Hostos y Albizu Campos

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HOSTOS y ALBIZU CAMPOS


De Hostos es preciso hablar con probidad, Porque fué él encarnación apostólica de la probidad y en su ara tiró el,río impetuoso de su vida, y a lo vivo, porque vivo está aún su aliento soberario que es ya, para nosotros, una de; las datas esenciales de América, y no a la manera del adocenado que celebra el fasto sustancioso sin sobresalto de vida, friamente y todo él olvidado de que aquello que Hostos representó en la tierra anda vivo y dando guerra y no cuel o componenda al mal y como prolongando en el tiempo y el espacio los hervores de su quemadora llama que latio siempre en pos de escarpado ideal. Los ideales-conjugacion religiosa y trascendental de las ideas-imperan imponderables, sobre el haz del mundo, mas fuerte que la fuerza material de los poderosos, y se amasan con sangre y gritos y lagrimas y el poseido que los padecio tiene derecho, despues de muerto, al respeto de los zafios y los perfidos que quisieran certificar muerte definitiva del heroe y hablan de el como de un remoto acontecimiento extinto, extinto y ‘bien pulverizado ya en las cenizas de un inasible preterito.


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Hablar de Hostos es renovar el fragor de un combate en el que el gran puertorriqueño está más vivo que nunca; el de la independencia politica de su Isla y la independencia de toda.”la  America de progenie india e ibera. Menos no tiene sentido cuanto de él se diga y más vale  no abrir la boca, siquiera, si su recuerdo solemne ha de servir tan sólo para urdir huera literatura de ocasion. Por la honra de su Puerto Rico hirvió y murio y no es posible desenfenderse de este móvil capital de su fiebre ni, de las condiciones en que se planea realizar el homenajeen su terrori de origen aherrojado por grilletes que, a existir el apostol’dhoy; tendriale en el exilio o soterrado  en una penintenciaria de los Estados Unidos, como a Albizu,Catnpos, hostiano de verdad y tnartir  de la misma hambre plunzadora de justicia que sufrió Hostos.

           De Hostos hay que hablar en son de  guerra o no hablar y yo quiero hablar de el, de su olor de hombre, de su gran rabia redentora, de su  significado revolucionario y americano, y no he de ponerme sordina ni mentir tono hipócrita de alabanza  a su mera obra escrita para, a su sombra, silenciar cobardemente los territorios fundamentales en los que  revolvio el coraje y la vida, sólo porque está muerto y no puede levantarse de su hoyo a gritar que sólo  se le importa la suerte de Puerto Rico esclavo y que quien pretenda aludir a su gloria divorciando de


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ella o callando su delirio libertario, es su enemigo. El unico homenaje honrado a la memoria  de Hostos, en 1939, a cien años del enero aquel en que abrió los ojos visionarios en la vega de Mayagúez, estriba en rescatar la libertad de Puerto Rico, causa a la cual dedicó la existenia el iluminado.  Todo esto es cruel y resulta, si no se pone en ello probidad, una monstruosa farsa. ¿Es que Hostos consagró el denuedo a servir a los intereses de España que tenia esclavizada y amancebada a su Isla o peleó con ella, llevando el ruido de suIea al ambito todo del Continente ?  ¿Es que el grito de Lares, proferido en septiembre de 1868 y que alzó revolución contra la ignominia  de la dominación españa no se repite años tras años en el boato doloroso de las holladas selvas borinqueñas,  y demanda guerra contra la ignominia de la dominación norte americana? ¿Pues, cómo celebrar a Hostos,  de acuerdo con quienes vejan a su patria y mantienen la encadenada, sin temer que el santo se levante de su tumba y se ponga a aullar desesperado de encrespada rabia ? Es, por ello, que los americanos honrado no estaran presentes en el homenaje oficial de Puerto Rico a su heroe capital. Quizás en el centenario de su muerte allá en el 2003, a la vuelta del misterio del siglo veintiuno lo estarán los pósteros de quienes ahora nos ponemos colorados de verguenza de sólo pensár  que pudiesemos escarnecer la memoria de Hostos festejándolo a espaldas del pu-


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dor en tanto sus ideales andan maltrechos y perseguidos y encarnecidos y asesinados precisamente por aquellos que Ilaman a América a celebrar el centenario de su natalicio. Y no es que no tenga nada  que decir personalmente en contra de la honorable Camisión del Centenario de Hostos, integrada  por gentes de primera de Puerto Rico y de la cual, al igual que otros escritores de América, sólo he recibido  finezas y efusiva consideración; pero no es posible pensar en serio en coludirnos todos contra la memoria de Hostos celebrandolo bajo la ferula de los victimarios de su Isla que tienen a los patriotas en el destierro o en la cárcel.  A Hostos solo  cabe celebrarlo en Puerto Rico cuando su patria sea libre como el la sofió o a balazos ahora, pujando por desasirla del grillete del opresor extranjero.  En el Boletín número 3 de la propia Comisión, editado en San Juan en septiembre de  este 1938, figuran unas palabras mias cuyo alcance me parece conveniente delimitar honradamente y que dirigi a propósito dé solicitud que se me hizo para agregarme al homenaje americano a Hostos; decia yo que “una obra de tan largo aiiento como es la de dar interpretación americana y universal a la vida caudalosa de Eugenio Maria de Hostos demanda ciertas aptitudes de eficaz conocimiento del heroe, que yo no poseo”. El viejo refran mexicano asevera que lo cortes no quita lo valiente.  Poseo sobre Hostos una vision remota y trascendental; pero siento


