertamente que lo qui ere , él reacciona contra ella. ¿No habría en el fondo de esa pugna un miedo a quererla demasiado? ¿No ocultarían esas reacciones una ver­dadera gran pasión, entorpecida por el discreto ambiente del sur?

Los días que preceden a la salida son conmovedores. Una por una, Hostos va despidiéndose de las familias de su aprecio. Cuando dice adiós alas Lastarria procura que Carmen no lo vea irse, y después, en la calle, siente que se la agolpan las lágrimas en los ojos y para no dejarlas caer se cuida de no tropezar con las piedras del arroyo. En su casa, al otro día, encuentra unas violetas. Hostos comprendió. Besó las violetas, “ar­dientemente” -dice. Era la prenda postrera del carácter dulce y firme de la amada. La segunda edición de Bayaán se estaba imprimiendo en­tonces; tomó la primera página y escribió: “A Carmela, Hostos. Ni un suspiro, ni una queja, ni una lágrima”, palabras de Bayoán al salir de Cuba. Y he aquí cómo un libro que quiso reeditar por una mujer, por Nolina la peruana, Ie servía para anestesiar la tristeza sin nombre que lo envolvía, por Carmen, por Chile, par su sueño de hogar sacrificado al sueño de patria. Por su fuga, en fin.

 

LOS FANTASMAS DEL PASADO

 

La vida se está haciendo triste para Hostos. Un pseudo amor en Colombia, la pasión en el Peru, la ternura en Chile: todo lo ha ido abandonando, y a medida que siente el indecible dolor de esos abandonos, va poniendo en el cumplimiento de su sueño de patriota las energías que rest a a su felicidad. Pero no logra engañarse. De nada vale que se lance en Buenos Aires a una frenética campaña en favor de Cuba, a otra en beneficio del ferrocarril trasandino proyectado por Juan Clark; de nada que Ie mimen escritores y políticos, Guido Spano, Bartolomé Mitre, Sarmiento, entre ellos. Los fantasmas del pasado están socavando su fuerza y sólo en la fuga inacabable hallará consuelo el mártir de su deber.

Para que no se vaya, los amigos hacen que Ie ofrezcan una cátedra de historia de la Filosofía en la Universidad de Buenos Aires; él agra­dece la oferta y a la carta en que se la hacen contesta con otra en la que explica, brevemente, que ninguna razón puede sustraerlo al cumplimien­to de su deber.

Entre días se rinde. Sueña con Carmela y llora; lee a Leopardi y no puede callar: “jAh Nolina!” -se queja. Querría volver a Chile; pero él sabe que el pasado no se rehace. Y un día, perseguido por los fantas­mas de su perdida felicidad, parte. Va exaltado. En el Brasil escribe

 

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algunas de sus más bellas páginas; alIi, frente a Santos, confiesa: “No sé si por falta de Eva, símbolo del fin afectivo de la vida humana. ..la felicidad es un concepto vaclo para ml”. Anda triste, y la recia natura­leza Ie remueve el oscuro y callado fondo de dolor.

El 26 de julio del 74, ya en Nueva York, empieza a recordar: “‘Hace justamente un año -escribe- que jugué la felicidad de una noble cria­tura y Ia mla aI azar de un deber imaginario”.

No ha podido cumplir ese deber y Ie duele el fracaso. La miseria Ie va cercando. Muere su hermana Lola y sufre por el padre. Malos dlas aquellos. En septiembre Ie escribe un amigo chileno “. ..(su) vida de incesante sacrificio, lo ha obligado a renunciar a la dulce paz grata a su alma y alas puras delicias del hogar para Ias cuales parece haber nacido su naturaleza eminentemente buena y afectiva”. Hostos se con­mueve leyendo Ia carta. Sigue triste, no tiene trabajo, a veces carece de con qué comer.