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que no es posible escribir sobre él sin callar la ronca protesta ante el atentado del imperialismo  que cébase en su patria y hoy llama a jubilec para homenajear a quien peleo contra la opresión  y la iniquidad.  Cuando los hijos de Albizu Campos el apóstol de la independencia borinqueña– o  los del honorable Juez Presidente del Tribunal Supremo, o los del honorable Comisionado de Instruccion, o los del honorable Cancille’r de la Universidad, o los de cualquier general o politica vernaculo  batiente el extremado acontecimiento de la gloria de Hostos.  Menos, no.

           En otro de los boletines que  periódicamente edita la Collision del Centenario de Hostos, leo que ha sido invitado a escribir la vida del apóstol Emil Ludwig.  Al efecto, transcríbese  allí comunicación del célebre biógrafo de Napoleón y ei Kaiser Guillermo II, en la que se expresa que “se siente interesadisimo en el caracter de nuestru héroe.  El senor Ludwig espera que sea posible llegar a un acuerdo, mediante el cual pueda proceder a la redacción de la biografia de Hostos, cuando termine, durante elotono de este ano, la de Simon Bolivar”   ¿Y que diablos tiene que hacer Ludwig con Bolivar y con Hostos ?   ¿De donde le viene esta fervorosa devocion por el destino y los grandes de la barbara America?


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Antójaseme todo ello sencillamente ridículo y doloroso, porque a la claras denuncia que America la vilipendiada América nuestra — no se resigna a dejar de ser vasalla.  ¿Que sabe Ludwig de Hostos, y de Puerto Rico, y de America, y del secreto del mundo que se fragua en horno de sangre y embeleso, y del horror primordial de nuestras patrias, y del misterio del suelo nuestro, y de la tierna noche del bate y y el alba de liquidambar de la alta puna, y de la tristeza irredenta del indio y el negro, y de nuestras fieras pugnas libertarias — Iibertarias por entero y no a la europea — porque de cada una de ellas emerge el ser mas y mas libre del poder de su tiniebla original? Ignoro quienes entenderianse con Ludwig, desde Caracas, para pagarle a precio de oro — menos no escribe una pagina, asi se trate de Jesus, o de San Francisco, o de Dostoyewsky, o de Martí, o de Hostos una biografia del Libertador; pero el heho acusa frivolidad y delata amarga evidencia colonial. El biógrafo ese no es sino un mero condqtiero de las letras y acostumbra a tasar a los grandes por las pilas de dolares que pueden producirle. Quizás mañana aparezca en Buenos Aires, tratando de entenderse en pesos argentinos para escribir la vida de San Martín o Rivadavia o Sarmiento — que se le importan tanto como a mi la de Patcu, o la de Millán Astray, o la del Convidado de Piedrao en Quito, negociando sobre las cenizas de Mon-

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talvo, o en México, cotizando su firma para estamparla en un libro sobre Hidalgo, o Juárez, o el mandatario en turno… Y se me sale toda esta turbonada porque la América a la que soñó precisamente Eugenio María de Hostos redimir de su condición esclava Y poner en pie de decoro, insiste en proseguir postrada a los pies de la ferula europea, no porque la actitud en si de Ludwigna— digna al fin, del consumado comerciante que es me esueza poco ni mucho menos digo yo lo que el digo Pensando un solo segundo en que es un judio, como pudiera presumir el estólido de los racismos de ahora. Para los judios y solidaridad.  En buenos Aries el ghetto todo se compone de amigos mios, algunos de los cuales, como César Tiempo, el gran hebreo y el gran argentino, figuran promientemente en los territorios de mi corazón. La causa de Isarael la he hecho mia, por cuanto entrañ su persecución baldon e ignomina de la tierra. Pero al logrero hay que gritarle la verda, asi sea judio o cristiano o musulmán o negro o blanco o amarillo, que toda fe y todo color y todo pueblo produce sus alimañas.
Ni Hostos es mercaderia de aventurero ni es dable celerarlo al ruido de grilletes y al fragor de matanzas como las de ponce y san juan, donde los patriotas fueron asesinados por el ejercito de ocupacion. Pedro Ablizu Campos y ace en,


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una mazmorra de los Estados Unidos por gritar su delirio de libertad y honrar con su vida ejemplar y su austero pensamiento la viva y viviente memoria de Hostos. Alli hay sangre y lagrimas y muertos y no es hora de huera literatura de ocasión. El iluminado de Mayaguez, el que esta enterrado en Santo Domingo y consagro el rio impetuoso de su vida a dar guerra a muerte a la iniquidad, clamando esta desde su hoya decoro y patria libre. Quien ose hablar de, el, hable a las derechas y no esconda au calor de hombre ni ponga tapujo al movil fundamental de su paso ni le disfrace la herida y bramadora voz que tronó contra Espana cuando Espana tenia sojuzgada a su Isla, y recuerde que, como el mismo Hostos dijo alguna vez de Placido, el martir cubano, “su vida aterraba a los tiranos”.


II


Sesenta y cuatro años vivio sobre la tierra Eugenio Maria de Hostos y, ya muerto, vivira el resplandor de su vida cuanto sea dable a America vivir y prolongar en si su aliento, pues insertado en lo mas hondo de su placenta esta y alimentando al Continente todo con el fluir soberano de su genio. Fue un injerto portentoso del genio iberico y el genio americano y, a treinta y cinco años del dia en que cerro para siempre los ojos en el regazo festival de Santo Domingo, la amada Isla que le dio cobijo amoroso y antes habia albergado, entre las palmeras de Montecristi, a Jose Marti, aparecesenos su humano rastro investido de un conturbado misticismo de redentor, Cara apostolica y tatuada toda por el sello que pone en los grandes el estremecimiento de la grandza; asi le representa la piedra que tallo Victorio Macho, el recio español, y que condecora con su palor solemne el jardin de la Universidad de Puerto Rico, a unos cuantos kilometros de su Mayaguez donde abrio el alma al soplo de su Isla hermosa y esclava, Barbilla incisiva y espesa calzandole la serenisima faz y confundida toda con el blanco mostacho de evidente pergelio hispanico: sin querer, la imaginacion trae el recuerdo de Marco Aurelio noble majestad de paz de


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cara descansando en “barbado plinto oval y, mas cerca, tocandose ya con el puertorriqueño temporaneo de el, el de Miguel de Unamuno, el de la breve barba blanca que a haberle conocido habriale soltado alguna gran palabrota efusiva.
Amigo fue de Benito perez Galdós, quien habla en su “Prim” de un “Hostos talentudo y corajudo”, y de los mas prominentes revoluciona rios de la España subvertida en cadiz por el bravo catalan. En el Ateneo de Madrid gritó su hambre de patria libre a la monarquia y luego a la republica, una vez que esta adueñse del mando y, a su turno traicionó a sus colonias de America y desoyó el clamor de Cuba y Puerto Rico heridos. Fue periodista, escritor, filósofo, sociólogo, moralista, maestro y, por sobre todo y por los cuatro costados y de las visceras a la medula, un hombre extraordinario. A los veinticuatro años escribe “La peregrinación de Bayoán”, una novela redentora en la que aventó el alma insuflada de coraje contra la iniquidad. Era un sabio de nervioso cuño americano que creia delirantemente en el destino de América y a el consagró el hervor diamantifero de su conmovida existencia. Existencia que podria tener halo como los de los santos que pintaba el beato Angelico: así fué de cabal, de monumental y de integerrima. Respira toda olor cristiano de purez “a como la de Martí la de Cecilio Acosta y la de Albizu Campos, el albacea doloroso y magnifico


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de su  sueño de libertad que hoy tiene el imperialismo encarcelado en la penitenciaria de Atlanta.
Su vida toda resuena como gavia. al viento. Corrio America de las Añtillas al Río de la Plata y en todos los focos de su magna patria continental su garra construyo destino. En Chile fue maestro de la Universidad de Santiago; en Lima escribio para la prensa y desde alli metio mano en todos los temas fundamentales de la nación y el decoro de los americanos; en Buenos Aires soño, frente a la Pampa, el ferrocarril trasandino ; en los álgidos inviernos de cuarzo de Nueva York bramo de ira contra la sordera de España, que no oia propio derrumbe y por no oirlo mantenia esclavos a Puerto Rico y a Cuba en Santo Domingo enseño e ideo la Federacion Antillana en Rio de Janeiro padecio entre el porerio de la opulenta ciudad; en Caracas, a mitad de un aldrido, se le advierte inundado de un sobresalto de noche lunada y se desposa; en Santiago de Cuba, tierra de los Maceos, a la vista de la tragedia de la Guerra de los Diez Años, lloro la suerte de sus veinte pueblos, condenados en un orden u otro, al martirio de su propia forja Alli donde poma el pie creaba arquitecturas de prodigio. Sirviendo y civilizando y guerreando, proscrito, se le fue la soberana existencia. Mitre reppto el juicio critico de Hostos sobre “Hamlet” y Shakespeare superior al de Goethe. Su “Moral Social” es un

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vivo testimonio del genio de America, como “La voragine” y la carla inspirada de Jamaica y el “Facuhdo” de Sarmiento. Si ahora nos suena un tanto candorosa, es porque la medimos que feo medir con patron europeo y no de acuerdo con norma de candor nuestro, americano. Creia en el Bien y su moral es humana y natural y carece de raiz confesional: “La moral dicno se funda mas que en realidades natural y se nos impone ni gobierna la conclencIa sino en cuanto sus preceptos se fundan en realidades naturales”. Diria, también con estricto apego a la verdad de su propia vida inmaculada: “Mal predica quien mal vive, y mal vive quien mal piensa y quien mal dice”. Toda su concepcion etica esta ahi. Pero los libros no son, en él y para él, sino desdoblamitos el hombre y la vida. Su obra capital y egregia, por ello, su vida misma, por sobre todas las demás prolongaciones escritas de ella. Para Samuel GuyInman, el de “Problems in Pan Americanism” “Hostos es uno de esos genios latinos que son caces de una eno de cantidad de trabajo en las más varidas esferas”. Rufino Blanco Fombona, el generoso maestro de Venezuela, ha acuñado, en frase redonda como un bolivar, el justo dicho de que Hostos se propuso enseñar a pensar al Continente. Fue una especie de mago que quiso componer, de acuerdo con norma inspirada y de arriba abajo el mundo su mundo americano empezan