El otoño entra y llueve. “Pienso en eI invierno y viéndome sin tra­

bajo y sin recursos, pienso con estremecimiento en los dIas por venir” -dice. Otra vez Carmela, y ya su tristeza es tan grande que él mismo la teme. “Nada más natural -afirma- que una tristeza. ..cuando mezclo el recuerdo de Cara al de Colombia, el recuerdo de Nolina al del Peru, Ia memoria melancólica de Carmela a la de Chile. ..: que tal canción que oí aquí cuando creía amar a Cara; que eI resonar de la canción criolla que a Nolina y a mí nos gustaba; que Ia Stella en que se fijan mis más queridos recuerdos de Carmela; que Ia marcha de Ios jíbaros que evoca Ia pasión arraigada de mi patria;. ..me haga sentir angustias”,

“‘He perdido -se queja- todas Ias mujeres que hubieran podido amarme, dirigirme, sostencrme, hacerme feliz, hacerme desgraciado, hacerme conocer una parte del movimiento de Ia existencia”,

Esa tristeza tiene Sinl duda una raíz sexual, aunque está agravada por Ia falta de trabajo y de medios de subsistencia. Nótese cómo se com­place en recordar alas mujeres que Ie han amado; y todavía se pensarámás en tal raíz cuando se sepa que, con trabajo bastante bien remune­rado poco después, lo abandona para tomar parte en Ia fracasada ex­pedición del “Charles MIiller” y que, entre otras de Ias razones que lo llevan a Cuba, además de la ineludible e inargumentable de su deber, está Ia de que quizá encuentre en Cuba una compañera con quien formar su hogar.

Hostigado, fracasado como revolucionario activo, siempre dispuesto a salir hacia eI campo en guerra tan pronto se lo pidan o se organice algo, queda desorientado en Nueva York hasta que’ recibe cartas de Puerto Plata, desde donde Ie llaman Ios cubanos y puertorriqueños y los dominicanos que Ies auxilian.

 

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Cerca de un año después vuelve a salir. No hay ni ,el mas leve indicio de que su corazón se interesara en Puerto Plata 3. La historia de sus amores se corta de pronto para no reaparecer hasta el año 77, en Caracas, don de había de anclar su corazon. Había llegado en noviembre del 76 a Puerto Cabello. Ya estaba en sazon para el amor. lba a cumplir treintiocho años; Ie dolía en lo hondo del alma haber sacrificado sus sentimientos varias veces. Se sentía solo, abrumado. Quería otro clima y con mucha reticencia Ie explicaba en carta a un amigo que vivía en Ca­racas que era un clima espiritual mas propicio el que deseaba. Paso entonces a la capital de Venezuela donde había de encontrar a Inda.

 

INDA, REMANSO Y ESTIMULO

 

“Como Bayoan a Marién, así conocí yo a Inda: de pronto, de repente, sin saber siquiera que existía, sin prever el influjo de su existencia en mi existencia” -dice Hostos cuando va ha transcurrido cerca de un año de su union, mientras la compañera esta ausente.

En aquellos días en que Ia necesidad de lnda va conformando su destino y dirigiéndolo hacia la etapa cimera de su vida, Hostos, en­tonces en Puerto Cabello, se da a evocar las horas tormentosas de sus amores; a relatar los ardides, los desconsuelos, los júbilos, toda esa suma de emociones diversas que forman en conjunto el amor. Recuerda al pastor cuya presencia en casa de la amada supo utilizar para sus fines, primera vez que lograba manejar un hombre a su antojo; la protección amable de Lola Tio para los enamorados, las oposiciones de la madre de Inda. Padece de felicidad. Evoca los días mejores de su reciente union; se siente agradecido de Inda porque lo quiere, y llega a perder a tal punto su centro de gravedad, que aquel impenitente positivista piensa un día, evocando a la madre muerta, que lnda es un regalo de doña Hilaria. Hablando de la nunca olvidada, dice: “‘La profetisa no ha muerto: la profetisa vive con Ia doble vida de su propio ser en donde hoy viva, y con el ser de mi lnda bienamada, que yo no sé por qué desusada inspi­racion de mi espíritu enemigo de todo lo que me parece sobrenatural, se me presenta con frecuencia como donativo de mi madre. Y hasta las fechas del nacimiento de una y de la muerte de la otra, me induce a esa dulcísima supersticion: Inda nacio en el mismo año en que murio mama”.

Conmueve ver que tal hombre, verdadera encarnacion de sus ideas, se tornaba un inseguro buscador de explicaciones extrahumanas cuando el amor Ie hacía paladear las esencias divinas que solo él regala.

 

3 Una carta de un amigo, cuya firm a no aparece, escrita desde Santo Domingo y que acusa recibo del primer número de Los Antillanos, el periódico que creó Hos­tos en Puerto Plata, se refiere a la resistencia del puertorriqueño al arnor. “Arne Ud. a una cuban a o borinqueña; ell a y sus hijos Ie haran mas poderoso para seguir cornbatiendo” -dice el amigo-. En la carta se alude a una Filita y a una Mirna; pero no se dice claramente si Hostos tuvo algo que ver con alguna de elIas.

 

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Pero ,quién fue lnda? ,Quién la mujer que realizó el milagro? ,Era siquiera mujer?

Cuando Hostos la conoció no tendría más de catorce años; él aca­baba de cumplir treintiocho. Sin duda tuvo des de muy niña juicio y apariencia de mayor de edad, porque la noche en que la conoció, llevado por su padre, que quería presentar al famoso propagandista a su familia, Hostos la confundió con la esposa del doctor. Desde que la vio compren­dió que alIí había de rendir aquella intimidad rebelde a la ley ineludible. Las páginas de su diario van marcando día tras día los flujos y reflujos de aquella pasión. lnda es muy niña; todavía no tiene carácter definido, y él, que irremediablemente ha de casarse con ella, que ya no quiere ni puede rehuir más el fantasma, empieza a ir conformando aquella alma a su gusto y manera. A veces padece por algunas niñadas lógicas en sus años; por lo que él llama “indiscreciones” o porque ell a no atiende a sus recomendaciones para que estudie el piano; a veces padece por la distancia de tiempo que los separa, pero se consolará pensando que ‘”la edad, sobre todo cuando la vida ha sido pura, importa poco en el ma­trimonio”. Recordará a todas las grandes parejas de la historia que estu­vieron en su caso. Desde Jesus hasta Richter, pasando por Sócrates, por Colón, por Abelardo, por Homero, por Gutenberg, ninguno de los viejos am ados por jóvenes se escapa a su deseo de encontrar antecedentes en la historia. Consolado a medias con tales razonamientos, confía en que “tal vez no m’e equivoque cuando hasta el triunfo de mis ideas y de mi nombre espero de este amor”, segun afirma, intuyendo, o compren­diendo, mejor, el poderoso influjo que ha de tener en su vida la paz sexual que hallará en su unión.

Para hacer de lnda su verdadera mitad, Ie da lecciones, Ie presta libros anotados. Poco a poco, aquel botón de gran espíritu se va abriendo bajo la mirada amorosa del cultivador. La niña empieza a enamorarse pa­sionalmente de los sueños de Hostos. Hija unica de emigrados -puesto que su hemano había muerto-4, comprendía la tortura del buscador de patria, y la alentaba. El hecho de fijarse ‘en un hombre que Ie llevaba tantos años denunciaba ya en ella un espíritu de selección, con tenden­cia a la gravedad. No es extraño pues que, recién casados, un día en que élle preguntaba con qué se quedaría ella si él se iba a la revolución de Puerto Rico, ella Ie contestara que con su conciencia. Quien respon­día allí era el propio Hostos, es decir, su hechura, la proyección de su espíritu.

4 Del segundo matrimonio, dona Maria Guadalupe Quintana hubo dos hijos: Filipo, que murió joven, y Belinda Otilia, la lnda de Hostos. Dona Maria Guada­lupe había enviudado de Sir James Darrymple, caballero inglés que estuvo en La Habana hacia 1854 comisionado, con otros, por el Gobierno inglés para estudiar los detalles de un tratado comercial angloespañol. La hija única de ese primer ma­trimonio, mencionada alguna vez por Hostos en su diario, casó en Caracas con un catedratico de la Universidad, el Dr. Velasquez Level. Ya estaba .casada cuando Eugenio Maria conoció a lnda.

 

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Los amores no dejaron de tener su amargura. La madre de Inda no concebía que su hija se uniera a un hombre pobre y, aunque muy sutil­mente, muy reticentemente dicho, Hostos deja entrever que hasta el padre, el doctor Filipo de Ayala, no veía con gusto aquella unión.

Pero no vamos a hacer aquí la historia detaIl ad a de este amor. Ya va para largo esto, aparte de que esa historia est a escrita por el propio Hostos en las más de cien páginas que escribió sobre Inda.