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do por la ignominia de su Isla esclava, sumando a su plan la redencion de Cuba, abarcando en seguida la suerte toda de su América de habla hispana y rematando en trascendental objetivo regenera dor de la conciencia del nuevo orbe. Vivió cual predicó: pobre de franciscana pobreza, apostólico, inmaculado, inflexible, profundo. En hondura y seriedad de pensamiento, no le aventaja nadie entre los grandes de América. El mismo tono apagado de su exorbitante ejercicio sella es de intensa calidad moral. Nadie como desprecio y batio, alIi donde le encontro, al demagogo, alembauca dor, al simulador, allogrero, al pillo disfrazado de pensador o de redentor. El si que fue redentor, un filosofo metido a redentor. Para que si no sirve en el mundo la filosofia ? Pensar no es redimir?
A treinta y cinco años de su muerte, consagrado y santificado esta en el corazon de su Continente. Su Puerto Rico, sinembargo, sigue siendo esclavo y hombres hambrientos de su misma hambre de libertad luchan contra los opresores y padecen en las mazmorras. Si él viviera, estaría en México, guerreando contra los verdugos de su Isla, o en una penitenciaría, de los Estados Unidos; pero no en San Juan, celebrando lado a lado de los invasores desuelo el grito de Lares. ¿Por qué, entonces, nosotros hemos de celebrar muerto lo que Hostos significó y representó, y en cambio los condenamos, vivo? Pe-


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dro Albizu Campos, Jose Antonio Corretjer y la legión de bravos del Partido Nacionalista Puertorriqueno no cometen otro crimen sino el que Hostos cometió durante toda su vida y, caido, le coronó de gloria.
Tambien de Albizu Campos hase dicho en su Puerto Rico y allende el fastuoso litoral de su Puerto Rico que es un santo. Como el Gandhi, se graduó de la mejor Universidad de la Metrópoli sojuzgadora de su patria, conoce como nadie la cultura de sus victimarios y, de retorno entre los suyos, puso su saber que a haberlo querido el hubierale producido riquezas materialel y pingiies obvenciones al servicio de la causa de su pueblo, que es la misma a la que consagró la existencia Hostos. Como Hostos, no tiene macula y pobre como un anacoreta. Pertenece a la misma familia de Marti, Montalvo y Acosta. Lo mas probable es que jamfits obtenga el poder y caiga un dia para no levantarse mas, sacrificado a su ideal. Su ejemplo es honra viva del Continente. Se homenajea y se festeja a los Hostos ya los Albizu Campos muertos, pero vivos se les mete en la cárcel y se les persigue y se les asesina! Tengo frente a mi un retrato del apóstol de Ponce que hoy yace en la penitenciaria de Atlanta, en tanto el mundo prepara jubileo en honor de Hostos, y el fulgor de esos ojos serenos y hondos que iluminan esa cara que transmina toda misticismo de poseido, conmueveme y traspasame al ex-


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tremo de sentirme comprometido a arrancar de mi fuerza nueva para con ello revolver corazones y sacar en el pulio, triunfador, el sueño doloroso de Albizu Campos. Me aterra pensar en esa vida de sacrificio que todo lo tiene entregado a la tiebre del ideal. Me imagino a Martí perseguido por Martinez Campos o Polavieja, hundido en una crujía, y miserable, y enfermo, y mi raiz de hombre se me subleva toda y me dice que el deber y la honra están en acudir al lado del profeta, aunque ello me enajene desamores y ponga riesgos a mi paso. Contemplar friamente la iniquidad es también una forma de cometerla! i Campanas de Borinquen, campanas de San Juan, campanas de Ponce, campanas de Lares: Albizu Campos, hijo inusitado de América, purga en atroz cautiverio, en tierra extraña, el horrendo delito de ser leal a la causa de Hostos, y vuestro voloteo que celebra el centenario del natalicio del iluminado de Mayaguez ha de ser somatén de guerra, y proclama de pelea, y ariado grito, y no fiesta cobarde en hora de duelo ni turbia complicidad con el victimario ni voz confabulada para aplastar la justísima protesta y el dolor que estremece a los corazones! Hostos vivo y viviente–y no muerto y bien pulverizado y reducido a mojama inerte de mero escritor reside ahora en Atlanta, aherrojado entre ó barrotes de mazmorra, y alIi quiero ir a buscarle para poner en su martirio, que cumple cien años también, efusión de fervorosa solidaridad.


III


América toda esta de deuda con Hostos, y apenas hace unos cuantos afios comienza a descubrirlo, a conocerle, a venerarle, y a amarle. Justo es qus celebremos el centenario de su natalicio y empavesemos nuestras patrias de banderas festivales que digan al mundo la gloria de Hotos. ¿No hemos honrado, poniendo en el homenaje el corazón del Rio Grande al estuario del Plata, a San Martín y a Rivadavia, y a Sarmiento, y a Miranda, y a Bolivar, y a O’Higgins, y a Sucre y a Montalvo, y a Hidalgo y a Morelos y a Juárez, ya Morazán, y a cespedes, y a Martí? Todos estos grandest sinembargo, culto son de fervor de pueblos libres y quien se agrega a la alegría del acontecimiento onomástico, lo hace sin merma de su decoro y antes sabiéndose honrado de gumar su Voz al concierto de la noble conmemoración. ¿Mas sería posible al hombre digno de América entonar loas a Morelos o a Bolívar o a San Martín en un Mexico, o en una Venezuela o en una Argetina sojuzgados por el inglés, o el norteamericano, o el alemán, y desacuerdo con ellos, a espaldas de la vergüenza, homenajear a quienes padecieron delirio de libertad y por arrancar a sus patrias de yugo infame murieron? Conteste quien pu.ede sacarse la VOZ de adentro, de muy adentro, y tirarla sin disimulos.