Un dia -ella fue terca, como que sabia, tenia la intuición de que iba a ser feliz- se unieron. Esto ocurría en julio del 77.

Hostos fue al matrimonio con la plena conciencia de que iba a gozar la paz definitiva de su vida, la que Ie permitiría realizar una obra digna de sus fuerzas. No tenia dinero ni cómo ganarlo; pero el dinero como todo lo adyacente, sería un result ado de su paz.

Hombre de suma razón, sabia que el am or es la manera de satisfacer la mas recóndita de las necesidades naturales, y que por ello el am or debe conservar su fuero de religión ideal, con derecho y exigencia de sacrificio cotidiano. Mantenerlo implica una consagración tan rendida, que aquel que no se Ie consagre del todo lo dejará morir al primer descuido. ¿Y puede permitir tragedia igual un hombre que sabe a con­ciencia que la paz sexual es la base de su obra?

Otro aspecto del amor en los seres de conocimiento profundo es el de su proyección en el tiempo. La animalidad se sacia demasiado pronto; al espíritu toca vencer esa propensión de nuestra bestia, porque es rebajarse ante sí propio descender de la categoría casi divina en que el amor nos coloca. El amor verdadero consiste en un olvido absoluto de la ley de la especie, logrado mediante la gozosa enajenación de las almas en la comunión eterna y elevada. Esa comunión exige que se la alimente minuto tras minuto, como si se tratara de un rito de días tribales, cuan­do el hombre temía y adoraba a un Dios terrible que repartia bendicio­nes y desgracias.

Asi, como a un Dios exigente, porque no hay bendición mayor que el júbilo de quienes sirven fielmente al amor, ni desgracia comparable a la de verlo morir poco a poco, a medida que el mandato natural pierde fuerzas para mantener su prestigio.

Hostos lo sabía. Por eso él fue un devoto de esa divinidad y enselñó a lnda a serlo. La amó toda su vida como el primer dia; la enseñó, la formó, la atendió siempre con igual celo 5.

5 Hostos fue al matrimonio seguro de que iba a la felicidad consciente. Dos días antes de realizarlo, obsequió a Inda la Vida y viajes de Cristóbal Colón de Washing­ton Irving. He aquí la dedicatoria con que acompañó el obsequio:

“Como Colón, vamos a embarcarnos para un mundo desconocido. Ya se va el equipaje, ya se rompen las ataduras materiales que nos ligan al lugar en que hoy estamos y al estado en que hasta ahora hemos vivido. De aquí en adelante, los dos solos ante la conciencia; y la responsabilidad del deber buscado y aceptado, en el fondo secreto de la conciencia.

Como Colón, 10 desconocido por delante, la oscuridad en medio, la tristeza del pasado alIa atras. Si llegamos a donde queremos, un nuevo mundo de ventura: si no sabemos llegar, un mundo nuevo de infortunios.

Colón supo lIe gar a Guanahani: amparémonos en su noble vida y aprendamos en ella a llegar al término del viaje.

Yo estaré siempre contigo, lnda mia. Apóyate bien en mi brazo y en mi seno, y llegaremos.

Eugenio Maria”.

 

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Con las noticias primeras del fracaso de Cuba, recibidas en Puerto Cabello, Hostos y su compañera decidieron la separación; ell a iría a Puerto Rico mientras él buscaba su nuevo rumbo. Se va Inda. Hostos quedó enloquecido por aquella ausencia. Piensa cn Curazao, en Santo Domingo, incluso en volver a Puerto Rico. La falta de cartas Ie causa dolores físicos. Teme a todo. “Desde que tengo a Inda -afirma- me parece que hasta el rumor del aire puede convertirse en daño de ella”.  Además, está endeudado y sospecha que la reaccion clerical Ie hará un mal. Pide dinero a su papá, y el dinero tarda. Cree que una llamada “Beata” y los que están detrás de ella lo llevarán a los tribunales. Pero de todos estos dolores, el mayor es la falta de Inda.

Cartas de Luperón, que contestaba a unas enviadas por intermedio de lnda, Ie dicen que no es cierto lo de Cuba. Decide salir y embarca ha­cia Saint Thomas. Está casi un día en el puerto de Mayaguez; su padre Ie envía dinero, pero no permite que nadie vaya a verlo. En Saint Tho­mas Vicente GarcIa Ie da detalles del pacto del Zanjón, comprende que no puede y no debe volver a Puerto Rico, vive las horas más tristes que pueden concebirse, y -actitud conmovedora- escribe los cuentos a su hijo, que todavía tardará un año en nacer, en los cuales exalta las vir­tudes de la esposa ausente. A poco decide pasar a Santo Domingo. Alláse Ie reunirá Inda, y, ya en paz, iniciará su gran obra.

Hablando de doña Belinda, una persona de mi país, que la conoció cuando todavía no pasaba ella de los diecisiete años, decía que “era linda como una lámina”, jovial y amable, con esa jovialidad que nace de la salud física y moral; pero que no tenía cultura mayor, a pesar de que estaba muy bien educada.

Años después, Inda escribía un libro de impresiones que fue muy elogiado por quienes conocieron los originales 6; escribió la letra de un himno a Puerto IRico que compuso Hostos; escribió cartas, que sus hijos conservan, llenas de juiciosas observaciones y que denuncian una cultura sólida y, sobre todo, un juicio directo y sereno; formó asociaciones de instrucción en Santo Domingo; ideó la supresión del juguete de carácter bélico, sugestion que acogió, por mediación de la delegación dominicana, la Liga de las Naciones.

¿Que significa tal superación? Significa que aquella compañera quiso ser siempre digno del suyo, y fue elevándose, completándose, desen­

 

6 Lamentablemente esos originales se perdieron cuando ya estaban listos para ser publicados.

 

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volviendo su personalidad hasta lograr ser, como lo fue, una mujer que no desdijo de la intuición que acercó a su vida a uno de los mas grandes hombres de la raza. Esta superación, amparada y mantenida por el pro­pio Hostos, hubiera bastado a justificar la paz que logró el Maestro, la que Ie permitió reunir toda su energía en un solo haz, si no la hiciera mas interesante a nuestros ojos el hecho de que a la vez que se superaba, lnda iba encontrando mas deberes en la multiplicación de su familia. No dejó de ser esposa y madre para ser compañera de inquietudes. Debió ser de gran jubilo el día en que lnda Ie dijo a Hostos que había ahorrado lo bas­tante del escaso sueldo que recibia en Santo Domingo, y que con esos aho­rros se podia comprar una casa. El sueldo llegaba ya desmedrado, porque Hostos Ie enviaba a su padre mensualmente cantidades que en ocasiones eran de hasta el cincuenta por ciento de sus entradas. Luego, lnda había realizado el milagro de los panes y los peces. No en vano se Ie mostró él siempre tan agradecido.

-Pero, ¿fue feliz? -preguntará alguien. ¿No tuvo borrascas su vida de hogar?

-No lo creo. Ni ella ni él ignoraban que el amor es como red de araña, que jamás se recose. Pero algo debió él sufrir cuando los pa­dres de lnda fueron a vivir a Santo Domingo. La madre era mujer de carácter fuerte. “‘El suegrón”, la llamaba Hostos entre sus amigos. Ha­bia sido la enemiga de su felicidad en Caracas, ¿por qué no también alIi? Desde luego, conocida la delicadeza de Hostos, nadie busque pruebas de desavenencias con la suegra; pero aquel que se familiarice con el carácter del Maestro hallará motivos para pensar que si las hubo: Hostos fue implacable cuando se era injusto con él: no dejó pasar por alto una injusticia; algún medio de castigarla encontraba. Entre papeles de al parecer ninguna importancia, hay un recibo escrito de puño de Hostos que reza: “‘He recibido del señor Eugenio Maria de Hostos la suma de ciento ocho pesos oro en pago de un préstamo de ciento que Ie hice”. La firma es de doña Marla Guadalupe de Ayala. He ahí la forma que tuvo Hostos de armonizar su delicadeza con su sentido de la justicia: ese recibo, que denuncia cómo la suegra Ie cobraba ventajas al marido de su hija, acusa a una persona interesada. Hostos conservó el documento. ¡Bella manera de castigar, remitiendo su venganza a la posteridad!