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Cuando una patria encuéntrase en el caso de Puerto Rico, el deber de todos estriba en honrar al grande rescatando de la ignomini su ideal. No hay otro bomenaje que valga. Hostos sígue se batiendo en las calles de San Juan, y Rio Piedras, y Ponce, y Mayagüez y un ejercito de ocupación le ametralla. No es bora de bueros discursos literarios, sino de hablar al corazón de América, madre atribulada a quien d volvió Martí su Cuba y demandando está el rescate de su Puerto Rico encadenado. La ocupacion de Puerto Rico es un mal negocio para los Estados Unidos. Tenemos amigos allá y sabemos que nos dan la razón. Es cosa de locura insensata este ponerse a caldear odios entre patrias que el destino unió y que, juntas–¡juntas, juntas, sí: hombro con bombro y riñon con riñon–¡han de guerrear contra enemigos cuya faz asoma ya en la calina de nuestros mares. La hora reclama fer vorosa solidaridad de las dos Américas, la de los hjjo del cuáquero rezandero que vino en el Mayflower en pos de Iibertad, fugitivo de la tiranía del Rey Jacobo y la de los hijos de las ñustas morenas y los conquistadores que vinieron en los galeones de la epopeya en pos de oro y gloria, fugitivos del hambre de España. En suelo de América habrán de lidiarse batallas inminentes. Nuestros cielos cárganse de nubes de tormenta y quien sepa oir en lo hodo del tiempo, percibirá el rumor de las invasiones próximas. El día


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en que bedecida la suerte del Continente está ya en el espacio. Quizás la misma civilización materialista cuyo epifoco encuéntrase en Estados Unidos deba ser destruída para que América, reintegrada a la verdad de su destino, fragüe conciencia y cree rumbo original; América no son al fin y al cabo, las gigantes torres de hierro de Nueva York y Chicago y San Francisco y Buenos Aires, ni las audaces carreteras que perforan las montañas y los desiertos, ni las grandiosas esclusas de Panamá, ni los miles de aviones y tanques y acorazados que en un momento dado puede poner en aire y tierra y mar la Unión, ni los millones de dólares soterrados en los subterráneos de los bancos, ni el confort de las ciudades mecanizadas—todo eso que en sí es susceptible de acabamiento y destrucción–; América está dentro de nosotros mismos, como el genio misterioso de un ser naciente en los yacimientos de la hemoglobina de la sangre. La batalla en que los Estados Unidos veránse envueltos arastrará en su turbonada de fuego y exterminio a México, y a las dulces patrias del sueño de Morazán, y a las tiernas Antillas del delirio de Martií y Hostos, y a América toda acaso. La civilización de las máquinas en su mas extraordinaria expresión de poderío chocará en aguas inefables del Golfo nuestro, yen el Mar Caribe, y en ellas se hará pedazos para siempre esta insensata etapa del imperio material del hom-

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bre. Preparados hemos de estar los hijos del Continehte, de Norte a Sur, de Dakota y Maryland a Guanajuato y Oilxaca y Guatemala y Panamá y Cundinamarca y Cuzco y Camagüey y Ponce y Samaná. La embestida irá enderezada contra el yanqui–puesto que el yanqui es el único fuerte de fuerza material en América–pero en realidad aspirará a sojuzgarnos a todos y a liquidar a existencia histórica de América; En las llamas de un tiempo nuevo, ferruginoso e implacable–; y que por lo mismo hase querido identificar con otra Edad Media–andamos ya. Oyese zumbar de alas fátidicas sobre Nueva York y obcuras subversiones géstanse en el hondón del Contiente. A los pueblos de habla española querrá empujarlos el enemigo a tralcionar su destino vertiéndoles en el alma la añagaza de un nuevo y quimérico y fraudulento imperio hispano que será sólo cepo de la maquinación europea. Ya andan por ahi las falanges sonando el tambor y mostran do los dientes. Quien tenga ojos yea, y quien tenga oídos oiga, y quien tenga un caliente corazón, prepárese. A nosotros, también, a lop, hijos de BoIivar y Martí, y Sarmiento y Hostos, vendrán a tratar de envenenarnos con odio interesado y mí sero al yanqui, y nos recordarán los, días de Tejas y Nuevo México y California y los atentados de Santo Domingo y Nicaragua y traerán a colación los comunes adversarios las matanzas y la bárbara opresión de Puerto Rico; pero no hemos de oir