Pero no tardaron mucho en separarse. Lilís 7 iba agarrotando a la Re­publica Dominicana y si bien no es cierto, como algunos aseguran, que molestara a Hostos, éste comprendió que no podría vivir en el ambiente que se preparaba. Pero quizá no era ése todo su interés: ya hemos vis to cómo Hostos acostumbraba a conciliar su necesidad intima con la de la dignidad de nuestros pueblos. ¿No sería también aquella una coyuntura admirable para librarse de posibles inconveniencias hogareñas? Apenas

 

7 Lilís, sobrenombre de Ulises Heureaux, el tirano dominicano, muerto a bala­zos el 26 de julio de 1899, tras trece aDOS de dictadura.

 

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lo preguntamos. Nada puede confirmar esta sospecha. Si además de a Lilís aquel viaje era una manera de esquivar a dona María Guadalupe, el propósito perseguido fue alcanzado, porque en Chile tuvo Hostos la sa­tisfacción de vivir en un pueblo digno y la de ver su hogar en espontá­neo y armónico desarrollo.

En efecto, lnda logró su completa graved ad moral e intelectual en aquella tierra donde la armonía parece ley suprema. Ocurría que ell a era un espíritu que exigía grandeza en su torno. Le gustaba la vida en grande. Desde luego, no podemos olvidar que era vástago de familias de rango material y moral. Sus padres habían sido confinados a Fernando Poo, por patriotas, y empobrecidos; pero a ella la criaron como a hija de casa de lustre. En Chile alcanzó su pleno desarrollo, y dio a Hostos los días más felices de su vida, recibiendo en su casa, como de igual a igual, a las más eminentes cabezas de Santiago, que encontraban placer en departir con tan amable anfitriona. Educaba a sus hijos, y ya el mayor había alcanzado el grado de subteniente en la Escuela Militar, inclinado sin duda hacia la profesión por herencia paterna -porque no debemos olvidar que la aspiración de Hostos era ser oficial de artillería-, cuando el curso natural de los acontecimientos americanos se desvió de improviso: Estados Unidos había declarado la guerra a España.

Hostos, que además de hombre de razón poderosa era sujeto de una intuición admirable, adivinó que el Nuevo Mundo estaba al borde de padecer uno de los sucesos más trascendentales de su historia. Percibiendo y diciendo, llegó a su casa con aspecto de iluminado, como si de golpe lo hubiera poseído un espíritu hechizador. Le dijo a lnda que debían par­tir de inmediato, porque su deber era intervenir para encauzar los desti­nos de Puerto Rico hacia su curso lógico. Pero en aquel in stante la reac­ción de lnda, que era madre y había logrado ya establecer su hogar en ba­ses sólidas, que necesariamente defendería ese hogar contra todo peligro, fue la reacción de la madre. Abrazada a los pies de aquel admirable esclavo de sus sueños, lnda clamó y lloró por sus hijos y por su hogar, Hostos, humano por casi divino, comprendió, pero ya no pudo volver a ser el Hostos de antes. Encanecía por horas; se iba ago tan do en el dolor de no cumplir su deber con la patria. Pasada la primera impresión, que la hizo actuar por reflejo, lnda se dio al padecimiento de ver al compa­ñero desmedrándose, como una luz cuyo pabilo se acaba par segundos. Y ahí procedió ella como debía proceder la compañera del hombre insigne

-Hazlo, Hostos, Dios no habrá de abandonarnos -dijo.

Hostos salió con su hijo mayor hacia Washington. En Caracas tomó dinero prestado “para trabajar por la libertad de Puerto Rico”, según reza el pagaré sin plazo que firmó entonces. lnda, mientras tanto, con el dolor que debemos suponerle, se dio a desmantelar aquel hogar donde tantos sueños venturosos había tenido y donde se habían consumido las energías de casi diez años.

 

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Lo que Hostos hizo aquí merece estudio aparte. Cuando retornaba de Washington, adonde fuera como miembro de la Comisión de Puerto Rico, halló que los niños de Juana Díaz Ie recibieron cantando su himno a Puerto Rico. lnda Ie había escrito la letra y había preparado aquella recepción que debió con mover al luchador.

En año y medio, el maestro infatigable no descansó un minuto. Ha­bía est ado sesenta años tratando de que su destino Ie deparara un pueblo sobre el cual trabajar. Creyó que era Puerto Rico y se dio a su deber con toda la fe y toda la energía que hallaba en su vehemente amor a esta tie­rra. Pero nadie es profeta en su tierra. Así, cuando el presidente de la República Dominicana Ie cablegrafió: “Pais, discípulos espéranlo'”, volvió los ojos hacia días pasados, gozó la delicia del recuerdo y, como quien retorna a la patria no vista, tomó por Ultima vez el camino de la tierra que amaba por parecerse a la propia.

Sin duda alguna, Hostos debió conmoverse con la recepción de los dominicanos. Le aclamaban como a un salvador, y en los pueblos del interior Ie recibían con arcos de triunfo y bandas de música. Debió conmo­verse, pero debió también sufrir mucho, porque fue así como debió tra­tarlo su Puerto Rico.

En la lucha de sus tres últimos años, lnda fue camarada. Organizó asociaciones de enseñanza, que ell a dirigía; esmeró su amoroso trato con el hombre que necesitaba todos sus minutos para luchar por la instrucción de un país que hoy lo venera como el padre de la patria mental; hizo de su hogar un centro activo de trabajo por la enseñanza. Pero el des­tino había secreteado ya su palabra, que era bien amarga para mi tierra.

En lo mejor de la lucha, plenamente capacitado para realizar su pro­grama desde el poder, Hostos vio el derrumbe de sus sueños en la revolución del año tres. Ya estaba cansado y quería a aquel pueblo con amor paternal. Pensó en mandar su familia a Cuba, y quedarse eI allí, porque sentía que no podía arrancar a su corazón otra despedida. Vio caer en aquellos días trágicos a discípulos suyos de la Normal. Como una obsesión lúgubre, esas muertes Ie perseguían día y noche. Tuvo que refugiarse en un barco de guerra norteamericano. Es inconcebible cómo pudo sobrevivir a tanto sufrímiento un hombre a quien el sufrimiento moral Ie desmedraba como a nadie.

 

LAS DOS UL TIMAS AMANTES

 

En tales días, lnda estuvo a la altura de su deber. Fue la compañera, la cariñosa compañera que eI necesitaba. Pero lnda no sospechaba que en la vida de aquel hombre iban a intervenir dos hembras ineludibles. La una, descarnada e insaciable, empezó a rondar su casa por los primeros días de agosto de 1903. En menos de una semana aseguró la presa. EI día once, bramador y majestuoso, el mar mostraba aquella faz bravía que

 

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siempre había impresionado a Hostos. El medico lo dijo, y Hostos quiso verlo. Levantó la cabeza unos segundos, después la dejó caer de golpe, sc Ie amorató el rostro. “Ha estallado esc gran corazón” -aseguró el me­dico de cabecera, don Francisco Henríquez y Carvajal.

Justamente a las once y treintiocho minutos de aquella noche tormen­tosa, la hembra descarnada había logrado su conquista. Había perdido lnda la batalla de su amor. EI hombre que Ie fuera fiel hasta en lo mas recóndito de su ser; el hombre por quien había luchado y soñado, por quien había logrado el pleno goce de su vida, había caído en las manos de una insaciable que no podía comprenderlo.

Pero no había acabado todo allí. Una vida como la de Hostos no se seca en un minuto: florece por los años de los años, inacabablemente. De la voracidad de esa am ante iba a vengar a doña lnda otra, delicada, que alma a la sonrisa de Nolina la discreta dulzura de Carmela y el celo amoroso de Belinda. Llena de luz en sus ojos, de celestial armonía en el olímpico gesto; dulce y amable, pero enérgica en sus propósitos, la ultima amante no tardaría en descender hasta el talamo a que llevó la otra al ser de excepción que se llamó Eugenio Maria de Hostos.

De esta amante admirable no podía tener celos la lnda desconsolada. Era tan bella, era tan brillante su mirada, tan dulce su presencia que lnda se fue consolando en la idea de que una mujer superior a ella, por lo eterna, había de ser la compañera ya definitiva del hombre a quien amó y admiró con amor y admiración de gran espíritu.

Esa amante, esa ultima, que sonríe esta noche al conjuro del nombre de Hostos, que no Ie exige sino que Ie da; que se entregó entera a él con generosa actitud, fue ganada por la razón extraordinaria del Maestro, por su infatigable dignidad, por la grandeza sin medidas de su alma.

Estoy nombrando, señoras y señores, a la lmmortalidad.

 

San Juan de Puerto Rico,

Noviembre de 1938.

 

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