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la voz pérfida, si en verdad queremos ser leales nuestro destino, y hemos de responder, sin vacilaciones, sacándonos ,el grito de nuestro solemne orgullo americano, que ni odiamos a los Estados Unidos como pueblo, ni nos pondremos jamás contra ellos para conspirar contra a suerte de todos-que a tanto equivaldría equívoca o insensata, actitud de complicidad con el enemigo de todos-sino que odiamos aquellos precisamente que odiaron los grandes norteamericanos, los Hamilton, los Lincoln, los John Brown, los Walt Whitman: la iniquidad y la injusticia. ¡Aunque alIá dentro del ser nos sangre un borbotón de lloro, recordando, a nuestra vez, los días en que los poderosos del Norte azotaron a nuestras patrias, con rebenque de iniquidad e injusticia! Mas no habrá otro camino honrado: América toda ha de responder, a una sola voz, al llamado de su hora.
Y urge empezar a dar pasos para defenderla. Los aviones, los tanques, la murallas de las costas, los ,barcos de acero, los millones de dólares, son lo de menos: esa mera fuerza material se destruye con otra fuerza material más perfecta. Lo de más es la conciencia de solidaridad que es preciso suscitar en seguida entre todos los pueblos del Continente. Que se sepa, atenta contra la honra y el destino de todos quien, malvado o ciego, siembre ahora divisiones y odios. El honor y la suerte de los Estados Unidos están a prueba. ¿Qué puede esperarse, a la hora de la sangre,

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frente a la embestida del enemigo común, si antes no se han restañado noblemente las abiertas y quemadoras heridas de Puerto Rico? ¿Con qué voz de camarada leal va a Ilamar Washington a las patrias que Iloran en came propia el dolor de Albizu Campos? Con los Estados Unidos estamos, por obra recóndita y misteriosa de fatalidad y de historia, y con elIos hemos de estar, el día en que haya que defender como hombres lo nuestro; amamos a ese suelo grande–a pesar, muy a pesar de cuanto significa de opresión y de ensoberbecida fuerza material coludida contra los debiles–porque alIá en lo hondo de su agresiva expresion imperialista late vivo genio, genio de América y no de Inglaterra o a Alemania o Irlanda, aunque sus hijos provengan de raiz británica, o germana, o irlandesa. Genio americano de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, y de John Brown, el del misticismo de la causa de los negros y cuyo patibulo es vivo simbolo de dignidad y decoro, y de Booker Washington que fué como un rio de generosa sangre africana que corrió a mitad de árido territorio de caliza y fecundó y le dio hermosura, y sensibilidad. Unos solos hemos de ser todos para hervir en santo homo y amasar hora de América: unos en la refriega, y en el dolor, y en el exterminio, y en la aleación que vuelve inspiradas a las estirpes, yen la victoria fulal, la victoria de la conciencia de América que habrá de emerger:

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de todo ello…Contrapunto de sinfonía somos y en él una nota dulce, tierna, entrañable-anda herida y suena a sangre: la de nuestro Puerto Rico, conturbada patria esclava. Si los Estados Unidos saben lo que se traen entre manos y quieren, de verdad, repujar comunión americana, es preciso que el tristísimo incidente de Puerto Rico sea liquidado en el acto. Así lo demanda el corazón todo de América. ¡Norte y Sur, del Hudson al Plata démonos todos mano apretada de camaradas de una misma y fervorosa causa, por encirna del himno de alegría de Borinquen redimido y libre!
¿De qué otra manera, si no, hemos de celebrar a Eugenio María de Hostos, en esta víspera de batalla que ha de encontranos a todos unidos–codo a codo y riñon a riñon? En español, y en inglés, y en lusitano, hemos de clamar porque los Estados Unidos se abran el corazón a la verdad y ultimen el turbio y mal negocio de Puerto Rico y arranquen de las cárceles a Albizu Campos y demas bravos de la gesta libertaria de la Antilla encadenada. Sabemos que nuestros amigos del Norte–Ios Waldo Frank, los Samuel Guy Inman, los John Dewey, los Alfred Coester–nos dan la razón y están con nosotros. ¡Fuera de América odios envenenados, que es hora de entendernos brevemente todos y juramen tarnos en fervoroso santo y sella! Honremos a Hostos vivo y viviente y démosle póstuma dicha


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de patria libre. No hay otra manera de homenajearlo, por ahora. ¡Grande, excelso Hostos: tu, grito está en pie y sangra y sigue comprometiendo denuedo de almas, y dando guerra al mal y no cuartel o tregua o componenda! Bien poco hablé de tí maestro; mas yo sé que te place alIá en tu silencioso territorio de inmortalidad, este hablar y clamar de tus sueños y de tus delirios.

IV


Hierve nuevamente el tema doloroso de Puerto Rico. Ahí, en el fausto del mar de América, bajo cielos quemadores de oprobio, una patria inmolada se revuelve, aullando Su hambre de libertad. Sus gritos se oyen en el ámbito todo del Continente, en el cual hinca la afrenta de Puerto Rico esclavo angustia que a todos por igual nos conmueve, como debe de haber conmovido a los hombres de América el patético llamado de Martí, cuando Su Cuba gemía bajo el grillete de los Balmaseda y los Folavieja, o México desangrábase pujando por darse destino, o Venezuela era casi asesinada por los tercios de Fernando VII y corría las Islas del Mar Caribe Bolívar, quemándose de santo anhelo. En came viva yen fibras yen vísceras propias nos duele a todos el horror de esa
noche ensangrentada del jardin paradisiaco de Borinquen, periódicamente barrido por la nietralla y escarnecido y martirizado por mano feroz de verdugo extranjero! Pedro Albizu Campos, el heredero legítimo de la llama redentora de Hostos, sigue encerrado en la mazmorra de Atlanta, donde le hundió no el designio de la cólera encrespada del Pueblo de los Estados Unidos que es cristiano y sabe cimbrarse de raíz cuando una causa, honrada se bate en el más oscuro rincón de la tie-

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rra y, a fin de cuentas, cobra ya conciencia de un real sentimiento americano–sino la rabia de los turbios explotadores imperialistas en el camino de cuyos planes rapaces apareció un dia, inspirado y apostóIico, el resplandor de este mulato de alma iluminada que encarnó soberanamente la fiebre rugidora de su pueblo y el decoro todo de las heridas patrias de América.
Quien ha sentido que le jadea en el alma un borbotón de vergüenza, en todos los rumbos de este Continente que vino a encender con lumbre de evangelio Eugenio María de Hostos, puertorriqueño capital, al lado de Puerto Rico está, y la fila se aprieta como un bosque y se le oye el clamor justiciero. Así en México y en Cuba, y en el Río de la Plata, y en el mismo refugio de Nueva York donde viven unos millares de puertorriqueños libres, la consigna del deber se hace oir y reclama la soberania de la mas tragica y dulce de las Antillas y la libertad de sus próceres enterrados en vida en las carceles. El APRA, desde Santiago de Chile, ha hecho suya la causa de Albizu Campos y en México–donde por temperamento todo grito de pueblo sacrificado se desdobla en eco fervoroso y produce erupción–hemos inscrito entre los puntos fundamentales de nuestra plataforma de decoro de vida, el cruento, el terrible, el glorioso capítulo de Puerto Rico. Pues si .el bramar de las victim as inmoladas de Abisinia nos conmovió hasta la miga del ser y nos arrancó la .


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enconada protesta de lo hondo del alma, y el espectáculo de la China asesinada subleva en nosotros sagrados estremecimientos de hombres, ¿con qué herida voz de hermano martirizado no nos llamará y nos tirará del deber la tragedia de Puerto Rico, que es carne amasada con jugos de nuestra misma carne, y dolor y embeleso de nuestra misma fiebre? Y Albizu Campos victimado en el ara asquerosa del imperialismo nos duele hoy como nuestro Morelos cuando cayó abatido por las balas execrables, o como nuestro Sucre cuando purgó con la vida el caudal oneroso de gloria que llevaba en el paso y no podian tolerar sus enemigos. Y es inútil y hasta criminal parlotear en mesas de conferencias americanas y en seminarios de intelectuales teorizantes: no habra América libre mientras Puerto Rico sea esclavo. ¡Juntos, juntos todos los del mismo amasijo del indio y el ibero hemos de salvarnos y renovar rumbo generoso a los fines de la especie, o juntos, juntos, todos hemos de perecer, ahogados entre zarpas de maldad dominadora y sórdidos intereses materiales con que roe la raiz de América la locura desenfrenlada de los fuertes! En el destino de todos, Puerto Rico es eslabón y no incidente,de esos, que solo por encima afectan la suerte común. Ahí arden muchas brasas que nos queman a todos. Y en la línea de redentores que viene de Bolívar y San Martín y Miranda y Morelos, Albizu Campos prolonga el delirio antiguo y encarna la honra de to-

 


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dos y pertenece legítimamente a América de cuyo genio do!oroso y terrible es hoy la flor más soberana. Ni se batía Morelos exclusivamente por la suerte de su México, sino por la libertad de todos los parias del Continente, ni Martí echó el ser en puro perimetro de pasión cubana, sino que hervia de conmovido fervor de Arnérica y defendía incalculables intereses del mundo –“Estamos haciendo obra universal’ ” que gritó en la víspera de Dos Rios, bajo las palmeras de Montecristi–, ni .Pedro Albizu Campos muere por la sola independencia política de su Isla sojuzgada sino que el fragor de la bataIla que trae empeñada desdóblase en capitales inflexiones del destino todo de América y dirime alegato trascendental en todos los frentes de lucha de la honra del hombre.
Y la jadeante noche de Puerto Rico se aclara ya, empieza a aclararse. Por sobre la sangre vertida en las matanzas de Ponce y Río Piedras y San Juan, y por sobre el duelo sin esperanza de los mártires, lampo de día nuevo amanece en el Caribe. Muévense las libres conciencias de América y en el viento cunden soplos que demandan liquidación inmediata al oprobio de Puerto Rico. En la Habana acaba de levantar la voz Emilio Roig de Leuchsenring urgiendo la redención de la Isla trágica y hermosa. En el foco mismo del centro de los dominadores, en Washington, la Conferencia de la Democracia Americana se ha dirigido al Presidente Roosevelt y le ha llamado a su


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corazón de democrata, de americano y de hombre honrado, instándole a abrir las puertas de la mazmorra a los puertorriqueños presos y a concluir con la bárbara opresión de Puerto Rico, en honra de sagrados intereses continentales que conviene empezar a defender todos juntos ahora que América toda vibra en un solo espasmo de encrespada protesta contra los crímenes desatados en Europa por vesanias enfurecidas. El representante Marcantonio, en cuyas manos han puesto los puertorriqueños de Nueva York los intereses del honor desde su patria esclava, alzó en el puño, desde su escaño en el Congreso de Washington, admonición airada y proba concretada en ocho punto entre cuales figura la inmediata liberación de Albizu Campos y demás compañeros del ideal sepultados en las crujía de las prisiones de los Estados Unidos y la independencia política de Puerto Rico. El destino está en marcha. Pero que mas? Marcantonio es italo-americano, y Roig de Leuchssenring es cubano; más el señor King es yanqui de pura cepa, como Blanton Winship cuya tropa de ocupación escarnece las dulces selvas borinqueñas y como John Brown, que murió en el cadalso defendiendo esclavos negros; pues es este King que en veces anteriores habiase señalado en Washington por su encono contra la causa de la regeneración de Puerto Rico, quien abrió la boca, unos meses hace apenas, para declarar sin requilorios que la anexión de la Antilla donde bebió la prime-

 


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ra luz Hostos por los Estados Unidos había constituído “una estúpida equivocacion”, agregando en aquella memorable asamblea del Comité de Territorios: “Si de mí dependiera, mañana mismo me libraría de los puertorriqueños”. Mr. King, hijo de una raza de hombres prácticos, sabe lo que dice, y por qué lo dice. Se trata, efoctivamente, del más lastimoso, del más estéril, del más absurdo negocio de los Estados Unidos. Y alIá en lo hondo de la conciencia del Continente pesa su afrenta.
Mas la hora de Puerto Rico está ya en el espacio, alIí donde se fraguan los magnas acontecimientos, antes de desatar su fujgor sabre la tierra. Y nadie podrá detenerla ni obstruirla, nadie, ni los magnates rapaces del imperialismo para quienes solo cuenta el interés material de sus guarismos, ni los traidores de Puerto Rico que sueñan–¡canalla hinchada y petulante! -con la anexión a la Unión Americana que convierta a su patria que ellos deshonran en otro “territorio incorporado”, esto es, sin requilorios, también, en otra colonia permanente, como el Sudán, o Madagascar, o Borneo, o Indochina. El destino está en marcha y se le oye a galope. Del polvo de sus tumbas siguen brotando los gritos aulladores de José de Diego y Eugenio Mariá de Hostos.. Y, la lumbre de Lares arde, arde y quema corazones dolorosos de héroes y pone efluvios de redención en el viento: ¡viento de gloria en el que se ahogan los

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perjuros! Treinta y nueve años hace que Hostos proclamó, en la vlspera solemne de su muerte, exilado en Santo Domingo para no ver aletear en su Puerto Rico el pabellón de Henry Clay y Thomas Jefferson: “En cuanto a la justicia que el pobre pueblo puertorriqueño se ha puesto en el caso de pedir a los nuevos dominadores que se ha dado, jamás la conseguirá si consiente en tratarlos como dominadores; pero si resuelve tratarlos de pueblo a pueblo, y piensa y habla y procede como pueblo y como pueblo lastimado en su derecho, burlado en su confianza, herido en su dignidad, infaliblemente llegará un momento en la política americana en que el clamor de la Isla convenga con alguna gran necesidad nacional de los Estados Unidos y el fuerte oiga al débil”. ¿Vela o no veía el inspirado a traves del vaho de los tiempos? iPues para qué sirve el redentor si no para elegir los rumbos remotos y verdaderos del destino. Ese momento que Hostos vió refulgir, sobre la ceniza ,de su hoya, ha llegado. Llega ya. Y una “gran necesidad nacional de los Estados Unidos” revuelve las entrañas de la patria de Lincoln y Roosevelt y el poderoso empieza a entenderse con el débil porque ha columbrado el deber de contar con su corazón para repeler, juntos, la amenaza que viene bramando a través del Océano y ha de encontrar a Améria unida, y limbre, unida y fuerte en virtud de la efiacia de su pacto sentimental de democracia y honra. i Uni-

 


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dos todos, corno un bosque de apretadas filas de sabinos, o corno colurnnas de granito de una rnuralla colosal; pero en rnedio de todos, con el corazón sin rnordaza y limpio de cianuro de encono, y los puños valerosos sin grilletes, Puerto Rico, libre, libre para el decoro y fortaleza de todos! Y a empeñar la dernanda, por sobre la santa sangre vertida,. que en los cielos de Puerto Rico suenan ya hirnnos de victoria final y la noehe jadeante del espanto concluye! Y no habrá pacto que valga ni alianza verdadera si antes Washington, sácandose del alma la flor de su cristiana tradicion, no desata el torzal de afrenta de Puerto Rico y le da mano efusiva de camarada. iMíseros intereses no compensan este tesoro que se fundó para siempre! Laten ya en el horizonte horas de sangre y Norteamérica ha de empezar a fincar en los corazones del Continente, si quiere calor, de amigos decididos que se pongan en pié a la defensa del destino común, y se ha dado cuenta de la incalculable magnitud del alud de días que se precipita. Será hoy, o sera mañana; pero la guerra llama ya con ronco somaten al mundo, y América ha de esperarla unida, unida con lazos de corazón y no con torzal bastardo de cadenas. Los esclavos nada tienen que defender y América no contara, en la epopeya en tanto sangre en ella el borbotón, de oprobio de Puerto Rico encadenado.

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